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Try En Python El Código Del Placer

6131 palabras

Try En Python El Código Del Placer

Entré a nuestro departamento en la Condesa con el corazón latiéndome fuerte, el aroma a café recién molido flotando en el aire como una promesa. Marco me esperaba en la sala, su laptop abierta sobre la mesa de madera pulida, esa sonrisa pícara que siempre me ponía la piel de gallina. Llevábamos meses saliendo, él el chido programador freelance que me había convencido de que aprender Python sería la neta. "Hoy vas a dominarlo, mi amor", me dijo mientras me jalaba para sentarme en su regazo. Su calor corporal me envolvió de inmediato, ese olor a jabón mezclado con su loción favorita, cítrica y masculina, que me hacía mojarme sin remedio.

"¿Lista para tu primera lección seria?", preguntó, sus manos grandes posándose en mis muslos desnudos bajo la falda corta que me había puesto a propósito. Asentí, sintiendo un cosquilleo subir por mi vientre. La pantalla brillaba con líneas de código verde sobre negro, misteriosas y seductoras. Empezó explicando lo básico: variables, funciones. Yo tecleaba torpe, riéndome cuando metía la pata. "No seas pendeja, Ana, así se hace", bromeaba él, su aliento caliente rozándome la oreja. Cada roce de sus dedos sobre los míos en el teclado era eléctrico, como chispas que me erizaban el vello de los brazos.

El ambiente se cargaba poco a poco. Afuera, el bullicio de la ciudad —cláxones lejanos, risas de vecinos— se colaba por la ventana entreabierta, pero dentro solo existíamos nosotros. "Ahora viene lo bueno", murmuró Marco, su voz ronca como grava. "En Python, cuando algo puede fallar, usas try en python. Mira: try: algo riesgoso, except: lo manejas. ¿Quieres probar?" Sus palabras se clavaron en mí, "try en python" sonando como una invitación prohibida. Tecleé el código, mis dedos temblando. Él se pegó más, su pecho duro contra mi espalda, y sentí su verga endureciéndose contra mis nalgas. ¡Qué chingón! pensé, un calor líquido extendiéndose entre mis piernas.

¿Y si probamos algo riesgoso de verdad? ¿Y si dejo que sus manos bajen más?

La tensión crecía con cada explicación. Me giré un poco, rozando mis labios contra su cuello, saboreando la sal de su piel. "Enséñame más", susurré, mi mano bajando a su entrepierna. Él gimió bajito, un sonido gutural que vibró en mi clítoris. "Estás aprendiendo rápido, carnal", dijo, y me levantó en brazos como si no pesara nada. Caminó al sofá, mis piernas envolviéndolo, besándome con hambre. Sus labios eran firmes, su lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y deseo puro. Olía a él, a sudor limpio y excitación, ese musk que me volvía loca.

Me recostó despacio, quitándome la blusa con dedos impacientes. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta. "Qué ricas estás", gruñó, lamiendo uno mientras masajeaba el otro. El placer era agudo, como descargas que me arqueaban la espalda. Gemí, mis uñas clavándose en su nuca. Bajó por mi vientre, besando cada centímetro, hasta llegar a mis calzones empapados. Los olió primero, un gesto tan primitivo que me hizo jadear. "Hueles a miel, Ana. A panocha lista para ser comida".

Me los arrancó con los dientes, el sonido delgado rompiéndose como preludio. Su lengua se hundió en mí sin aviso, lamiendo mi clítoris con vueltas expertas. Sabía a mar, a sexo puro, pensé mientras mis caderas se movían solas, empujando contra su cara barbuda. El roce de su barba en mis muslos internos ardía delicioso, y sus dedos —dos, gruesos— entraron en mi coño resbaloso, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. "¡Marco, no pares, wey!", grité, el orgasmo construyéndose como un bucle infinito en ese código que habíamos dejado olvidado.

Pero él se detuvo justo antes, juguetón. "No tan rápido. Ahora tu turno de try en python". Se puso de pie, bajándose los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precum. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso acelerado, caliente como hierro forjado. La olí, embriagada por ese olor almizclado de hombre excitado. La chupé despacio al principio, saboreando la sal en mi lengua, luego más hondo, hasta que toqué su base con la nariz. Él jadeaba, manos en mi pelo: "¡Qué chido, Ana! Así, trágatela toda".

La habitación se llenaba de sonidos húmedos, slurps y gemidos, el aire pesado con nuestro aroma mezclado. Me levantó, colocándome a horcajadas sobre él en el sofá. "Try en python conmigo", susurró, guiando su verga a mi entrada. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndome estirada, llena hasta el fondo. Duele rico, pensé, mis paredes apretándolo como un guante. Empezamos a movernos, lento al principio, sus manos en mis caderas marcando el ritmo. Cada embestida era un choque de pieles sudorosas, slap slap slap, mis tetas rebotando contra su pecho.

Esto es mejor que cualquier código. Riesgoso, intenso, perfecto.

La intensidad subía. Cambiamos a cuatro patas en la alfombra suave, él detrás, una mano en mi clítoris, la otra jalándome el pelo. "¡Córrete para mí, mamacita!", ordenó, y obedecí. El orgasmo me golpeó como un error no manejado, ondas de placer convulsionándome, gritando su nombre mientras mi coño lo ordeñaba. Él siguió bombeando, gruñendo, hasta que se hinchó y explotó dentro, chorros calientes pintando mis paredes. Colapsamos juntos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante.

Después, en la afterglow, nos quedamos abrazados, su verga aún semi-dura dentro de mí, goteando. El sudor nos pegaba, el aire olía a sexo crudo y satisfecho. "Ves, el try en python siempre funciona si manejas el except", bromeó él, besándome la frente. Reí, sintiéndome empoderada, como si hubiera debugueado mi propio deseo. Más tarde, volvimos a la laptop, desnudos, y tecleé mi primer script perfecto. Pero esa noche, supe que el verdadero código del placer lo habíamos escrito con nuestros cuerpos.

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