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Trío de Alegría Huasteca

6504 palabras

Trío de Alegría Huasteca

El sol se ponía sobre las colinas verdes de la Huasteca, tiñendo el cielo de un naranja ardiente que se reflejaba en el río Turbio. Yo, Ana, había llegado esa tarde a Xilitla buscando un poco de aventura, lejos del ruido de la ciudad. El aire olía a tierra húmeda, jazmines silvestres y el humo dulce de las fogatas que empezaban a encenderse en la plaza. La fiesta patronal estaba en su apogeo, con huapango huasteco retumbando desde un escenario improvisado.

Allí los vi por primera vez: Javier y María, bailando pegaditos al ritmo del trío alegría huasteca. Él, alto y moreno, con camisa de manta abierta en el pecho, mostrando músculos curtidos por el trabajo en las huertas de mamey. Ella, curvas de infarto envueltas en un huipil ligero que dejaba ver sus pechos firmes moviéndose al son de la jarana y el violín. Sus risas se mezclaban con la música, y cuando sus ojos se cruzaron con los míos, sentí un cosquilleo en el estómago. Qué chidos se ven, neta, pensé, mientras sorbía un pulque fresco que sabía a maíz fermentado y promesas picantes.

Me acerqué al puesto de tamales, fingiendo interés en los de hoja santa, pero Javier me guiñó el ojo. “Ven, morra, únete al baile”, gritó por encima del estruendo. María sonrió, extendiendo la mano. Su piel era suave, cálida como el atardecer. Acepté, y pronto estábamos los tres girando en un círculo sudoroso. Sus cuerpos rozaban el mío: el pecho duro de él contra mi espalda, las caderas suaves de ella contra mi vientre. El violín gemía agudo, como un lamento de placer contenido, y el olor a su sudor mezclado con el mío me mareaba.

Esto es lo que necesitaba, un trío de alegría huasteca que me sacuda el alma, me dije, mientras sus manos exploraban sin permiso, pero con una invitación clara en cada caricia.

La noche avanzaba, y el pulque corría como el río. Nos sentamos en una banca de madera, compartiendo anécdotas. Javier era guía en las cascadas, María vendía artesanías en el mercado. Llevaban juntos años, pero su chispa era evidente. “Nos gusta compartir la alegría”, dijo ella, rozando mi muslo con los dedos. “Especialmente con alguien como tú, que trae fuego en los ojos”. Mi corazón latía fuerte, el pulso acelerado por el alcohol y el deseo naciente. ¿Aceptar? Mi cuerpo ya decía sí, con un calor húmedo entre las piernas.

Me llevaron a su casa, una cabaña acogedora al borde del río, con hamacas tejidas y velas de cera de abeja iluminando la sala. El sonido del agua chocando contra las rocas era como un tambor lejano. “Si no quieres, nomás dilo, güerita”, murmuró Javier, pero sus ojos brillaban de anticipación. María preparó un chocolate caliente con chile, que bebimos sentados en el piso de laja fresca. Sus rodillas tocaban las mías, y pronto las manos volvieron a jugar: ella desabrochando mi blusa, él besando mi cuello con labios que sabían a pulque y pasión.

Esto va en serio, pensé, mientras María me quitaba la falda, exponiendo mi piel al aire nocturno cargado de humedad. Sus tetas rozaban mi pecho, pezones duros como piedras de río. Javier nos observaba, quitándose la camisa, su verga ya medio parada marcándose en los pantalones. “Qué rica estás, Ana”, ronroneó ella, lamiendo mi oreja. Su lengua era caliente, juguetona, enviando chispas por mi espina.

Nos recostamos en la cama grande, cubierta de sábanas de algodón huasteco bordadas. Primero fue ella quien me besó, labios suaves y ansiosos, lengua danzando con la mía al ritmo de un huapango imaginario. Javier se unió, chupando mis pechos, mordisqueando los pezones hasta que gemí bajito. El olor a sus sexos excitados llenaba la habitación: almizcle dulce, salado, mezclado con el jazmín del jardín. Mis manos exploraban: la verga gruesa de él, palpitante y caliente; el coño depilado de ella, ya mojado y resbaloso.

Nunca había sentido tanto poder, ser el centro de su hambre.

La tensión crecía como el río en crecida. Javier me abrió las piernas, lamiendo mi clítoris con maestría, mientras María se sentaba en mi cara, su culo redondo presionando contra mi boca. La saboreé: salada, dulce, con un toque de su esencia femenina. Ella se mecía, gimiendo “¡Ay, sí, chúpame así, pinche rica!”. Yo arqueaba la espalda, el placer subiendo en oleadas, mis uñas clavándose en las sábanas. Él metió dos dedos en mí, curvándolos justo ahí, el punto que me hacía ver estrellas.

Cambiaron posiciones, el sudor nos unía como pegamento. María montó a Javier, su coño tragándose esa verga enorme con un plop húmedo. Yo los besaba a ambos, probando el sabor de sus jugos en la boca de ella. “Fóllame, Javier, pero deja que Ana te chupe las bolas”, jadeó María. Me arrodillé, lamiendo esas bolas pesadas, oliendo su masculinidad cruda mientras él embestía fuerte, los golpes de carne contra carne resonando como redobles de tambor.

El clímax se acercaba, inevitable. Me pusieron en el medio: Javier detrás, penetrándome despacio al principio, su verga estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. Cada embestida era un trueno, su vientre peludo chocando contra mi culo, manos apretando mis caderas. María enfrente, frotando su clítoris contra el mío, tetas rebotando, besos frenéticos. “¡Vamos a corrernos juntos, mis amores!”, gritó ella. Sentí el orgasmo construyéndose, un nudo apretado en el vientre que explotó en temblores violentos.

Mi coño se contrajo alrededor de Javier, ordeñándolo, mientras él gruñía “¡Me vengo, carajo!”, llenándome de chorros calientes que chorreaban por mis muslos. María se vino segundos después, su grito ahogado en mi boca, jugos empapándonos a las tres. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, el río cantando afuera como aplauso.

Después, en la quietud, Javier nos trajo agua fresca de coco, que bebimos riendo bajito. María peinó mi cabello enmarañado con los dedos, Javier masajeó mis pies cansados. “Esto fue un trío de alegría huasteca de los buenos”, susurré, el cuerpo aún vibrando con réplicas. No hubo promesas, solo la calidez de sus cuerpos contra el mío, el olor a sexo persistente en la piel, y la promesa de más noches así en esta tierra mágica.

Me dormí entre ellos, soñando con violines y ríos de placer, sabiendo que la Huasteca me había cambiado para siempre.

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