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Trio con Caballo en la Hacienda

7103 palabras

Trio con Caballo en la Hacienda

La noche en la hacienda de mi carnal Marco estaba caliente como el tequila reposado que nos echábamos de un trago. El aire olía a jazmín y a tierra mojada después de la lluvia vespertina, y las luces tenues de las antorchas bailaban sobre las paredes de adobe. Yo, Sofia, con mi falda floreada ceñida a las caderas y una blusa escotada que dejaba ver el encaje de mi brasier, me sentía como una diosa ranchera lista para la aventura. Marco, mi novio de ojos negros y sonrisa pícara, me abrazaba por la cintura mientras platicábamos con Alex, ese wey alto y moreno que acababa de llegar de la ciudad.

Alex era el caballo del que todas hablaban en el pueblo. No por montar yeguas, sino por lo que traía entre las piernas: una verga gruesa como mi muñeca, según los chismes jugosos que corrían como el viento en el desierto. Lo miré de reojo, notando cómo su camisa ajustada marcaba los músculos del pecho y cómo sus jeans holgados no podían esconder del todo el bulto prometedor.

¿Y si esta noche nos animamos a un trio con caballo?
pensé, sintiendo un cosquilleo en la panocha que me hacía apretar los muslos.

—Neta, Alex, ¿vienes a conquistarnos o qué? —le dije con voz ronca, lamiéndome los labios pintados de rojo.

Él se rio, mostrando dientes blancos y perfectos. —Si me dejan, Sofi, les doy un paseo que no olvidan.

Marco me pellizcó la nalga disimuladamente. —Mi reina, ¿qué dices? ¿Le entramos al juego?

El deseo ya ardía en mi vientre como brasas. Asentí, y los tres nos escabullimos hacia la recámara principal, con su cama king size cubierta de sábanas de algodón egipcio y vistas al corral iluminado por la luna.

Adentro, el ambiente se cargó de electricidad. Cerramos la puerta y Marco me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca con sabor a mezcal y limón. Sentí sus manos grandes deslizándose por mi espalda, bajando la cremallera de la falda hasta que cayó al piso con un susurro suave. Quedé en tanga y brasier, mis pezones endureciéndose al roce del aire fresco.

Alex se acercó por detrás, su aliento caliente en mi cuello oliendo a colonia masculina y sudor limpio. —Eres una chula, Sofi —murmuró, mientras sus dedos trazaban la curva de mi espina dorsal. Me estremecí, el tacto áspero de sus callos de ranchero enviando chispas directas a mi clítoris.

Esto es lo que necesitaba, dos machos que me hagan volar
, pensé, mientras Marco me quitaba el brasier y chupaba un pezón con succión experta, haciendo que gimiera bajito. El sonido de mi propia voz, ronca y suplicante, rebotaba en las vigas de madera.

Me voltearon como a una muñeca de trapo, pero con cariño consentido. Alex me cargó en brazos —fuerte como toro— y me depositó en la cama. Sus ojos devoraban mis tetas firmes, mi vientre plano y las bragas empapadas que transparentaban mi excitación. Marco se desvistió primero, su verga erecta saltando libre, venosa y lista. Pero cuando Alex se bajó los jeans, joder, ahí estaba el caballo: larga, gorda, con la cabeza morada brillando de precum. Olía a hombre puro, a deseo crudo.

¡Órale, carnal! —exclamé, extendiendo la mano para tocarla. Era pesada, caliente como hierro al rojo, latiendo en mi palma. Marco rio y se unió, los dos besándome el cuello, las orejas, mientras yo los pajeaba alternadamente. El sonido de piel contra piel, los jadeos entrecortados y el aroma almizclado de sus pollas me mareaban.

Gradualmente, la tensión subió. Me arrodillé en la cama, tomando la verga de Alex en la boca primero. Saboreé el salado de su esencia, estirando los labios para abarcar su grosor. Marco se frotaba contra mi cachete, gimiendo: —Así, mi amor, chúpalo como reina.

Me turnaban, sus manos en mi pelo, guiándome con gentileza. Mi baba corría por sus tallos, lubricándolos, y yo sentía mi panocha palpitar, rogando atención.

Quiero que me rompan, pero con amor
, internalicé, mientras un dedo de Marco se colaba en mis labios inferiores, revolviendo mis jugos con un chap chap húmedo.

La intensidad creció como tormenta en el desierto. Me tendieron boca arriba, Marco abriéndome las piernas con devoción. Su lengua lamió mi clítoris hinchado, saboreando mi miel dulce y salada, mientras Alex me besaba profundo, su caballo rozando mi muslo, dejando rastros calientes de precum. Gemí contra su boca, el placer subiendo en oleadas: el roce áspero de la barba de Marco en mis pliegues, el peso de Alex sobre mí, sus pezones duros contra los míos.

—Métemela ya, wey —supliqué a Marco, arqueando la cadera. Él obedeció, embistiéndome lento al principio, su verga llenándome con fricción deliciosa. El sonido de sus bolas golpeando mi culo era hipnótico, plaf plaf, mezclado con mis alaridos: —¡Más duro, pendejo!

Alex observaba, pajeándose, sus ojos oscuros ardiendo. Luego se posicionó, ofreciéndome su verga para mamar mientras Marco me taladraba. Sentía cada vena de Alex en mi garganta, el estiramiento en mi coño, el sudor goteando de sus frentes al mío. Intercambiaron posiciones: ahora Alex se hundió en mí, y ¡madre mía!, su grosor me abrió como nunca. Dolor placentero, plenitud absoluta. Grité, arañando su espalda ancha, oliendo su axila masculina mientras Marco me llenaba la boca.

Esto es el paraíso, trio con caballo en su máxima expresión
, pensé en medio del frenesí. La cama crujía, las sábanas se enredaban húmedas, y nuestros cuerpos chocaban en un ballet sudoroso. Alex aceleró, sus embestidas profundas tocando mi cervix con toques eléctricos. Marco me pellizcaba los pezones, susurrando: —Córrete para nosotros, reina.

El orgasmo me golpeó como rayo. Mi panocha se contrajo alrededor del caballo de Alex, chorros de placer salpicando sus bolas. Grité su nombre, el de Marco, temblando entera. Ellos no pararon: Alex gruñó primero, llenándome de leche caliente que rebosaba, goteando por mi culo. Marco eyaculó en mi boca segundos después, su semen espeso y salado que tragué con avidez, lamiendo cada gota.

Caímos exhaustos en un enredo de miembros sudorosos, el cuarto oliendo a sexo puro: esperma, jugos femeninos, piel caliente. Marco me besó la frente, Alex acarició mi pelo revuelto. —Eres increíble, Sofi —dijo Alex, su voz ronca de satisfacción.

—El mejor trio con caballo de mi vida —respondí riendo, sintiendo el pulso aún acelerado en mi pecho.

Nos quedamos así, respirando en sincronía bajo la luz de la luna que se colaba por la ventana. Reflexioné en silencio: esto no era solo sexo, era conexión, confianza, empoderamiento en brazos de mis hombres. Marco me abrazó fuerte, Alex se acurrucó por el otro lado, y supe que esta noche había cambiado todo para bien. El deseo satisfecho, pero con un cosquilleo prometiendo más aventuras en la hacienda. Mañana, el sol saldría igual, pero yo renacida, lista para galopar de nuevo.

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