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Matt Cutts Prueba Algo Nuevo Por 30 Días

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Matt Cutts Prueba Algo Nuevo Por 30 Días

Estaba tirado en el sillón de mi depa en la Roma Norte, con el calor de la noche CDMX colándose por la ventana abierta, y el ruido lejano de los coches en Insurgentes sonando como un pulso constante. Tenía una Pacifico fría en la mano, sudando gotitas que se escurrían por el vidrio, y el olor a tacos de la esquina invadiendo el aire. Mi morra, Valeria, andaba en la cocina preparando unos guisados, su risa chillona retumbando mientras tarareaba una rola de Natalia Lafourcade. Llevábamos tres años juntos, y aunque la neta la quería un chingo, la rutina nos tenía bien agobiados en la cama. Siempre lo mismo: luces apagadas, misionero rápido y a dormir. Pendejo, me dije, algo tiene que cambiar.

En eso, mi cel empezó a vibrar con un video recomendado en YouTube. Era un tal Matt Cutts, un güey gringo que platicaba de su reto: try something new for 30 days. "Prueban algo nuevo todos los días por un mes y ven cómo cambia su vida", decía con esa sonrisa de vendedor de coches usados. El carnal me cayó bien, con su vibra positiva y sus anécdotas locas como bailar 30 días o cocinar con una mano atada. Me quedé pensando, el corazón latiéndome un poco más rápido mientras Valeria se acercaba con dos platos humeantes de chiles rellenos. El aroma picante me abrió el hambre, pero otra cosa se me antojó más.

¿Y si aplicamos eso en la cama, wey? Treinta días probando algo nuevo, rompiendo la rutina. Valeria se va a poner como leona si se lo propongo bien.

—Oye, Vale, ¿qué onda si hacemos un desafío? —le solté mientras masticaba, el queso derretido quemándome la lengua—. Como ese Matt Cutts, try something new for 30 days, pero versión caliente. Cada día algo nuevo en la cama, sin excusas.

Valeria alzó las cejas, sus ojos cafés brillando con picardía bajo las luces tenues de la lámpara. Se lamió los labios, todavía con salsa en la comisura, y el calor de su mirada me erizó la piel. —¿Neta, carnal? Su voz ronca, con ese acento chilango que me volvía loco. —Suena chingón. ¿Empezamos hoy?

El pulso se me aceleró, sintiendo ya el cosquilleo en la entrepierna. Acabamos la cena a las prisas, el sabor picante de los chiles quedándose en mi boca mientras la jalaba al sillón. Día uno: sexo en la sala, con las luces prendidas. Sus manos suaves deslizándose por mi pecho, quitándome la playera con urgencia. Olía a su perfume de vainilla mezclado con el sudor fresco de la cocina, y cuando me besó, su lengua sabía a chile y deseo. La recargué contra la pared, el yeso fresco tocando su espalda desnuda, y la penetré despacio, sintiendo su calor húmedo envolviéndome como terciopelo caliente. Sus gemidos bajos, como ronroneos, se mezclaban con el tráfico de abajo. Terminamos jadeantes, cuerpos pegajosos, riéndonos como pendejos.

El día dos amaneció con sol filtrándose por las cortinas, el olor a café recién molido llenando el aire. Valeria ya estaba despierta, con una tanga roja que apenas cubría su panocha depilada, y me miró con esa sonrisa de te voy a comer vivo. Día dos: oral por la mañana, sin prisa. Me arrodillé entre sus piernas en la cama, el colchón hundiéndose bajo mi peso, y lamí su clítoris hinchado, saboreando su jugo salado y dulce como mango maduro. Ella se arqueaba, sus uñas clavándose en mis hombros, gritando "¡Ay, wey, no pares!" El sonido de su respiración agitada, el tacto resbaloso de su humedad en mi barbilla, todo me ponía la verga como piedra. Cuando me la chupó después, su boca caliente succionando con maestría, sentí las bolas apretándose, el orgasmo subiendo como lava.

Los días siguientes fueron una chingadera de sensaciones nuevas. Día cinco: compramos un vibrador en una sex shop de la Condesa, discreta y con luces neón parpadeando. Lo probamos en la regadera, el agua caliente cayendo como lluvia tropical sobre nuestros cuerpos enjabonados. El zumbido del juguete contra su ano mientras la cogía por atrás, el vapor empañando el espejo, su piel resbalosa bajo mis manos. "¡Más fuerte, pendejo!", jadeaba ella, y yo obedecía, el chorro de agua golpeando mi espalda como dedos invisibles. El clímax nos dejó temblando, piernas flojas, riendo bajo la ducha.

