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Bebé mejor tratemos de armarlo juntos

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Bebé mejor tratemos de armarlo juntos

La luz del atardecer se colaba por las cortinas de nuestra casa en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el aire se sintiera pesado, cargado de promesas. Yo, Ana, estaba sentada en el sillón de cuero, con las piernas cruzadas, mirando a Alejandro que preparaba unos tequilas en la barra de la cocina. Habíamos estado peleando como gatos y perros las últimas semanas: él con su pinche trabajo que lo tenía hasta el tope, yo con mis broncas en la agencia de publicidad. Pero esa noche, algo en el aire olía diferente. Olía a jazmín del jardín y a esa colonia suya que me volvía loca, esa que huele a madera y limón.

¿Y si esta vez sí lo logramos? pensé, mientras lo veía moverse, sus hombros anchos tensos bajo la camisa blanca que se le pegaba un poco por el sudor del día. "Ven pa'cá, wey", le dije, mi voz saliendo más ronca de lo que esperaba. Él se giró, con dos vasos en la mano, y me sonrió de esa forma que me deshace: media sonrisa pícara, ojos cafés brillando.

"¿Qué pasa, nena? ¿Ya te hartaste de estar de malas?", respondió, acercándose. Se sentó a mi lado, tan cerca que sentí el calor de su muslo contra el mío. Me pasó el vaso, el tequila frío quemándome los dedos, y chocamos cristales. El primer trago bajó ardiente, despertando un cosquilleo en mi pecho que bajaba directo al ombligo.

Empezamos platicando de tonterías: el tráfico de Reforma, la nueva taquería en la Condesa que teníamos que probar. Pero poco a poco, las palabras se volvieron más serias. "Mira, Ana, neta que te extraño", murmuró, su mano rozando mi rodilla. Yo tragué saliva, el corazón latiéndome como tambor en una fiesta de pueblo. "Yo también, cabrón. Pero ¿y si otra vez la cagamos?"

Él dejó el vaso en la mesita y se inclinó, su aliento tequila y menta rozándome la oreja. "Bebé, we better try to get it together", susurró en inglés, como esa canción que tanto nos gustaba en nuestros primeros meses. Sus labios rozaron mi cuello, y un escalofrío me recorrió la espalda. Chin*, pensé, este wey sabe exactamente cómo entrarme.

Acto seguido, sus manos subieron por mis muslos, abriéndolos con gentileza. Yo no me resistí; al contrario, arqueé la espalda, invitándolo. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, explorador, saboreando el tequila en la lengua del otro. Su boca era suave pero firme, mordisqueando mi labio inferior hasta que gemí bajito. El sonido de la ciudad allá afuera –cláxones lejanos, risas de vecinos– se mezclaba con nuestros jadeos crecientes.

"Te deseo tanto, Ana. Neta, me traes de la cabeza", confesó él, su voz grave vibrando contra mi piel.

Lo jalé por la camisa, desabotonándola con dedos temblorosos. Su pecho desnudo era puro músculo, piel morena oliendo a sudor limpio y deseo. Mis uñas rasguñaron suave, dejando marcas rojas que lo hicieron gruñir. "Quítate eso, pendejo", le ordené juguetona, y él se rio, levantándome en brazos como si no pesara nada. Caminó al cuarto, mis piernas alrededor de su cintura, frotándome contra la dureza que ya sentía en sus jeans.

En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio frescas, me dejó caer suave. La habitación olía a velas de vainilla que él había encendido antes –el muy listo–. Se quitó los pantalones, y ahí estaba, erecto, palpitante, invitándome. Yo me desvestí despacio, provocándolo: primero la blusa, dejando ver mis senos libres, pezones duros como piedras por el aire acondicionado. Luego la falda, revelando mis tangas de encaje negro que se pegaban a mi humedad.

Lo quiero dentro, ya. Pero no tan rápido, hay que saborearlo, me dije, mientras gateaba hacia él. Mis labios rozaron su abdomen, bajando, lamiendo la sal de su piel. Él jadeó, enredando dedos en mi pelo. "Ay, wey, qué rico", murmuró cuando mi lengua rodeó su miembro, saboreando la gota perlada en la punta, salada y almizclada. Lo chupé lento, profundo, oyendo sus gemidos roncos, sintiendo sus caderas empujar suave.

Pero no lo dejé acabar así. Lo empujé de espaldas y me subí encima, frotando mi centro contra él, lubricándonos mutuamente. El roce era eléctrico: mi clítoris hinchado contra su dureza, jugos mezclándose, olor a sexo llenando el aire. "Entra en mí, Alejandro. Fóllame ya", le rogué, y él obedeció, guiándome con manos en mis caderas. Cuando me hundí en él, fue puro éxtasis: lleno, estirándome perfecta, pulsando dentro.

Cabalgamos así un rato, mis senos rebotando, sus manos amasándolos, pellizcando pezones hasta doler rico. El sudor nos pegaba, piel contra piel resbalosa, sonidos húmedos de cuerpos chocando. "Más fuerte, nena", gruñó, y aceleré, mis muslos quemando, corazón desbocado.

Esto es lo que necesitábamos, carnal. Juntarnos de verdad
, pensé en medio del torbellino.

Cambié de posición: él encima ahora, misionero profundo, besándonos mientras embestía. Cada thrust era un golpe al alma: su peso delicioso, pelvis chocando contra mi clítoris, olor a nuestro sudor mezclado con vainilla. Gemí alto, arañando su espalda. "¡Sí, así, cabrón! No pares". Él aceleró, sus bolas golpeando suave, el placer acumulándose como ola en la playa de Acapulco.

La tensión creció: mi vientre apretándose, visión nublándose, oídos zumbando con nuestros gritos. "Me vengo, Ana... contigo", jadeó, y explotamos juntos. Mi orgasmo fue un tsunami: paredes contrayéndose alrededor de él, jugos saliendo, cuerpo convulsionando. Él se derramó dentro, caliente, pulsando, llenándome. Gritamos nombres, besos desordenados, hasta que colapsamos, exhaustos, entrelazados.

El afterglow fue mágico. Yacíamos ahí, respiraciones calmándose, su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón volver a normal. El aire olía a sexo satisfecho, pieles pegajosas. "Bebé, lo logramos", susurró, besando mi ombligo. Yo reí suave, acariciando su pelo revuelto. Sí, wey. Esta vez sí estamos juntos.

Mientras la noche caía sobre la ciudad, con luces de Reforma parpadeando lejanas, supe que habíamos cruzado el puente. No era solo el cuerpo; era el alma reconectando. Mañana habría más broncas, pero esta noche, éramos uno. Perfectos, calientes, juntos.

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