Probando Gafas con Fuego
Entras a la óptica en el corazón de la Condesa, ese barrio chido de la CDMX donde todo huele a café recién molido y a pan dulce de la esquina. Tus lentes viejos están bien rayados, ya no ves ni madres, y necesitas unos nuevos para no andar tropezando como pendejo. El lugar es moderno, con luces suaves que iluminan las vitrinas llenas de monturas elegantes, y un aroma sutil a madera pulida y desinfectante fresco que te relaja de volada.
Ahí está ella, la optometrista, una morena de curvas que te hacen tragar saliva. Se llama Karla, te dice con una sonrisa que ilumina todo el pinche local. Tiene el cabello negro suelto cayéndole por los hombros, ojos cafés profundos y un delantal blanco que no logra esconder su blusa ajustada ni esos jeans que marcan lo justo. Órale, wey, esta chava está cañona, piensas mientras te sientas en la silla de pruebas.
—Ven, siéntate aquí, guapo —te dice con voz ronca, guiñándote un ojo—. Vamos a probarte unas gafas que te queden perfectas. ¿Qué estilo te late? ¿Algo intelectual o más sexy?
Te ríes, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Sus manos rozan tus hombros al ponerte el armazón de prueba, y su perfume, un mezclas de vainilla y jazmín, te invade las fosas nasales. El tacto de sus dedos en tus sienes es eléctrico, suave como terciopelo, y ya sientes el pulso acelerándose en tu cuello.
¿Qué chingados me pasa? Solo vine por lentes, pero esta morra me tiene pensando pendejadas. Neta, su piel huele delicioso, como a deseo puro.
Pruebas la primera montura, negra y delgada. Ella se acerca tanto que su aliento cálido te acaricia la oreja.
—Mmm, te ves bien sabroso así, como profesor cachondo. ¿Te gusta cómo se siente?
Asientes, la voz te sale entrecortada. Cambia a unas redondas, estilo hipster, y sus caderas rozan tu pierna accidentalmente —o no tan accidental—. El sonido de su risa es como música, grave y juguetona, mientras ajusta las patillas. El calor de su cuerpo cerca del tuyo hace que el aire se sienta espeso, cargado de promesas.
—Estas te quedan de poca madre —murmura, inclinándose para mirarte de frente. Sus labios carnosos a centímetros de los tuyos, el brillo de su gloss tentándote—. Pero probemos unas más atrevidas.
La tensión crece con cada par. Tus manos sudan un poco, el corazón te late como tambor en desfile. Ella nota tu mirada bajando a su escote, y en vez de apartarse, se muerde el labio inferior.
—Ey, no seas ojete, mírame a los ojos —bromea, pero su voz tiembla de excitación. Te quita las gafas y las deja a un lado, sus dedos ahora trazan tu mandíbula—. O tal vez quieras probar algo más... personal.
El local está vacío, la puerta con letrero de "Cerrado por pruebas especiales". Ella cierra con llave, el clic metálico resuena como invitación. Te para de la silla, te empuja suave contra el mostrador. Su boca choca con la tuya, beso hambriento, lenguas danzando con sabor a menta y anhelo. Sus manos en tu pecho, desabotonando tu camisa con urgencia, uñas raspando tu piel erizándola.
—Me traes loca desde que entraste, cabrón —susurra contra tu cuello, mordisqueando la piel salada. Bajas las manos a sus caderas, apretando esa carne firme, sintiendo el calor que emana de entre sus piernas a través de la tela.
Esto es una locura, pero qué chido. Su cuerpo se pega al mío como imán, huele a sexo inminente, a sudor dulce y piel caliente.
La llevas a la sala trasera, un cuartito con sillón de cuero negro y espejos por todos lados. Perfecto para verse mutuamente devorándose. Le quitas el delantal, la blusa vuela, revelando senos plenos en encaje rojo. Los besas, chupas pezones duros como piedras, su gemido ronco llenando el espacio —¡Ay, sí, pinche rico!—. Ella te baja el pantalón, mano envolviendo tu verga tiesa, masturbándote lento, el sonido húmedo de su palma contra piel haciendo eco.
Te sientas en el sillón, ella se sube a horcajadas, jeans desabrochados. Frota su coño mojado contra ti, el calor y la humedad traspasando la ropa interior. Estás empapada, Karla, qué puta delicia. La ayudas a quitarse todo, su culo redondo rebotando al moverse. Toma tus manos, las pone en sus tetas, guiándote mientras se empala en ti de un jalón.
—¡Qué grande, wey! Me llenas de a madres —gime, cabalgándote con ritmo salvaje. El slap-slap de carne contra carne, sudor perlando su frente, goteando en tu pecho. Sus paredes aprietan tu polla como guante caliente, resbaloso de jugos. La ves en el espejo, nalgas temblando, pelo revuelto, cara de puro éxtasis.
Cambian posiciones, la pones de rodillas frente al espejo. Entras por atrás, profundo, manos en sus caderas tirando de ella. Su olor a excitación fuerte, almizclado, te enloquece. Le jalas el pelo suave, ella arquea la espalda arqueando, pidiendo más.
—Dame duro, cabrón, hazme tuya. El cuarto huele a sexo crudo, a fluidos mezclados, sonidos de jadeos y piel chocando. Sientes su orgasmo venir, coño contrayéndose, gritando ¡Me vengo, pinche chulo!. Eso te lleva al límite, explotas dentro, chorros calientes llenándola, piernas temblando.
Caen exhaustos en el sillón, cuerpos pegajosos de sudor, respiraciones agitadas calmándose. Ella se acurruca en tu pecho, dedo trazando círculos en tu piel.
—Neta, la mejor prueba de gafas de mi vida —ríe bajito, besándote el hombro—. ¿Vienes por más ajustes?
Qué mujer, wey. No solo me arregló la vista, me abrió los ojos a un mundo de placer. Su piel aún tibia contra la mía, ese aroma post-sexo que invita a round dos.
Te vistes lento, robando besos, promesas de volver. Sales a la calle con el sol de la tarde calentando tu piel sonrojada, una sonrisa pendeja en la cara y unas gafas nuevas en el estuche. El mundo se ve más nítido, pero lo mejor es el fuego que dejó en ti.