Tríada del Cáncer de Páncreas Deseado
El sol de la Ciudad de México caía a plomo sobre el balcón del departamento en Polanco, donde el aire olía a jazmín y a café recién molido. Yo, Daniela, acababa de cumplir treinta y cinco, con curvas que volvían locos a los hombres y un fuego interno que no se apagaba ni con las peores noticias. Esa mañana, en la consulta del doctor Ramos, me habían hablado de la tríada del cáncer de páncreas: ictericia, dolor abdominal y pérdida de peso. Palabras frías que resonaban en mi cabeza como un mal presagio, pero en lugar de hundirme, me encendieron una urgencia vital, un deseo de vivir cada caricia como si fuera la última.
Regresé a casa con el corazón latiendo fuerte, el sabor amargo de la bilirrubina en la lengua –o eso imaginaba– y llamé a mis dos amantes secretos: Marco y Luis. Eran mis chíngados perfectos, dos cabrones altos, morenos, con cuerpos esculpidos en gimnasios de la Condesa y ojos que prometían pecados. Marco, el arquitecto pendejo con tatuajes que bajaban hasta su verga dura; Luis, el chef que cocinaba con especias que ardían como su lengua en mi clítoris. Les dije: Órale, vengan ya, tengo algo que celebrar antes de que el mundo se me venga encima.
La puerta se abrió y el olor a su colonia masculina invadió el espacio, mezclado con el sudor fresco de la calle. Marco me abrazó primero, sus manos grandes apretando mis nalgas bajo el vestido ligero de algodón mexicano, el tejido rozando mi piel húmeda.
"¿Qué traes, Dani? Te ves como si quisieras que te cojamos hasta el alma", murmuró en mi oído, su aliento caliente oliendo a menta y tequila del desayuno. Luis se acercó por detrás, besando mi cuello, sus dedos deslizándose por mi vientre plano, aún firme pese a los kilos que empezaban a evaporarse.
Nos dejamos caer en el sofá de piel suave, el tacto fresco contra mi espalda ardiente. Les conté lo del doctor, la tríada cáncer de páncreas que amenazaba mi páncreas como un amante posesivo. En vez de lástima, vi en sus ojos un hambre feroz. No hay tiempo para pendejadas tristes, pensé, mientras Marco desabrochaba mi vestido, exponiendo mis tetas llenas, pezones oscuros endureciéndose al aire acondicionado que zumbaba bajo. Luis lamió mi oreja, susurrando: "Vamos a hacerte olvidar ese pinche cáncer, mi reina".
El beso de Marco fue salvaje, su lengua invadiendo mi boca con sabor a deseo puro, salado como el sudor que perlaba su frente. Luis bajó por mi cuerpo, besando mi ombligo, inhalando el aroma almizclado de mi entrepierna ya mojada. Sentí sus dedos separando mis labios vaginales, el roce húmedo, el sonido chupante de su boca en mi clítoris hinchado. ¡Ay, cabrón, así! Dale más fuerte, gemí internamente, mis caderas arqueándose contra su cara barbuda que raspaba deliciosamente.
Marco se quitó la camisa, revelando su pecho velludo, músculos contrayéndose mientras se desabrochaba el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum que olía a macho en celo. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, masturbándolo lento mientras Luis me penetraba con dos dedos curvos, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El cuarto se llenó de jadeos, el slap-slap de piel contra piel, el olor a sexo crudo mezclándose con el jazmín del balcón.
Me puse de rodillas en la alfombra mullida, el pelo cayendo en cascada sobre mis hombros desnudos. Chupé a Marco primero, su verga llenando mi boca, el sabor salado explotando en mi lengua mientras él gruñía: "¡Qué rica chupas, pinche nena!". Luis se posicionó detrás, su polla frotándose contra mi culo redondo, lubricada con mi propia excitación. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con placer doloroso, el ardor convirtiéndose en éxtasis puro.
Esto es vida, no ese maldito cáncer, pensé, mientras Marco follaba mi boca y Luis mis nalgas, sus pelotas golpeando rítmicamente.
Cambiaron posiciones como en una danza erótica, mi cuerpo el altar. Ahora Marco en mi coño, embistiendo profundo, su pubis rozando mi clítoris con cada thrust que hacía temblar mis tetas. Luis en mi boca, su verga más larga llegando a mi garganta, lágrimas de placer en mis ojos. Sentía sus pulsos acelerados contra mi piel, el sudor chorreando, goteando en mi espalda, el sabor de sus esencias mezcladas en mi paladar. Más, pendejos, rómpanme, rogaba en silencio, mis uñas clavándose en sus muslos firmos.
La tensión crecía como una tormenta en el DF, relámpagos en mi vientre. Marco aceleró, sus gemidos roncos: "Me vengo, Dani, ¡te lleno!". Calor líquido inundó mi interior, contracciones ordeñándolo mientras Luis explotaba en mi boca, semen espeso, caliente, tragándolo con avidez, el gusto amargo-dulce como venganza contra la enfermedad. Mi orgasmo llegó en olas, el coño apretando, chorros de placer empapando las sábanas que habíamos arrastrado al piso, gritos ahogados en la almohada.
Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, el aire pesado con olor a semen, sudor y mujer satisfecha. Marco besó mi frente, Luis mi mano temblorosa. Somos tu tríada contra todo, dijo Marco, refiriéndose juguetón a esa tríada cáncer de páncreas que ahora parecía un chiste lejano. Reí bajito, el pecho subiendo y bajando, sintiendo sus corazones latiendo al unísono con el mío.
Después, en la ducha, el agua caliente lavando nuestros pecados, jabón de lavanda resbalando por curvas y músculos. Nos enjabonamos mutuamente, risas mexicanas llenando el vapor: "¡No mames, qué rico estuvo!". Salimos envueltos en toallas suaves, pidiendo tacos de la esquina, el picante de la salsa reflejando el fuego que aún ardía en nosotros.
Días después, las pruebas confirmaron lo peor, pero esa noche nos había dado fuerza. La tríada cáncer de páncreas era mi enemiga, pero Marco, Luis y yo éramos mi ejército. Viviríamos cada polvo, cada abrazo, con la intensidad de quien sabe que el tiempo es prestado. En la cama, acurrucados, el olor a sus cuerpos me arrulló al sueño, sabiendo que el deseo era mi mejor medicina.