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Almetec Tri Precio Ardiente en Farmacia Benavides

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Entré a la Farmacia Benavides con el corazón latiéndome a mil por hora, no solo por la presión alta que me traía de cabeza últimamente, sino porque el calor de la tarde regiomontana me tenía sudando como pendejo. El aire acondicionado del local me dio un respiro fresco, cargado con ese olor característico a medicinas nuevas y desinfectante limpio, mezclado con un toque sutil de perfume floral que flotaba en el aire. Miré el reloj: casi las nueve de la noche, y necesitaba mi Almetec Tri antes de que cerraran.

Detrás del mostrador estaba ella, Daniela, una morra de unos treinta y tantos, con el uniforme blanco ajustado que marcaba sus curvas de una manera que neta me hizo tragar saliva. Su piel morena brillaba bajo las luces fluorescentes, el cabello negro recogido en una coleta alta que dejaba ver su cuello suave, y unos ojos cafés que te clavaban como si supieran todos tus secretos. Me acerqué, sintiendo el piso de loseta fría bajo mis tenis.

—Buenas noches, ¿me puede decir el almetec tri precio farmacia benavides? —pregunté, tratando de sonar casual, pero mi voz salió un poco ronca.

Ella levantó la vista de la computadora, sonrió con labios carnosos pintados de rojo sutil, y se inclinó un poquito hacia adelante, haciendo que su escote se asomara justo lo necesario para acelerarme el pulso.

—Claro que sí, guapo. Hoy está en oferta, doscientos cincuenta pesos el paquete. ¿Lo necesita para ti o para alguien más? —respondió con esa voz suave, como miel caliente, mientras tecleaba algo.

¡Pinche suerte la mía! Esta chava no solo es rica, sino que huele a vainilla y deseo. ¿Será que el estrés de la presión me está haciendo alucinar?

Le conté que era para mí, que el doctor me lo recetó por el estrés del jale en la refinería. Ella asintió, empacando el medicamento con movimientos gráciles, sus uñas rojas rozando el plástico. Nuestras manos se tocaron un segundo al pasarme la caja, y sentí una chispa eléctrica que me erizó la piel. Sus dedos eran cálidos, suaves, y olían a crema hidratante con jazmín.

—Mira, si quieres, te doy un descuento extra si me cuentas cómo te sientes con esto. A veces la gente se pone nerviosita con los medicamentos —dijo guiñándome un ojo, su aliento mentolado rozándome la cara.

La tensión creció ahí mismo. El local estaba vacío, solo el zumbido del refrigerador de refrescos y el tráfico lejano en la avenida. Pagamos, pero en lugar de irme, me quedé platicando. Hablamos de la vida en Monterrey, del calor que no perdona, de cómo el trabajo nos deja hechos mierda. Ella se rió, un sonido gutural y sexy que vibró en mi pecho, y me tocó el brazo casualmente, su palma caliente contra mi piel.

El reloj marcó las nueve en punto. Daniela miró alrededor, apagó las luces del frente, dejando solo la iluminación tenue del fondo.

—Ya cerramos, pero ¿te late un cafecito rápido en la bodega? Tengo una máquina chida ahí atrás —propuso, mordiéndose el labio inferior de esa forma que grita invitación.

Mi verga ya se movía en los bóxers, latiendo con anticipación.

¿Esto está pasando de veras? Neta que el Almetec Tri me va a bajar la presión después de esta noche.
Asentí, siguiéndola por el pasillo angosto, oliendo su perfume que se intensificaba, mezclado ahora con el aroma de su sudor ligero, excitante como feromonas puras.

La bodega era pequeña, estanterías llenas de cajas de medicinas, una mesita con la cafetera humeante. Cerró la puerta con seguro, el clic metálico resonando como una promesa. Se giró hacia mí, sus tetas subiendo y bajando con respiración acelerada bajo la blusa blanca.

