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El Trio Ensueño

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El Trio Ensueño

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmín salvaje, con el rumor de las olas rompiendo suave contra la arena como un susurro que invita a pecar. Yo, Sofia, acababa de llegar de un día eterno en la oficina de Guadalajara, buscando desconectar en este paraíso costero. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco que se pegaba a mi piel por la humedad, y mis sandalias crujían sobre la arena tibia mientras caminaba hacia el bar playero del hotel. Qué chido estar aquí sola, pensé, sintiendo el viento cálido acariciar mis muslos desnudos.

Ahí estaban ellos: Alex y Marco, dos morenos guapísimos que charlaban con cervezas en mano junto a la barra de palapa. Alex, con su cabello rizado revuelto por la brisa y una sonrisa pícara que hacía brillar sus ojos cafés; Marco, más alto, con tatuajes que asomaban por su camisa desabotonada y una mirada que prometía travesuras. Me invitaron una chela helada, y de pronto la plática fluyó como el tequila: risas sobre la vida loca en México, anécdotas de fiestas en la Riviera Maya y miradas que se demoraban en mis labios, en el escote que dejaba ver el bronceado de mis pechos.

"¿Y tú qué, nena? ¿Vienes a buscar aventura o nomás a broncearte?", me dijo Alex, su voz ronca rozando mi oído como una caricia.

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el vientre. Estos weyes me traen loca. "Las dos cosas, carnal. Pero la noche está joven", respondí, lamiendo la sal del borde de mi vaso. Marco se acercó, su mano rozando accidentalmente mi cadera, y el calor de su piel me erizó los vellos. Hablamos de todo y nada: de cómo el mar nos llama a soltarnos, de sueños húmedos que uno no cuenta ni a la almohada. La tensión crecía con cada trago, cada roce disimulado. Esto podría ser el trio ensueño que siempre imaginé, se me cruzó por la mente mientras sus ojos me devoraban.

La luna se coló entre las nubes, pintando el cielo de plata, y sin más, Alex propuso: "Vamos a mi suite, tiene jacuzzi con vista al mar. Neta, no muerdo... mucho". Marco guiñó, y yo, con el pulso acelerado, asentí. Caminamos por la playa, descalzos, la arena fresca entre los dedos. El aire se cargaba de promesas, oliendo a coco y a deseo contenido.

En la suite, las luces tenues bailaban sobre las paredes blancas, y el jacuzzi burbujeaba invitador. Nos quitamos la ropa con risas nerviosas, quedando en trajes de baño. Yo en mi bikini rojo que apenas contenía mis curvas, ellos en boxers que marcaban todo. Nos metimos al agua caliente, y el vapor nos envolvió como un velo. Alex se sentó detrás de mí, sus manos fuertes masajeando mis hombros, bajando lento por mi espalda. Su tacto es fuego, pensé, arqueándome sin querer.

Marco frente a mí, sus piernas rozando las mías bajo el agua. "Estás cañón, Sofia", murmuró, inclinándose para besarme el cuello. Su aliento olía a menta y tequila, y su lengua trazó un camino húmedo que me hizo jadear. Alex respondió besando mi boca, su barba raspando delicioso mis labios. Sus lenguas se turnaban, explorando, mientras sus manos vagaban: una pellizcando mis pezones endurecidos, la otra colándose entre mis muslos, encontrando mi calor húmedo.

Qué rico, gemí contra la boca de Marco, mi cuerpo temblando. El agua chapoteaba con nuestros movimientos, salpicando pieles sudadas. Me voltearon como a una diosa, Alex lamiendo mis pechos, chupando con hambre mientras Marco separaba mis piernas, su boca descendiendo. Sentí su lengua en mi clítoris, círculos lentos que me volvían loca, el sabor salado del agua mezclándose con mi excitación. No puedo más, esto es puro ensueño.

Salimos del jacuzzi, goteando, y cayeron sobre la cama king size con sábanas de hilo fresco. Yo arriba, montando a Alex, su verga dura entrando en mí centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, wey! grité, mis uñas clavándose en su pecho tatuado. Marco se arrodilló a mi lado, ofreciéndome su miembro grueso, y lo tomé en mi boca, saboreando su piel salada, venosa, gimiendo con cada embestida de Alex desde abajo.

El ritmo se aceleró: Alex bombeando fuerte, sus caderas chocando contra las mías con un plaf plaf húmedo; yo chupando a Marco, mi saliva resbalando por su longitud, sus manos enredadas en mi cabello. Sudor perlando nuestras pieles, el olor almizclado del sexo llenando la habitación, mezclado con el jazmín que entraba por la ventana abierta. Cambiamos posiciones fluidos como en un baile erótico: Marco me penetró por detrás mientras lamía a Alex, sus gemidos roncos uniéndose a los míos.

"¡Más duro, cabrón! ¡Dame todo!", exigí, empoderada, mi voz quebrada por el placer.

Marco obedeció, sus embestidas profundas haciendo que mis paredes se contrajeran, el orgasmo construyéndose como una ola gigante. Alex besaba mi espalda, mordisqueando, sus dedos jugueteando mi otra entrada, lubricada por nuestro jugo compartido. El clímax llegó brutal: exploté gritando, mi cuerpo convulsionando, jugos chorreando por mis muslos. Ellos siguieron, turnándose dentro de mí, hasta que Alex se corrió primero, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar. Marco salió, eyaculando sobre mis pechos, su leche tibia marcando mi piel como un trofeo.

Jadeantes, colapsamos en un enredo de extremidades, el corazón latiéndonos a mil. El mar susurraba afuera, testigo de nuestro trio ensueño. Alex me besó la frente, Marco acarició mi cabello. "Eres increíble, reina", dijo uno. "Vuelve cuando quieras", el otro. Me sentía plena, poderosa, como si hubiera despertado un fuego dormido en mí.

Nos duchamos juntos, jabón resbalando por curvas y músculos, risas compartiendo el afterglow. Salí al balcón envuelta en una sábana, fumando un cigarro mentolado mientras el amanecer teñía el horizonte de rosa. Esto no fue un sueño, reflexioné, sonriendo. Fue real, consensual, mío. Un trio ensueño que me cambió, me liberó. Y quién sabe, tal vez regrese por más.

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