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Mi Esposa Quiere un Trío XXX

7397 palabras

Mi Esposa Quiere un Trío XXX

La noche caía sobre nuestra casa en Polanco, con el bullicio de la Ciudad de México filtrándose por las ventanas abiertas. El aroma del mole que Karla había preparado esa tarde todavía flotaba en el aire, mezclado con el humo de los tacos de la esquina. Yo, sentado en el sofá con una cerveza fría en la mano, la veía moverse por la cocina, su falda ajustada marcando las curvas de sus caderas. Neta, mi vieja era un pinche monumento. Después de diez años de casados, seguía poniéndome como loco con solo una mirada.

—Órale, carnal, ¿qué traes en esa cara de pendejo pensativo? —me dijo Karla, acercándose con dos chelas más, su risa juguetona rompiendo el silencio.

Me quedé mirándola, sintiendo el corazón latir más fuerte. Hacía semanas que notaba algo raro en ella: miradas pícaras, suspiros cuando veíamos porno juntos, y esa vez que pillé su laptop abierta con una búsqueda que me dejó helado: "mi esposa quiere un trio xxx". Al principio pensé que era un chiste, pero luego empecé a rumiarlo. ¿De veras mi Karla, la reina de mi cama, quería un trío?

—Nada, mi amor. Solo pensando en lo chingona que estás —le contesté, jalándola a mi regazo. Sus nalgas se acomodaron perfectas contra mi entrepierna, y sentí cómo se endurecía todo. El calor de su piel a través de la tela, el olor de su perfume mezclado con sudor fresco del día... Pinche delicia.

Pero ella no se dejó distraer tan fácil. Se giró, sus ojos cafés clavados en los míos, y soltó la bomba:

Quiero un trío, amor. Neta, mi esposo quiere complacerme en todo, ¿no? He soñado con dos vergas llenándome, con sentirme deseada por dos hombres que me chinguen sin parar.

Mi pulso se aceleró, un nudo en la garganta. ¿Celos? Sí, un poquito. ¿Excitación? Más. Imaginé la escena: Karla gimiendo entre mis brazos y los de otro, su piel brillante de sudor, tetas rebotando. El cuarto se llenó de tensión, el aire espeso como antes de una tormenta.

Pasaron los días y el tema no se fue. En la cama, susurraba fantasías mientras me la mamaba, su lengua caliente rodeando mi verga, saliva chorreando. "Imagínate a Marco uniéndose, tu carnal del gym", decía entre chupadas. Marco era nuestro amigo de toda la vida, alto, moreno, con ese cuerpo de fisicoculturista que Karla siempre admiraba disimuladamente. La idea me carcomía: ¿y si lo invitábamos? La noche del viernes, después de unas caguamas en el antro, lo solté. Karla se mordió el labio, excitada, y yo envié el mensaje. "Ven a la casa, carnal. Karla quiere platicar".

El timbre sonó a las once, y ahí estaba Marco, con su sonrisa de galán y una botella de tequila en la mano. El olor a colonia masculina invadió el espacio cuando entró. Nos sentamos en la sala, luces bajas, música de rock en español de fondo. Karla, con un vestido escotado que dejaba ver el nacimiento de sus chichis, sirvió shots. El tequila quemaba la garganta, aflojando lenguas y nervios.

Güey, Karla me contó su fantasía —empecé, voz ronca, sintiendo el bulto crecer en mis jeans. Marco levantó las cejas, pero su mirada se clavó en las piernas de mi esposa cruzadas.

—¿En serio? Neta, carnala, si es lo que quieren... yo ando puesto —dijo él, con esa voz grave que hacía vibrar el aire.

Karla se acercó, su mano en mi muslo, subiendo despacio. Sentí el calor irradiar, mi verga palpitando. Ella lo miró a los ojos:

Quiero sentirlos a los dos. Mi esposo y tú, chingándome hasta que no pueda más.