—Sabes, desde que entraste me diste curiosidad. Ese cuerpo de trabajador, fuerte, con manos callosas... me prende —susurró, acercándose hasta que sus caderas rozaron las mías.

La besé entonces, sin pensarlo dos veces. Sus labios eran suaves, calientes, sabían a menta y un toque de café. Su lengua se enredó con la mía, húmeda y juguetona, mientras sus manos me subían por la espalda, clavando uñas en mi camisa. Yo le apreté las nalgas firmes, redondas, sintiendo la tela de su falda stretch ceder bajo mis dedos. Gemí en su boca, el sonido ahogado por su beso voraz.

La recargué contra la pared, el yeso fresco contrastando con el fuego de su cuerpo. Le desabroché la blusa despacio, botón por botón, revelando un brasier negro de encaje que apenas contenía sus chichis grandes, pezones duros asomando. Los besé, lamiendo la piel salada, oliendo su aroma almizclado de excitación que llenaba el aire confinado. Ella jadeaba, "Ay, cabrón, qué rico...", tirando de mi pelo.

Su piel sabe a sal y sol, su calor me quema las manos. Quiero perderme en ella, olvidar la presión, el jale, todo.

Le bajé la falda, exponiendo sus muslos gruesos, la tanga diminuta empapada. La toqué ahí, dedos resbalando en su humedad caliente, y ella gimió fuerte, un sonido ronco que me puso la pinga como acero. Se arrodilló, desabrochándome el cinto con prisa, liberando mi verga tiesa que saltó libre, venosa y palpitante. La miró con ojos hambrientos.

Qué pingota, güey —dijo antes de metérsela a la boca, chupando con labios sellados, lengua girando en la cabeza sensible. Sentí el calor húmedo, el succionar rítmico, sus manos apretándome las bolas. Gemí, el placer subiendo por mi espina como corriente eléctrica, mis caderas moviéndose instintivas.

La levanté, quitándole la tanga de un jalón, y la senté en la mesita. Sus piernas se abrieron, panocha depilada brillando de jugos, hinchada de deseo. Me posicioné, frotando la punta en su entrada resbalosa, sintiendo su calor envolvente.

—Métemela ya, no aguanto —suplicó, clavándome las uñas en los hombros.

Empujé despacio, centímetro a centímetro, su concha apretada cediendo, ordeñándome. Ambos gritamos, el slap de piel contra piel empezando lento. Aceleré, embistiéndola fuerte, sus tetas rebotando, sudor perlando su frente. El olor a sexo crudo, almizcle y vainilla, nos rodeaba; sus gemidos roncos, mis gruñidos bajos, el golpeteo rítmico llenando la bodega.

Ella se movía conmigo, caderas girando, interior contrayéndose en espasmos. "Más duro, pendejo, hazme venir", exigía, y yo obedecí, una mano en su clítoris frotando círculos rápidos. Su cuerpo se tensó, tembló, un grito agudo saliendo mientras se corría, jugos chorreando por mis bolas.

¡Su orgasmo me aprieta como puño caliente! No aguanto más.

Me vine segundos después, chorros calientes llenándola, mi cuerpo convulsionando contra el suyo. Colapsamos jadeando, pieles pegajosas de sudor, corazones tronando al unísono.

Nos quedamos así un rato, besándonos suaves, risas ahogadas. Ella me limpió con toallitas húmedas que sacó de un cajón, su toque tierno ahora.

—Gracias por el precio especial del Almetec Tri... y por esto —dije, guiñándole.

—Vuelve cuando quieras, carnal. Aquí siempre hay ofertas calientes —respondió, besándome la mejilla.

Salí a la noche fresca, el medicamento en el bolsillo, pero el verdadero remedio latiendo en mi memoria. La presión estaba baja, el cuerpo saciado, y una sonrisa pendeja en la cara. Neta, las farmacias Benavides tienen más que medicinas.

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