Palabras Con Tri Al Desnudo
La luz tenue del atardecer se colaba por las cortinas de mi depa en la Condesa, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que la piel de Marco pareciera bronceada por el sol de Acapulco. Estábamos tirados en el sillón, con una chela fría en la mano, después de un día de caminar por el centro, riéndonos de los vendedores ambulantes y sus ofertas locas. Neta, este wey me ponía como nunca. Sus ojos cafés me miraban con esa chispa pícara, y yo sentía ya el cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo supiera que la noche iba a ser de esas que no se olvidan.
—Órale, mi reina —dijo él, acercándose para rozar mi cuello con los labios, su aliento caliente oliendo a limón y cerveza—. Vamos a jugar algo chido para calentar motores. Un juego de palabras con tri. Por cada palabra que digas con "tri", te quitas una prenda. Y yo igual. ¿Le entras?
Me reí, sintiendo el calor subir por mis mejillas.
¿Palabras con tri? ¿Qué pedo con este pendejo creativo?Pero la idea me excitó al instante. El aire del cuarto ya se sentía más pesado, cargado con el aroma de su colonia mezclada con el mío de vainilla. Asentí, mordiéndome el labio.
—Sale, pero empieza tú, cabrón —le respondí, acomodándome para que viera cómo mi blusa se tensaba contra mis chichis.
Él se incorporó, con esa sonrisa de niño malo. —Triste. Porque sin ti estoy triste.
Su voz ronca me erizó la piel. Se quitó la playera despacio, revelando ese pecho firme, marcado por horas en el gym. Lo toqué con las yemas de los dedos, sintiendo el calor de su piel, el latido acelerado bajo mi palma. Olía a sudor limpio, a hombre que me volvía loca.
—Mi turno. Trigo —dije, y me desabroché el primer botón de la blusa, dejando ver el encaje negro de mi bra. Sus ojos se oscurecieron, y extendió la mano para acariciar mi clavícula, bajando hasta el borde de la tela. El roce fue eléctrico, como chispas en mi piel sensible.
El juego siguió, y el cuarto se llenó de risas ahogadas y suspiros. —Tribu —dijo él, quitándose los shorts. Quedó en bóxer, y madre mía, la forma en que su verga se marcaba ya me tenía mojadita. Me acerqué, oliendo su excitación, ese olor almizclado que me hacía apretar los muslos.
—Trino —respondí yo, y off con la blusa. Ahora en bra y falda, sentí el aire fresco en mis pezones endurecidos. Marco jadeó, jalándome hacia él. Sus labios capturaron los míos en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a chela y deseo puro. Sus manos grandes masajeaban mi espalda, bajando a apretar mis nalgas con fuerza juguetona.
—Otra: tribu de amantes —murmuró contra mi boca, y nos reímos, pero el beso se profundizó. Ya no era solo juego; el tension se acumulaba como tormenta en el DF antes de la lluvia.
Pasamos al sillón grande, donde el cuero crujía bajo nuestros cuerpos. Yo iba ganando, o eso creía. —Tristeza —dijo él, y me ayudó a quitarme la falda, sus dedos rozando mis muslos internos, enviando ondas de placer directo a mi clítoris.
¡Puta madre, este wey sabe cómo tocar!Gemí bajito cuando su boca bajó a mi cuello, chupando suave, dejando un rastro húmedo que se enfriaba al instante.
—Trampa —le dije yo, riendo, y le bajé el bóxer. Su verga saltó libre, dura y venosa, palpitando al aire. La tomé en la mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso rápido bajo mi agarre. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi pecho.
—Eres una tramposa deliciosa —me dijo, volteándome para desabrocharme el bra. Mis chichis quedaron expuestos, pezones duros como piedras. Los lamió despacio, circundando con la lengua, saboreando mi piel salada. El placer era un torrente, bajando hasta mi entrepierna empapada. Olía a mi propia excitación, dulce y pegajosa.
Ya desnudos del todo, el juego mutó. —Dime más palabras con tri —suplicó él, mientras sus dedos exploraban mi coñito, separando los labios húmedos, frotando mi clítoris con maestría. —T-ri-bulación —jadeé, arqueándome contra su mano. Cada roce era fuego, mis jugos cubriendo sus dedos, el sonido chapoteante llenando el cuarto junto con nuestros jadeos.
Me recostó en el sillón, abriendo mis piernas. Su mirada era pura hambre, devorándome visualmente. Bajó la cabeza, y su lengua encontró mi centro. ¡Órale! Lamía con avidez, saboreando mis fluidos, chupando mi clítoris hinchado. Sentí cada lamida como un latigazo de placer, mis caderas moviéndose solas, el olor de sexo impregnando todo. Mis manos enredadas en su pelo, tirando suave, guiándolo.
—Triunfo —murmuró él contra mi piel, vibrando delicioso. Me corrí primero, un orgasmo que me sacudió entera, gritando su nombre, piernas temblando, el mundo explotando en colores detrás de mis párpados.
Pero no paró. Me levantó como si nada, cargándome al cuarto. La cama nos recibió con sábanas frescas de algodón egipcio, oliendo a lavanda. Me puso a cuatro patas, y sentí su verga presionando mi entrada, resbaladiza por mis jugos. —Entra, pendejo —le rogué, ansiosa.
Empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Qué rico, esa plenitud ardiente, su grosor estirándome justo. Empezó a moverse, embestidas lentas al principio, el slap slap de piel contra piel, sudor goteando. Agarraba mis caderas, hundiéndose profundo, tocando ese punto que me volvía loca.
—Más palabras con tri, mi amor —jadeó él, acelerando. —T-ri-ste si no me coges fuerte —respondí entre gemidos. Cambiamos posiciones; yo encima, cabalgándolo, sintiendo cada vena de su verga frotando mis paredes. Mis chichis rebotaban, él las amasaba, pellizcando pezones. El cuarto olía a sexo crudo, a nosotros fundidos.
La tensión crecía, espiral infinita. Sudor resbalando por su pecho, yo lamiéndolo, salado en mi lengua. Sus manos en mi culo, guiando mis movimientos, más rápido, más duro. —Me vengo —gruñó él, y yo asentí, apretándolo con mis músculos internos.
Explotamos juntos. Su semen caliente llenándome, pulsos y pulsos, mientras mi segundo orgasmo me desgarraba, uñas clavadas en su pecho, gritos ahogados en su cuello. Colapsamos, entrelazados, respiraciones jadeantes sincronizándose poco a poco.
Después, en la quietud, con su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse, acaricié su pelo revuelto. —Ese juego de palabras con tri fue lo máximo, wey —susurré, besando su frente húmeda.
—Y apenas empezamos, mi vida —respondió él, con voz perezosa, trazando círculos en mi vientre. El aire aún cargado de nuestro aroma, la noche cayendo suave fuera. Sentí paz profunda, conexión total, sabiendo que esto era solo el principio de muchas noches así, llenas de juegos locos y placer infinito.