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Intenta Salvar Tu Canción

7187 palabras

Intenta Salvar Tu Canción

La noche en el garito de la Condesa olía a tequila reposado y a sudor fresco de cuerpos bailando reggaetón. Yo, Karla, con mi guitarra colgada al hombro como si fuera mi escudo, me senté en la barra pidiendo un paloma bien fría. Llevaba semanas batallando con esa pinche canción que no salía. Las palabras se me atoraban en la garganta, como si el verso perfecto se negara a nacer. "Intenta salvar tu canción", me repetía en la cabeza, pero nada. El ritmo se perdía, la letra sonaba falsa. Neta, necesitaba inspiración de a devis.

Ahí fue cuando lo vi. Diego, con su playera negra ajustada que marcaba los músculos de sus brazos tatuados, tocando la guitarra en el escenario improvisado. Sus dedos volaban sobre las cuerdas, sacando un sonido ronco, como un gemido ahogado. Sus ojos cafés profundos barrieron el lugar y se clavaron en mí. Sentí un cosquilleo en la nuca, el aire se cargó de electricidad. Bajó del escenario, se acercó con esa sonrisa pícara, de esas que dicen "ya valió madres, pero qué chido".

Órale, morra, ¿tú también le das a la guitarra? —me dijo, su voz grave retumbando en mi pecho.

Le contesté con una risa nerviosa, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano. Hablamos de música, de rancheras modernas y corridos tumbados. Él era productor, tenía un estudio chiquito en la Roma. "Intenta salvar tu canción", solté de repente, como si las palabras se me escaparan solas. Se rio, me miró fijo.

—Ven, te ayudo. Vamos a mi depa, neta que sale chida.

El deseo me picó como chile en la boca. ¿Por qué no? Éramos adultos, solteros, y el calor de su mirada me hacía mojarme las chonas sin piedad.

En su departamento, el aire olía a incienso de copal y café de olla recién hecho. Las luces tenues pintaban sombras en las paredes llenas de posters de los Tigres del Norte y vinilos de Natalia Lafourcade. Sacó su guitarra acústica, yo la mía. Nos sentamos en el sillón de piel gastada, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío. Empezamos a tocar, improvisando. Sus dedos rozaron los míos al cambiar acordes, un toque eléctrico que me erizó la piel.

¿Qué chingados me pasa? Su aliento huele a menta y ron, su cuello sudado brilla. Quiero lamerlo, probar esa sal.

La canción empezó a tomar forma. "Intenta salvar tu canción", canturreé bajito, y él se unió, su voz ronca envolviéndome como una cobija en invierno. Pero la tensión crecía. Cada nota era un roce, cada silencio un latido acelerado. Dejé la guitarra a un lado, mis manos temblando. Él hizo lo mismo, sus ojos oscuros devorándome.

—Karla, mamacita, esa canción necesita alma. Déjame dártela —susurró, su mano subiendo por mi muslo, suave pero firme.

Asentí, el pulso retumbándome en las sienes. Me besó, lento al principio, sus labios carnosos saboreando los míos como si fueran tequila puro. Su lengua exploró mi boca, dulce y caliente, mientras sus dedos se colaban bajo mi falda corta, rozando la tela húmeda de mis panties. Gemí contra su boca, el sonido ahogado por su beso. Olía a hombre, a colonia barata y deseo crudo.

Me quitó la blusa con urgencia controlada, sus manos ásperas de tanto rasguear cuerdas masajeando mis tetas. Los pezones se me pusieron duros como piedras, sensibles al roce de sus pulgares. "Qué chingonas", murmuró, bajando la cabeza para mamar uno, chupando con succiones que me hacían arquear la espalda. Sentí su verga dura presionando contra mi pierna, gruesa y palpitante a través del jeans.

Lo empujé al sillón, montándome a horcajadas. Le desabroché el cinto, saqué su pinga tiesa, venosa, la cabeza brillando de precum. La tomé en la mano, suave como terciopelo sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando su sal musgosa. Él gruñó, enredando los dedos en mi pelo.

Así, carnala, trágatela.

Me la metí hasta la garganta, gimiendo con cada embestida de sus caderas. El sonido húmedo de mi boca follándolo llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos roncos. Pero quería más. Me quité la falda y las panties de un jalón, mi coño depilado chorreando, hinchado de ganas.

La cosa se puso intensa. Diego me volteó, poniéndome de rodillas en el sillón, mi culo en pompa. Sus manos abrieron mis nalgas, su lengua lamió mi raja desde el clítoris hasta el ano, chupando mi jugo como si fuera el mejor mezcal. Gemí fuerte, "¡Ay, cabrón, no pares!", el placer subiendo como ola en la playa de Acapulco. Metió dos dedos en mi panocha, curvándolos para darme en el G, mientras su lengua jugaba con mi esfínter. El olor de mi excitación lo volvía loco, lo sentía en sus gruñidos.

La canción... las palabras fluyen en mi mente. "Intenta salvar tu canción", pero ahora es nuestro ritmo, nuestros cuerpos chocando.

Me penetró de una, su verga abriéndose paso en mi coño apretado, llenándome hasta el fondo. El estirón ardía delicioso, cada centímetro mandando chispas por mi espina. Empezó a bombear, lento primero, saliendo casi todo para volver a clavarla. El slap-slap de su pelvis contra mi culo resonaba, sudor goteando de su pecho al mío. Agarré las sábanas —no, el sillón—, mis uñas clavándose en la piel.

¡Más duro, pendejo! —le rogué, y él obedeció, follándome como animal, sus bolas golpeando mi clítoris.

Cambié de posición, yo encima, cabalgándolo como jinete en palenque. Sus manos en mis caderas guiándome, mis tetas rebotando con cada bajada. Lo miraba a los ojos, viendo el fuego, el "te quiero follar toda la noche" en su mirada. El orgasmo me agarró de sorpresa, un tsunami que me hizo convulsionar, mi coño apretándolo como puño, chorros de squirt mojando su pubis. Él rugió, volteándome para dar las últimas estocadas, corriéndose dentro, su leche caliente inundándome, goteando por mis muslos.

Caímos exhaustos, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Su pecho subía y bajaba contra el mío, el corazón latiéndole como bombo. Olía a sexo, a nosotros.

Después, con la guitarra en mano otra vez, la canción fluyó. "Intenta salvar tu canción", canté, las palabras perfectas, nacidas del fuego que acabábamos de apagar. Diego armó el ritmo, sonriendo con esa cara de "ya ganamos, morra".

Nos quedamos así, desnudos en el piso, compartiendo un porro y risas. Su mano acariciaba mi pelo, suave, posesiva. Sentí una paz chida, como si el mundo se hubiera alineado con esa rola nuestra.

Esta noche salvé mi canción... y algo más. Su calor en mi piel, su sabor en mi boca. Neta, valió la pena cada segundo.

Al amanecer, con el sol colándose por las cortinas, nos besamos lentos, prometiendo más sesiones "de inspiración". Salí de ahí con la guitarra y el alma llena, la letra grabada en el corazón. La canción se llamaba igual que el hechizo de la noche: Intenta Salvar Tu Canción. Y lo logré, carajo.

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