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El Trio Ardiente con mi Mujer XXX

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El Trio Ardiente con mi Mujer XXX

Todo empezó una noche de esas que el calor de la Ciudad de México se mete hasta los huesos, pero no del mal tipo. Mi mujer, Ana, y yo estábamos en nuestro depa en Polanco, con las luces bajas y una botella de mezcal abierta sobre la mesa de centro. Ana es de esas morras que te vuelan la cabeza: curvas que no acaban, ojos negros como el mole poblano y una risa que suena a campanas en fiesta. Llevábamos casados tres años, y aunque la chambeamos bien chido en la cama, siempre andábamos platicando de farras nuevas para no caer en la rutina.

—Órale, carnal —me dijo ella esa noche, recargada en mi pecho mientras veíamos una peli en Netflix—. ¿Y si le entramos a un trio con mi mujer xxx? Algo que nos prenda de una vez.

Sentí un cosquilleo en el estómago, como cuando comes unos tacos al pastor bien jugosos. La idea no era nueva; la habíamos mamado en fantasías mientras nos dábamos vuelo. Pero decirlo en voz alta era otro pedo. Miré sus labios carnosos, brillando con el reflejo de la tele, y asentí.

—Simón, nena. Pero ¿con quién? No con cualquier pendejo.

Ella sonrió pícara, oliendo a su perfume de vainilla y jazmín que me ponía duro al instante. —Luis, el cuate de la gym. Ese güey está cañón, y sé que te late cómo nos mira.

Luis era un morro alto, musculoso, con tatuajes que le cubrían los brazos como un mapa de tequila. Lo conocíamos de las clases de crossfit, y siempre había esa vibra, miradas que duraban un segundo de más. Mandamos un mensajito esa misma noche, y para nuestra sorpresa, el carnal dijo que sí sin titubear. Quedamos en vernos el viernes en un hotel chido en Reforma, con vista a la ciudad que brilla como diamantes.

El viernes llegó con el sol quemando las banquetas. Ana se arregló como diosa: un vestido negro ajustado que marcaba sus chichis perfectas y su culo redondo, tacones que la hacían caminar como en un video xxx. Yo iba en camisa guayabera ligera, sintiendo el pulso acelerado. En el lobby del hotel, el aire acondicionado nos dio la bienvenida con un soplo fresco, mezclado con el aroma a café de la cafetería cercana.

¿Y si me arrepiento?, pensé mientras subíamos en el elevador. Pero ver a Ana tan empoderada, lista para comerse el mundo, me quitó cualquier duda. Esto era nuestro, consensual y al cien.

Luis ya nos esperaba en la suite, con una sonrisa de oreja a oreja y una botella de champagne enfriándose. El cuarto era la neta: cama king size con sábanas de hilo egipcio, jacuzzi burbujeante y luces tenues que pintaban todo de rojo pasión. Nos dimos un abrazo de carnales, y el roce de su mano en la espalda de Ana me mandó una descarga eléctrica directo a la verga.

¡Qué chido que vinieron, wey! —dijo Luis, sirviendo las flautas—. Vamos a pasarla bomba.

Empezamos con plática ligera, risas sobre la gym y anécdotas de la CDMX. Ana se sentó entre nosotros en la cama, su piel morena oliendo a crema de coco. Poco a poco, las manos empezaron a volar. Yo le besé el cuello, saboreando el salitre de su sudor ligero, mientras Luis le acariciaba el muslo por debajo del vestido. Ella gimió bajito, un sonido ronco que vibró en mi pecho como un bajo en una rola de cumbia.

El calor subía como el volcán en erupción. Ana se volteó hacia mí, sus labios suaves y húmedos chocando contra los míos en un beso que sabía a champagne dulce y deseo crudo. Luis no se quedó atrás; le bajó el vestido despacio, revelando sus tetas firmes, pezones duros como piedras de obsidiana. Los chupó con hambre, y Ana arqueó la espalda, clavándome las uñas en los hombros. Sentí su pulso latiendo contra mi palma, rápido como tambores en una fiesta patronal.

¡Ay, cabrones, no paren! —jadeó ella, voz entrecortada.

