Intentemos Una Vez Más
La luz del atardecer se colaba por las cortinas de la sala, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el departamento en la Condesa pareciera un nido perfecto para el amor. Ana se recargaba en el sillón de piel suave, con el corazón latiéndole a mil por hora. Hacía semanas que las cosas con Marco no fluían como antes. Discusiones tontas por el trabajo, por el tráfico eterno de la ciudad, por nada. Pero esa noche, él le había mandado un mensaje: "Llego temprano carnala. ¿Hacemos las paces?" Y ella, con una sonrisa nerviosa, respondió: "Órale, aquí te espero."
El sonido de la llave en la chapa la sacó de sus pensamientos. Marco entró, con su chamarra de mezclilla gastada que olía a calle y a su colonia favorita, esa que siempre la ponía caliente. Era alto, moreno, con esa barba de tres días que le raspaba delicioso la piel. Sus ojos cafés la miraron directo, como si ya supiera lo que ella quería.
—Wey, neta que te extrañé —dijo él, dejando las llaves en la mesa y acercándose con paso lento, como un tigre acechando.
Ana se levantó, sintiendo el cosquilleo en el estómago.
¿Será que hoy sí funciona? Hemos intentado antes, pero siempre algo sale mal. Intentemos una vez más, por favor.Lo abrazó fuerte, inhalando su aroma a hombre, a sudor limpio y a promesas. Sus labios se rozaron primero tímidos, luego con hambre. El beso sabía a café de la tarde y a ganas reprimidas.
Se separaron un segundo, jadeando. Marco le acarició la mejilla, su pulgar áspero rozando suave.
—¿Quieres que lo intentemos una vez más, mi reina? —murmuró él, con esa voz ronca que le erizaba la piel.
—Sí, pendejo. Intentemos una vez más —rió ella, jalándolo hacia la recámara.
La recámara era su santuario: sábanas de algodón egipcio, velas de vainilla encendidas que llenaban el aire con dulzor cremoso. Ana sintió el pulso acelerado en las sienes mientras Marco la empujaba suave contra la puerta, besándola con urgencia. Sus manos grandes bajaron por su espalda, apretando su culo firme bajo el vestido ligero de algodón. El roce de sus dedos la hizo gemir bajito, un sonido que vibró en su garganta como miel caliente.
Él la levantó en brazos sin esfuerzo, sus músculos tensos bajo la camisa. Ana enredó las piernas en su cintura, sintiendo la dureza de su verga presionando contra ella a través de la tela. Chingón, pensó, siempre me prende así de rápido. Lo besó en el cuello, lamiendo la sal de su piel, ese sabor salado que le recordaba las noches en la playa de Puerto Vallarta.
La tiró en la cama con cuidado, pero con esa fuerza que la excitaba. Se quitó la camisa, revelando su pecho ancho, velludo justo donde le gustaba pasar los dedos. Ana se incorporó, jalando el vestido por encima de la cabeza. Quedó en brasier de encaje negro y tanga diminuta, su piel morena brillando bajo la luz tenue. Marco gruñó de aprobación, sus ojos devorándola.
—Eres una diosa, Ana. Neta, la más chingona —dijo, gateando sobre ella como un lobo hambriento.
Empezó por besos en el cuello, chupando suave hasta dejarle una marca rosada. Ana arqueó la espalda, el roce de su barba raspando delicioso, enviando chispas directas a su clítoris. Sus manos exploraban: una amasando sus tetas plenas, pellizcando los pezones duros como piedras; la otra bajando por su vientre plano, metiéndose bajo la tanga. El calor entre sus piernas era intenso, ya estaba empapada, el olor almizclado de su excitación mezclándose con la vainilla de las velas.
Esto es lo que necesitaba. Su toque me quema viva. No pares, wey, no pares.Ana jadeaba, clavando las uñas en su espalda, dejando surcos rojos que él adoraba. Marco bajó más, besando su ombligo, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel. Llegó a la tanga, inhalando profundo.
—Olerte así me vuelve loco, mamacita —susurró, quitándosela con los dientes. El aire fresco rozó su coño depilado, hinchado de deseo, y ella gimió alto.
Su lengua la invadió primero, plana y caliente, lamiendo desde el ano hasta el clítoris en una caricia larga. Ana gritó, el placer explotando como fuegos artificiales. Saboreaba su propia esencia en su aliento cuando él subía a besarla: dulce, salada, adictiva. Marco metió dos dedos gruesos dentro de ella, curvándolos justo en ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido húmedo de su chingadera era obsceno, un chapoteo rítmico que llenaba la habitación junto a sus gemidos.
—¡Más fuerte, cabrón! ¡Así! —exigió ella, montando sus dedos como si fuera su verga.
Pero quería más. Lo empujó, volteándolo sobre la cama. Marco se recostó, su pito parado como bandera, grueso y venoso, con la cabeza brillosa de precum. Ana se lamió los labios, el corazón tronándole en el pecho. Se subió encima, frotando su raja mojada por toda su longitud. El calor de su piel contra la suya era eléctrico, piel con piel, sudor mezclándose.
Se hundió despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la estiraba delicioso. ¡Ay, wey, qué rico! El dolor placer la invadió, sus paredes apretándolo como guante. Empezó a moverse, primero lento, sintiendo cada vena rozando adentro. Marco agarró sus caderas, guiándola, sus ojos fijos en sus tetas rebotando.
El ritmo subió: ella cabalgando duro, el slap-slap de carne contra carne, sus bolas golpeando su culo. Sudor chorreaba por sus cuerpos, el olor a sexo crudo impregnando todo. Ana se inclinó, besándolo salvaje, mordiendo su labio inferior. Él pellizcó sus pezones, tirando suave, y ella sintió el orgasmo construyéndose, una ola gigante en el horizonte.
No aguanto más. Viene, viene... Intentemos una vez más, pero esta vez no fallamos.
Marco la volteó de golpe, poniéndola a cuatro patas. Entró de nuevo, profundo, sus caderas chocando con fuerza. Una mano en su clítoris, frotando círculos rápidos; la otra jalando su pelo suave. Ana gritaba sin control, el placer rompiéndola en pedazos. Él gruñía como animal, su verga hinchándose más.
—¡Me vengo, Ana! ¡Chíngame! —rugió.
Explosó dentro de ella, chorros calientes llenándola, empujándola al borde. Ana se deshizo, su coño contrayéndose en espasmos, leche chorreando por sus muslos. El mundo se volvió blanco, solo sensaciones: su peso sobre ella, el latido compartido, el olor a corrida y sudor.
Cayeron juntos, enredados, respirando agitados. Marco la besó la frente, suave ahora, tierno. Ana sonrió, el cuerpo lánguido, satisfecho.
—Neta, valió la pena intentarlo una vez más —susurró ella, acurrucándose en su pecho.
Él rió bajito, acariciando su espalda.
—Siempre vale la pena contigo, mi vida. Somos chidos juntos.
La noche se extendió en caricias perezosas, promesas susurradas. Afuera, el bullicio de la ciudad seguía, pero adentro, todo era paz. Habían encontrado el fuego de nuevo, más fuerte que nunca. Y sabían que, si hacía falta, lo intentarían una vez más, pero esta vez, duraría para siempre.