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Ancianas en Tríos Ardientes

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Ancianas en Tríos Ardientes

En el calor pegajoso de Puerto Vallarta, donde el mar besa la arena como un amante impaciente, conocí a Doña Rosa y Doña Carmen. Yo era Alejandro, un wey de treinta tacos que andaba de vacaciones, bronceándome en la playa del hotel Las Olas Doradas. Ellas dos, con sus cincuenta y tantos bien llevados, ancianas trios en el sentido juguetón que les gustaba bromear, se acercaron con unas chelas en la mano y sonrisas que prometían más que una plática casual.

Doña Rosa, con el pelo plateado recogido en un moño desordenado y un bikini rojo que abrazaba sus curvas generosas, me miró de arriba abajo. Órale, qué chulo este morro, dijo con esa voz ronca que olía a tequila reposado. Doña Carmen, más delgada, con piel morena curtida por el sol y tetas firmes que desafiaban la gravedad, soltó una carcajada. Neto, Rosa, este pendejo nos va a hacer sudar más que el pinche sol. Me invitaron a su cabaña privada, allá en la zona VIP del resort, con vista al Pacífico. El deseo me picó como picadura de alacrán: ¿dos maduritas experimentadas queriendo un rato conmigo? ¡No mames, esto es un sueño!

Entramos a la cabaña, fresca por el aire acondicionado que zumbaba bajito. Olía a coco y vainilla de sus cremas corporales, mezclado con el salitre del mar que se colaba por las ventanas abiertas. Se quitaron los pareos con una lentitud que me puso la verga dura al instante. Doña Rosa se acercó primero, su mano arrugada pero suave rozando mi pecho desnudo. Sentí el calor de su piel contra la mía, como si su fuego interno me quemara. Ven, chavo, déjanos enseñarte cómo se goza de verdad, murmuró, mientras Doña Carmen me besaba el cuello, su lengua trazando líneas húmedas que me erizaban la piel.

¿Qué carajos estoy haciendo? Dos ancianas trios como ellas, con cuerpos que han vivido mil batallas, y yo en medio. Pero qué rico se siente su experiencia, su confianza. No hay vergüenzas aquí, solo puro instinto.

Nos tumbamos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nuestro peso. El sol de la tarde filtraba rayos dorados que bailaban sobre sus cuerpos desnudos. Doña Rosa me montó la cara, su concha madura, jugosa y con un aroma almizclado a mujer en celo, presionando contra mi boca. Lamí despacio, saboreando su néctar salado-dulce, mientras ella gemía bajito, ¡Ay, wey, qué lengua tan chida!. Doña Carmen se arrodilló entre mis piernas, su aliento caliente sobre mi pinga tiesa. La tomó con manos expertas, masturbándome lento, el roce áspero de sus palmas callosas enviando chispas por mi espina.

El ritmo empezó suave, como olas rompiendo en la orilla. Sus pechos se mecían al compás, tetas pesadas y suaves que rebotaban con cada movimiento. Oí sus respiraciones entrecortadas, mezcladas con el rumor del mar afuera. Toqué las nalgas de Doña Rosa, redondas y firmes, apretándolas mientras mi lengua exploraba sus labios hinchados. Ella se arqueó, clavándome las uñas en los hombros, un dolor placentero que me hacía jadear contra su clítoris hinchado.

Doña Carmen no se quedó atrás. Se lamió los labios y se engulló mi verga hasta la garganta, chupando con una succión que me sacó un grito ahogado. ¡Mamacita, qué rico! Su saliva corría por mis huevos, tibia y pegajosa, mientras sus dedos jugaban con mi ano, presionando suave, abriéndome a sensaciones nuevas. El cuarto se llenó de sonidos húmedos: succiones, lamidas, gemidos roncos. Sudábamos juntos, el olor a sexo crudo invadiendo el aire, mezclado con su perfume floral.

Intercambiaron posiciones con una gracia felina. Ahora Doña Carmen encima de mí, su panocha resbaladiza tragándose mi polla centímetro a centímetro. Sentí cada pliegue, cada contracción de sus paredes calientes envolviéndome como terciopelo húmedo. ¡Fóllame duro, cabrón!, exigió, cabalgándome con furia, sus caderas girando en círculos que me volvían loco. Doña Rosa se sentó en mi cara de nuevo, pero esta vez frotándose contra mi nariz, su culo abriéndose para mi lengua juguetona.

Estas chavas son puro fuego. No como las jóvenes que todo es prisa. Ellas saben saborear, construir el pinche volcán hasta que explota. Mi corazón late como tamborazo zacatecano, y mi verga palpita dentro de Carmen.

La tensión crecía, como tormenta en el horizonte. Ellas se besaban sobre mí, lenguas enredadas, saliva brillando en sus labios carnosos. Doña Rosa pellizcaba los pezones de Carmen, que se ponían duros como piedras. Yo embestía desde abajo, mis manos amasando las nalgas de Carmen, sintiendo el sudor resbalar por su espalda. El slap-slap de carne contra carne resonaba, sincronizado con sus alaridos: ¡Más, pinche morro! ¡Danos todo!

Doña Rosa se bajó y se unió abajo. Mientras Carmen me cabalgaba, Rosa lamía mis huevos y el punto donde mi verga entraba y salía, su lengua rozando el clítoris de su amiga. El placer era abrumador, un torbellino de sensaciones: el apretón húmedo de Carmen, la lengua rasposa de Rosa, sus dedos explorando. Mi pulso tronaba en los oídos, el mundo reduciéndose a este paraíso carnal.

Ellas aceleraron, sincronizadas como bailarinas de danzón. Carmen se corrió primero, su concha convulsionando alrededor de mi polla, chorros calientes mojando mis muslos. ¡Me vengo, cabrones! ¡Ay, Diosito! Su voz quebrada me empujó al borde. Rosa se frotó contra mi muslo, alcanzando su clímax con un gemido gutural, su jugo untándome la piel. No aguanté más: exploté dentro de Carmen, chorros potentes llenándola, mi cuerpo temblando como hoja en vendaval.

Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja y púrpura. Doña Rosa me acarició el pelo, Qué rico estuvo ese trío, chavo. Las ancianas trios sabemos lo que hacemos. Doña Carmen rio, besándome la frente. Vuelve mañana, ¿eh? Tenemos más sorpresas.

Nada como esto. No fue solo sexo, fue conexión pura. Sus cuerpos sabios me enseñaron que el deseo no caduca, que envejece como buen mezcal: más fuerte, más profundo.

Nos duchamos juntos bajo la regadera al aire libre, agua tibia lavando el sudor y los fluidos, risas flotando en el vapor. Jabón de coco espumoso resbalando por sus curvas, mis manos explorando una última vez. Salimos a la terraza, envueltos en toallas, chelas frías en mano, viendo las estrellas nacer sobre el mar. El afterglow era perfecto: músculos laxos, piel erizada por la brisa salada, un calor residual en el pecho.

Al día siguiente, las dejé con promesas de regreso. Caminé por la playa, arena caliente bajo los pies, el recuerdo de sus gemidos aún vibrando en mis oídos. Ancianas en tríos ardientes, qué pinche adicción. México y sus sorpresas: nunca defrauda.

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