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Tríada Infeliz en Éxtasis

6987 palabras

Tríada Infeliz en Éxtasis

Ana se recargaba en el balcón del departamento en Polanco, con el skyline de la Ciudad de México brillando como un mar de luces a sus pies. El aire fresco de la noche traía olor a jacarandas y tacos de la esquina, pero su mente estaba nublada por la frustración. Hacía meses que convivía con Marco, su novio de dos años, y Luis, el carnal inseparable de él. Lo que empezó como una convivencia chida por ahorrar lana se había convertido en una tríada infeliz. Ana sentía que Luis era el tercero en discordia, siempre ahí con sus chistes pendejos y su mirada que la recorría de arriba abajo cuando Marco no veía.

¿Por qué carajos permití esto? pensó Ana, sorbiendo su michelada. Marco era perfecto: alto, moreno, con esa sonrisa que le derretía las piernas. Pero Luis, con su cuerpo atlético de gym y ese acento chilango puro, la ponía nerviosa. No era odio lo que sentía, sino una tensión que le revolvía el estómago y, neta, algo más abajo.

Adentro, los weyes platicaban de fútbol, riendo a carcajadas. Ana entró, el sonido de sus tacones resonando en el piso de madera. Llevaba un vestido negro ajustado que marcaba sus curvas, pechos firmes y caderas anchas, sabiendo que ambos la miraban.

—Órale, nena, ¿ya te cansaste del balcón? —dijo Marco, levantándose del sofá para abrazarla. Su olor a colonia fresca y sudor ligero la invadió, haciendo que su piel se erizara.

—Sí, pinche frío. ¿Y tú, Luis? ¿No tienes cita o qué? —preguntó ella, con un tono juguetón pero punzante.

Luis se giró, ojos cafés clavados en los suyos. —Nah, Ana, aquí estoy chido con mis compas. ¿O te molesta mi presencia, mamacita?

Ella sintió un cosquilleo en el vientre.

¿Mamacita? Pendejo, pero qué voz tan ronca tiene.
Marco rio y sirvió más chelas.

La noche avanzó con tequilas y anécdotas. La risa llenaba el aire, pero Ana notaba las miradas: Marco la tocaba la cintura, Luis rozaba su pierna "sin querer" al pasar. El calor subía, el departamento olía a limón y humo de cigarro. Su tríada infeliz empezaba a crujir de otra forma.

En el sofá, apretados los tres, la conversación giró a lo personal. Marco confesó que a veces sentía la tensión entre Ana y Luis. —Neta, carnales, somos como una familia jodida, pero chida. ¿No?

Ana, con el tequila soltándole la lengua, explotó. —¡Pinches weyes! Esta tríada infeliz me tiene harta. Siento que soy la intrusa aquí. Marco, tú y Luis son como maricas, y yo... yo nomás de adorno.

Luis la miró serio, pero con fuego en los ojos. —No mames, Ana. Tú eres el centro. Neta, desde que te vi, me pones como loco. Pero respeto a mi carnal.

Marco se tensó, pero en vez de enojarse, la besó. Fuerte, posesivo. Sus labios sabían a tequila y sal, lengua invadiendo su boca. Ana gimió, sorprendida. Luis observaba, respiración agitada.

—Si es lo que quieres, nena... hagamos que esta tríada sea feliz —murmuró Marco contra su cuello, mordisqueando la piel sensible. El aroma de su excitación, ese almizcle masculino, la mareó.

Ana miró a Luis, corazón latiéndole en la garganta. ¿De veras? ¿Aquí y ahora? Él asintió, acercándose. Sus manos grandes tocaron su muslo, subiendo despacio bajo el vestido. Piel contra piel, calor eléctrico. —Dime que sí, Ana. Todo consensual, ¿eh?

—Sí... carajos, sí —jadeó ella.

La escalada fue lenta, como un fuego que se aviva con cuidado. Marco desabrochó el vestido, dejando al aire sus tetas redondas, pezones duros por el aire y la anticipación. Luis besó su hombro, lengua trazando la clavícula, saboreando el sudor salado. Ana temblaba, manos enredadas en el pelo de Marco mientras él chupaba un pezón, succionando con fuerza que mandaba chispas directo a su panocha.

Sonidos: lamidas húmedas, gemidos bajos, respiraciones entrecortadas. Olores: piel caliente, humedad creciente entre sus piernas, tequila en aliento.

Luis bajó el vestido del todo, besando su ombligo, vientre plano. Sus dedos rozaron el encaje de las calzas, notando lo mojada que estaba. —Estás chorreando, mamacita. Qué rico hueles —gruñó, voz ronca.

Ana arqueó la espalda cuando Marco metió mano entre sus piernas, dedos separando labios hinchados, frotando el clítoris hinchado. —Mira cómo te pone mi carnal, nena. Dime qué sientes.

—Me... me vuelven loca los dos. Pinches cabrones —rió ella, pero el placer la cortó. Luis se arrodilló, quitándole las calzas. Su aliento caliente en la piel interna del muslo la hizo gemir. Lengua plana lamió desde el tobillo hasta el centro, deteniéndose en la entrada húmeda.

Marco se desnudó, verga gruesa y dura saltando libre, venosa y palpitante. Ana la tomó, mano suave masturbándola, sintiendo el pulso acelerado. Él gimió, ojos cerrados. Luis, con pantalón abajo, sacó su miembro: más largo, curvado, goteando precum. Ana lo miró, fascinada.

¿Cómo carajos voy a caber eso?

La llevaron al cuarto, colchón king size crujiendo bajo pesos. Ana a cuatro patas, Marco detrás, cabeza de verga presionando su entrada. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándola. —¡Ay, wey! Qué grande —gritó ella, placer doloroso. Él embistió, bolas golpeando su clítoris.

Luis enfrente, verga en su boca. Ana chupó ansiosa, lengua girando la cabeza, saboreando sal y almizcle. Manos en sus nalgas, dedos explorando su ano con ternura. Ritmo: Marco follándola profundo, pausado; Luis follando su boca con cuidado.

El sudor chorreaba, pieles chocando con palmadas húmedas. Ana sentía el orgasmo building, vientre contrayéndose. La tríada ya no es infeliz... es puro fuego. Gritó alrededor de la verga de Luis cuando el clímax la golpeó, coño apretando a Marco como vicio.

Marco salió, jadeante, y cambiaron. Luis la penetró de misionero, piernas sobre hombros, llegando profundo. Cada embestida rozaba su punto G, olas de placer. Marco se masturbaba viéndolos, luego metió verga en su boca. Ana succionaba, manos en bolas pesadas.

—Voy a venirme, Ana —advirtió Luis, acelerando. Ella asintió, piernas apretándolo. Él explotó dentro, chorros calientes llenándola, olor a semen fuerte. Marco tomó su lugar, follando el coño lleno de semen de su amigo, resbaloso y caliente.

El segundo orgasmo la destrozó, visión borrosa, cuerpo convulsionando. Marco se corrió rugiendo, pintando su interior. Colapsaron, enredados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. Besos suaves, risas cansadas.

Ana yacía entre ellos, cabeza en pecho de Marco, mano en abdomen de Luis. Latidos sincronizados, aire pesado de sexo y satisfacción. La tríada infeliz murió esta noche. Nació algo chingón.

—Neta, carnales, ¿repetimos? —preguntó ella, voz ronca.

—Obvio, nena —dijeron al unísono, besándola.

La luna se colaba por la ventana, testigo de su nuevo comienzo.

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