Yo bajé la mano por su panza suave hasta su concha, ya empapada, resbalosa como miel de maguey. La toqué despacio, círculos lentos que la hacían temblar. Luis se quitó la playera, mostrando su pecho velludo y marcado, y se unió, lamiéndole el otro pezón. El aire se llenó de gemidos, del olor almizclado de la excitación, pieles rozándose con fricción eléctrica.

Esto es el paraíso, güey, pensé. Mi mujer brillando, follada por dos, pero mía al fin.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Ana nos jaló a los dos, quitándonos la ropa con urgencia. Mi verga saltó libre, dura como fierro, venosa y palpitante. Luis estaba igual de armado, gruesa y lista. Ella se arrodilló entre nosotros, mirándonos con ojos de fuego. Primero me la mamó a mí, lengua experta enrollándose en la cabeza, succionando con un pop que resonó en la habitación. Sabía a sal y pre-semen. Luego a Luis, comparando con la mirada pícara, manos en nuestras bolas pesadas.

Mmm, qué ricos vergas tienen mis hombres —murmuró, voz ronca de puta en heat.

No aguanté más. La tiré en la cama, abriéndole las piernas anchas. Su concha rosada brillaba, labios hinchados invitando. Luis se puso detrás, besándole la nuca mientras yo la penetraba de un solo empujón. ¡Joder! Estaba tan apretada, caliente como tamales recién hechos, envolviéndome en terciopelo húmedo. Empujé lento al principio, sintiendo cada vena rozar sus paredes, sus jugos chorreando por mis huevos.

Ana gritaba placer, ¡Sí, así, pendejos, fóllenme! Luis le metió los dedos en la boca, y ella los chupó como si fueran pollas. Cambiamos posiciones: ahora Luis la cogía por atrás, su culo rebotando contra sus caderas con plaf plaf rítmico, mientras yo le metía la verga en la boca. El sabor de su saliva mezclada con mi esencia era adictivo, su garganta profunda tragándome entero.

El sudor nos cubría, perlas saladas goteando por espaldas, pechos, mezclándose en charcos en las sábanas. El cuarto apestaba a sexo puro: concha mojada, vergas sudadas, mezcal olvidado. Ana se corrió primero, un grito gutural que sacudió las ventanas, su concha contrayéndose en espasmos, squirtando jugos calientes sobre las sábanas. Eso nos prendió el fusible.

¡Ahora los dos! —exigió ella, montándome a mí mientras Luis se acercaba. En un movimiento chingón, me la quedé adentro y Luis se unió, lubricados con su crema, empujando en su culo apretado. Doble penetración, carnales. Ana se volvió loca, rebotando entre nosotros, tetas saltando, uñas arañando mi pecho. Sentía la verga de Luis rozando la mía a través de la delgada pared, fricción prohibida que nos volvía locos.

Los gemidos se volvieron rugidos. Empujábamos sincronizados, piel contra piel, chap chap chap como olas en Acapulco. Olía a clímax inminente, ese aroma espeso de semen acumulándose. Ana se vino de nuevo, chillando ¡Me vengo, cabrones!, apretándonos tanto que no aguantamos.

Yo exploté primero, chorros calientes llenándole la concha, desbordando por mis huevos. Luis gruñó como toro, vaciándose en su culo, semen goteando blanco y espeso. Colapsamos en un enredo de cuerpos jadeantes, corazones martillando al unísono, pieles pegajosas de sudor y fluidos.

Después, en el jacuzzi, burbujas masajeando músculos cansados, Ana recargada en mi pecho, Luis sirviendo más champagne. El agua caliente lamía nuestras heridas placenteras, vapor subiendo con olor a cloro y sexo residual.

Fue la neta del planeta —dijo ella, besándome suave.

Trio con mi mujer xxx épico, wey —agregué, riendo.

Mientras la ciudad brillaba afuera, supe que esto nos había unido más. No era solo sexo; era confianza, deseo compartido, amor en triple dosis. Ana durmió entre nosotros, su respiración calmada como brisa de mar, y yo sonreí en la oscuridad, saboreando el afterglow que duraría semanas.

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