El Trío Ardiente con Mi Mujer
Todo empezó en una de esas noches calurosas de verano en la Ciudad de México, donde el aire se siente pesado como una promesa de pecado. Mi mujer, Ana, y yo llevábamos años casados, pero la chispa nunca se apagaba. Ella, con su piel morena que brillaba bajo las luces de neón de Polanco, curvas que volvían loco a cualquiera y una risa que me erizaba la piel. Yo, un tipo común y corriente trabajando en una oficina del centro, pero con una fantasía que me rondaba la cabeza como un zumbido constante: un trío con mi mujer. Neta, solo de pensarlo se me ponía dura la verga.
Esa noche habíamos invitado a Marco, un carnal mío de la chamba, alto, musculoso, con esa sonrisa pícara que dice "sé lo que quieres". Lo conocíamos de fiestas, y siempre había esa tensión en el aire, miradas que se cruzaban cuando Ana se inclinaba a servir chelas. Estábamos en nuestro depa en la Condesa, con las ventanas abiertas dejando entrar el bullicio de la avenida, el olor a tacos de la esquina mezclándose con el perfume dulzón de Ana. Bebimos tequilas, pusimos música de rock en español, y la plática fluyó como el licor: de la joda en el trabajo a chistes sucios.
"¿Y si probamos algo nuevo, carnal?"le dije a Marco, con el corazón latiéndome como tambor. Ana me miró con esos ojos cafés que me derriten, mordiéndose el labio. ¿De veras lo quieres, amor? ¿Un trío con mi mujer, conmigo adentro? pensé, mientras ella se recargaba en mi hombro, su mano rozando mi muslo. Marco soltó una carcajada. "¿Están hablando en serio, weyes? Porque yo no soy pendejo para decir que no a una diosa como Ana."
El ambiente se cargó de electricidad. Ana se levantó, meneando las caderas al ritmo de la rola, su vestido corto subiéndose un poquito, dejando ver la curva de sus nalgas firmes. El olor de su loción de vainilla me invadió las fosas nasales, mezclado con el sudor ligero de la noche. Me paré detrás de ella, mis manos en su cintura, besándole el cuello mientras Marco nos veía, su mirada hambrienta. Sentí su pulso acelerado bajo mis dedos, el calor de su piel contra la mía. Esto es real, pendejo. Va a pasar.
La llevamos al sillón grande de la sala, las luces tenues pintando sombras en las paredes. Ana se sentó entre nosotros, su respiración entrecortada. Le besé la boca primero, suave, saboreando sus labios carnosos con gusto a tequila y menta. Marco se acercó por el otro lado, besándole el hombro, y ella gimió bajito, un sonido que me recorrió la espina dorsal como fuego. "Sí, mis amores... háganmelo rico." Sus palabras, en ese tono ronco mexicano que tanto me prende, fueron la señal.
Mis manos subieron por sus muslos, sintiendo la suavidad de su piel, el roce de la tela de su tanga húmeda ya. Marco le sacó el vestido por la cabeza, revelando sus chichis perfectas, pezones duros como piedritas. El aire se llenó del aroma de su excitación, ese olor almizclado que me vuelve loco. La besamos los dos, lenguas enredándose, saliva mezclada, mientras ella nos manoseaba por encima del pantalón. Sentí su mano apretándome la verga, dura como fierro, y a Marco gruñendo de placer.
¿Esto es lo que soñaba? Un trío con mi mujer, viéndola gozar con otro carnal mientras yo la follo. La tensión crecía, mis huevos doliendo de ganas. La recostamos, yo le abrí las piernas, oliendo su panocha jugosa, depiladita y lista. Marco se sacó la verga, gruesa y venosa, y Ana la miró con hambre, lamiéndose los labios. "Métemela, Marco... y tú, amor, chúpame mientras."
Me arrodillé entre sus piernas, lengua en su clítoris hinchado, saboreando su flujo dulce y salado, como miel de maguey. Ella jadeaba, arqueando la espalda, el sonido de su voz mezclándose con la música lejana. Marco le metió los dedos en la boca, y ella los chupó como si fueran polla, gimiendo alrededor. Mi lengua entraba y salía, lamiendo cada pliegue, sintiendo sus muslos temblar contra mis mejillas. El calor de su coño me quemaba la cara, su olor embriagador.
Marco no aguantó más. Se puso de rodillas sobre el sillón, y Ana le mamó la verga con ganas, succionando fuerte, saliva chorreando por su barbilla. Yo la vi, mi mujer devorando otra verga, y eso me puso más caliente. Me quité el pantalón, mi verga saltando libre, palpitante. Me paré, frotándola contra su entrada mojada, sintiendo el calor húmedo. Entra, cabrón. Hazla tuya mientras yo la como. La embestí de un solo empujón, su coño apretándome como guante, resbaloso y ardiente.
Follamos así un rato, yo embistiéndola profundo, el slap-slap de piel contra piel resonando en la sala, mezclado con sus gemidos ahogados por la verga de Marco en su boca. Él le agarraba el pelo, follándole la garganta suave, "Qué rica mamacita, trágatela toda." Ana se retorcía, sus uñas clavándose en mis brazos, el sudor perlando su frente, goteando salado en mi piel. Cambiamos posiciones: Marco se acostó, ella encima, cabalgándolo como amazona, sus chichis rebotando hipnóticos. Yo me paré frente a ella, metiéndole mi verga en la boca, sintiendo su lengua girar alrededor del glande, el vacío caliente succionándome.
El cuarto olía a sexo puro: sudor, semen preeyaculatorio, su jugo chorreando por las bolas de Marco. Sentía su pulso en mi verga, el latido de su corazón acelerado contra mi pecho cuando me incliné a besarla. Esto es el paraíso, wey. Mi mujer en un trío con nosotros, gozando como reina. La tensión subía, mis caderas chocando, el placer acumulándose en la base de mi espina.
Ana gritó primero, su orgasmo explotando: "¡Me vengo, cabrones! ¡No paren!" Su coño se contrajo alrededor de la verga de Marco, ordeñándolo, jugos salpicando. Eso nos llevó al límite. Marco gruñó, sacándola y corriéndose en sus chichis, chorros calientes blancos pintando su piel morena. Yo la volteé, de perrito, embistiéndola salvaje, sintiendo sus nalgas contra mi pubis, el cachetazo resonando. Vente adentro, amor. Lléname. Su pensamiento lo leí en su mirada por encima del hombro.
Exploté, semen inundándola, pulsos y pulsos calientes, mi cuerpo temblando contra el suyo. Nos derrumbamos los tres, un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones jadeantes. El aire fresco de la noche entraba por la ventana, refrescando nuestra piel ardiente. Ana se acurrucó entre nosotros, besándonos alternadamente, su mano acariciando mi pecho.
"Fue chingón, mis reyes. El mejor trío con mi mujer que podía imaginar."le susurré a Marco, riendo bajito. Ella sonrió, perezosa, lamiendo un resto de semen de su dedo. "Y lo repetimos, ¿eh? Pero ahora yo elijo al siguiente."
Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, el eco de nuestros gemidos desvaneciéndose en la noche mexicana. El deseo satisfecho, pero ya soñando con más. La vida, carnal, sabe a tequila y placer compartido.