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Al Menos Lo Intenté Resistirme

7398 palabras

Al Menos Lo Intenté Resistirme

El calor de la noche en Polanco me envolvía como un abrazo pegajoso, con ese olor a jazmín flotando desde los balcones y el ruido lejano de los coches en Reforma. Yo, Ana, acababa de salir de un pinche día de locos en la oficina, con el estrés acumulado en los hombros como una mochila llena de piedras. Decidí ir a ese bar chido en la esquina, el que tiene luces neón y meseros que te miran con ojos de pendejo hambriento. No buscaba nada, o eso me decía a mí misma. Solo un trago de tequila para bajar las revoluciones.

Ahí estaba él, Diego, sentado en la barra con esa sonrisa de cabrón que me deshacía las rodillas desde la uni. Alto, moreno, con esa playera ajustada que marcaba sus pectorales y un jean que le quedaba como anillo al dedo. Nuestros ojos se cruzaron y órale, el mundo se detuvo. "¿Qué onda, Ana? ¿Sigues siendo la reina de las fiestas o qué?", me soltó con esa voz ronca que olía a aventura.

Me senté a su lado, el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta de pueblo. Pidió unos shots de Patrón y charlamos de la vida, de cómo él ahora tenía su propio negocio de diseño gráfico y yo seguía en marketing, escalando como loca. Pero entre risas, sentía esa tensión, ese calorcito subiendo por mi entrepierna. "No, Diego, no voy a caer otra vez", me repetía en la cabeza. Hacía años que no nos veíamos, pero el recuerdo de sus manos en mi cintura seguía fresco como el cilantro en un taco al pastor.

Al menos lo intenté, pensé, mientras su rodilla rozaba la mía bajo la barra. Solo un roce inocente, ¿verdad? Pero mi piel se erizó como si me hubiera echado chile piquín.

La plática fluyó como el tequila, suave y ardiente. Hablamos de exes, de viajes a la playa en Puerto Vallarta, de lo que nos gustaba en la cama sin decirlo directamente. Sus ojos me devoraban, bajando a mis labios, a mis chichis que asomaban un poquito por el escote de mi blusa. Yo reía, jugaba con mi pelo, pero por dentro luchaba. Es solo un amigo, Ana, no seas mensa.

El bar se llenó de gente, música de cumbia rebajada retumbando en los parlantes, cuerpos sudados rozándose en la pista. Diego me tomó la mano. "Vamos a bailar, nena". Su palma era cálida, callosa de tanto gym, y el olor de su colonia, esa mezcla de madera y cítricos, me mareó. En la pista, sus caderas contra las mías, el ritmo nos pegó como imán. Sentí su verga endureciéndose contra mi muslo, dura como piedra, y un jadeo se me escapó. "Diego...", murmuré, pero no me aparté. Al contrario, me pegué más, sintiendo el calor de su pecho a través de la tela.

Salimos del bar con las cabezas calientes, el aire nocturno fresco contrastando con el fuego entre mis piernas. Caminamos hasta su depa en una torre reluciente, riendo como pendejos. "No sé si esto sea buena idea", le dije en el elevador, pero mis manos ya le acariciaban el cuello. Él me acorraló contra la pared, su boca rozando mi oreja. "Dime que pare y paro, Ana. Pero sé que no quieres". Su aliento olía a tequila y deseo, y yo me derretí.

La puerta se abrió y entramos tambaleándonos, besándonos como si el mundo se acabara. Sus labios eran suaves pero urgentes, saboreando mi gloss de fresa mezclado con sal de sudor. Me quitó la blusa con manos temblorosas de ganas, exponiendo mis tetas al aire acondicionado que me puso los pezones duros como balitas. "Estás preciosa, carnal", gruñó, lamiendo mi cuello mientras yo le desabrochaba el cinturón.

Al menos lo intenté resistirme, pero ¿para qué? Esto se sentía demasiado chingón.

Lo empujé al sofá, su verga saltando libre, gruesa y venosa, con una gotita de precum brillando en la punta. Me arrodillé, el olor almizclado de su excitación invadiéndome las fosas nasales, y la tomé en la boca despacio, saboreando la piel salada, el pulso latiendo contra mi lengua. Él gemía, "¡Ay, wey, qué rico!", enredando sus dedos en mi pelo negro. Chupé más profundo, sintiendo cómo se hinchaba, el sabor intensificándose con cada movimiento de cabeza.

Pero no quería que terminara tan rápido. Me levanté, me quité el short y las tanguitas, quedando desnuda frente a él. Mi concha ya chorreaba, húmeda y caliente, el aire fresco haciendo que mi clítoris palpitara. Diego me jaló a su regazo, sus dedos explorando mis pliegues resbalosos. "Estás empapada, mi reina", dijo, metiendo dos dedos adentro, curvándolos justo en ese punto que me hacía arquear la espalda. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mientras él me masturbaba con maestría, su pulgar frotando mi botón hinchado.

El placer subía como ola en Acapulco, mis caderas moviéndose solas, el jugo corriendo por sus manos. "Más, Diego, no pares", suplicaba, mis uñas clavándose en sus hombros. Él sonrió pícaro, ese hoyuelo que me mataba, y me penetró de un solo empujón. Su verga me llenó por completo, estirándome deliciosamente, el roce de venas contra mis paredes internas enviando chispas por mi espina.

Cabalgamos así, sudorosos, el sofá crujiendo bajo nosotros. Sus manos amasaban mis nalgas, guiándome arriba y abajo, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con nuestros jadeos. Olía a sexo puro, a feromonas y perfume caro. Yo me inclinaba para besarlo, mordiendo su labio inferior, mientras él chupaba mis tetas, la lengua girando alrededor de los pezones sensibles. "Te sientes como en un sueño, Ana", murmuró contra mi piel.

Cambié de posición, poniéndome a cuatro patas en la alfombra mullida. Él se colocó atrás, admirando mi culo redondo. "Qué chula estás así", dijo, azotándome suave, el ardor dulce avivando el fuego. Entró de nuevo, más profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, el orgasmo construyéndose como tormenta. "¡Sí, así, cabrón!", gritaba, el placer apretándome el pecho.

Sus manos subieron a mis caderas, clavándose, el ritmo acelerando. Sentía su verga palpitar dentro, hinchándose, y supe que estaba cerca. "Vente conmigo, nena", ordenó, y eso me lanzó al borde. El clímax explotó, mi concha contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos, jugos salpicando sus muslos. Él rugió, llenándome con chorros calientes, su semen mezclándose con mis fluidos, goteando por mis piernas.

Colapsamos en el suelo, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y placer. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en mi hombro. El cuarto olía a nosotros, a satisfacción profunda. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero adentro todo era paz.

Al menos lo intenté resistirme, pero valió cada segundo de rendición.

Nos duchamos juntos después, el agua caliente lavando el sudor, sus manos jabonosas resbalando por mi piel como caricias perezosas. Reímos de tonterías, de cómo el destino nos juntó de nuevo. "Esto no termina aquí, ¿verdad?", preguntó él, secándome el pelo con una toalla suave.

"Ni madres", respondí, besándolo lento. Salí de su depa al amanecer, el sol tiñendo el cielo de rosa, con una sonrisa tonta y el cuerpo satisfecho. Caminé por las calles despertando, el aroma de panaderías mezclándose con mi euforia. Había intentado resistirme, pero ¿quién le hace caso al sentido común cuando el deseo grita más fuerte?

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