Pero no todo era puro desmadre físico. En el día diez, la tensión interna creció. Estaba en el gym sudando la gota gorda, pensando en ella, en cómo su cuerpo se sentía contra el mío. Esto del Matt Cutts está cambiando todo, wey. No solo el sexo, sino cómo nos vemos. Esa noche, roleplay: ella de mesera cachonda en un restaurante improvisado en la terraza. Vestida con mi camisa blanca desabotonada, sirviéndome "tequila" de verdad que sabía a agave quemado. La doblé sobre la mesa de mimbre, el viento nocturno fresco rozando nuestras nalgas expuestas, el olor a jazmín del jardín subiendo. La embestí con fuerza, sus tetas rebotando, el slap-slap de piel contra piel ahogando los ladridos de un perro vecino. Su orgasmo fue un grito ahogado, su coño apretándome como puño, y yo exploté dentro, semen caliente mezclándose con su flujo.

Para el día quince, la intensidad psicológica nos tenía al borde. Valeria confesó en la cama, post-sexo con aceites calientes que olían a canela y almizcle, su piel brillando untada: "Sabes, carnal, este desafío de Matt Cutts me hace sentir viva. Antes éramos como zombies en la cama". Yo asentí, acariciando su cabello húmedo, el corazón latiéndome fuerte contra su oreja. Día veinte: ataduras suaves con seda roja, yo vendado, guiado solo por su voz susurrante y el tacto de sus dedos trazando mi verga erecta. El suspense me volvía loco, el pulso retumbando en mis oídos, su aliento caliente en mi cuello antes de montarme. Cabalgaba despacio al principio, sus caderas girando como en un baile de cumbia, acelerando hasta que sus muslos temblaban, su sudor goteando en mi pecho. Liberado, volteamos posiciones, cogiéndola con furia contenida, oliendo su arousal almizclado, probando el salado de sus pezones duros.

Los días veinticinco a veintinueve fueron un torbellino de experimentos: hielo en los pezones que derretía en riachuelos fríos sobre piel caliente, plumas tickleando hasta gemidos incontrolables, sexo en el coche estacionado en un mirador de Chapultepec con vistas a la ciudad iluminada, el vidrio empañado por nuestros alientos jadeantes. Cada noche, el buildup era más intenso: miradas cargadas de promesas durante el día, mensajes cachondos que me ponían tieso en el trabajo, toques casuales que encendían chispas. Mi mente bullía con ¿qué sigue? ¿aguantaremos?, pero su confianza me empoderaba, y el suyo crecía con cada "¡Sí, así!".

El día treinta llegó como un huracán. Preparamos la escena perfecta: velas aromáticas a lavanda y sándalo perfumando el cuarto, música de Café Tacvba de fondo con bajos profundos vibrando en el piso. Estábamos desnudos, cuerpos aceitados reluciendo bajo la luz parpadeante. Combinamos todo: ella atada flojo a la cabecera, vibrador zumbando en su clítoris mientras yo la lamía, saboreando su esencia más intensa que nunca, salada y embriagadora. Sus gemidos subían de volumen, "¡Cógeme ya, wey, no aguanto!", el colchón crujiendo bajo nosotros. La penetré profundo, alternando ritmos lentos que la volvían loca de anticipación con embestidas rápidas, sintiendo su interior contraerse rítmicamente. El olor a sexo puro, sudor y lubricante, llenaba el aire; el tacto de sus piernas envolviéndome, uñas arañando mi espalda; sus ojos fijos en los míos, conexión total. Cuando explotamos juntos, fue como un volcán: mi semen llenándola en pulsos calientes, su coño ordeñándome en espasmos, gritos mezclados en éxtasis puro. Colapsamos, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas sincronizadas.

Desenredados después, con chelas frías en mano y el cuerpo aún zumbando, nos miramos riendo. El afterglow era dulce, como miel tibia en la lengua. "Gracias a Matt Cutts y su try something new for 30 days, carnal", murmuró ella, acurrucándose en mi pecho, su corazón latiendo contra el mío. Yo la besé la frente, oliendo su cabello limpio. No era solo sexo; era nosotros, renovados, listos para más días, más noches, más todo. La rutina se había ido al carajo, y en su lugar, un fuego que no se apagaría fácil.

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