La tensión explotó. Marco la jaló por la cintura, besándola con hambre. Yo observé, celos punzando pero mezclados con un morbo enfermizo. Sus lenguas chocaban, húmedas y sonoras, saliva brillando en sus labios. Karla gimió bajito, un sonido que me erizó la piel.

Nos movimos al cuarto, ropa volando. El colchón crujió bajo nuestro peso. Karla quedó en medio, desnuda, su piel morena reluciendo bajo la luz tenue. Sus tetas firmes, pezones duros como piedras, panocha depilada brillando de jugos. Yo la besé el cuello, saboreando el salado de su sudor, mientras Marco lamía sus chichis, succionando fuerte. Ella arqueó la espalda, uñas clavándose en mi espalda, dejando surcos ardientes.

¡Ay, cabrones, qué rico! —gritó, voz entrecortada.

La puse de rodillas. Mi verga en su boca, dura y venosa, embistiéndola hasta la garganta. Tosió un poco, pero chupó con ganas, saliva goteando por su barbilla. Marco se posicionó atrás, frotando su pija gruesa contra su clítoris. El sonido húmedo de su roce, chap chap, llenaba el cuarto, mezclado con sus gemidos ahogados. Olía a sexo puro: almizcle, sudor, excitación cruda.

La volteamos. Karla encima de mí, montándome despacio al principio. Su panocha apretada me tragaba entero, caliente y resbalosa, paredes contrayéndose alrededor de mi verga. Cada bajada era un plaf jugoso, sus nalgas chocando contra mis huevos. Marco se acercó a su boca, y ella lo mamó como experta, alternando entre las dos vergas. Sentí sus tetas rozando mi pecho, pezones raspando, mientras su culo se abría para Marco.

Ya métela, Marco, chíngala el culo —le ordené, voz temblorosa de placer.

Él escupió en su ano, lubricando con dedos. Karla jadeó, ojos en blanco:

Sí, lléname los dos hoyos, pinches machos.

Marco empujó despacio, su verga gruesa abriéndose paso. Ella gritó, mezcla de dolor y éxtasis, cuerpo temblando. Ahora la chingábamos en tándem: yo abajo, profundo en su coño; él atrás, reventándole el culo. El colchón gemía con nosotros, sudor chorreando, pieles chocando en un ritmo frenético. Su clítoris rozaba mi pubis, hinchado y sensible. Olía a todo: semen preeyaculatorio, jugos vaginales, ano abierto.

La intensidad subió. Karla se corrió primero, un chorro caliente mojándome la verga, piernas temblando incontrolables. "¡Me vengo, cabrones!" chilló, voz ronca. Sus paredes se apretaron como puño, ordeñándome. Marco gruñó, embistiendo más duro, huevos golpeando. Yo no aguanté: verga hinchándose, semen brotando en chorros calientes dentro de ella. Marco la siguió, llenándole el culo hasta rebosar, blanco cremoso escurriendo.

Colapsamos, jadeantes, cuerpos enredados. El aire pesado de sexo, pieles pegajosas de sudor y fluidos. Karla entre nosotros, sonriendo satisfecha, besándonos alternadamente.

Después, en la ducha, el agua caliente lavando pecados. Jabón resbalando por sus curvas, manos explorando de nuevo, pero suave. Marco se fue con un abrazo fraternal, prometiendo repetir. Karla y yo en la cama, desnudos, su cabeza en mi pecho. Escuchaba su respiración calmada, corazón latiendo en sintonía.

—Gracias, amor. Fue chido —susurró, dedo trazando mi pecho.

Yo la apreté, sintiendo una conexión más profunda. Los celos se habían ido, dejando solo orgullo y deseo renovado. Mi esposa quería un trío xxx, y lo hicimos realidad. Ahora, el futuro brillaba con más fantasías, nuestra cama lista para lo que viniera. El amanecer pintaba el cielo de rosa, prometiendo días calientes por delante.

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