Cuando Intentas lo Mejor
La luz tenue del atardecer se colaba por las cortinas de nuestra departamentito en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que tu piel, mi amor, pareciera brillar como miel fresca. Habías llegado del trabajo con esa sonrisa pícara que me derrite, oliendo a colonia barata mezclada con el sudor ligero del día, un aroma que me pone calientita al instante. “Hoy te voy a consentir como se debe, weyita”, me dijiste mientras me jalabas hacia la cama, tus manos grandes y callosas rozando mis brazos, enviando chispas por mi espinazo.
Yo, recostada en las sábanas frescas que olían a suavizante de lavanda, te veía quitándote la camisa con esa lentitud que sabes que me vuelve loca. Tus músculos del pecho se tensaban, marcados por las horas en el gym, y el vello oscuro que bajaba hasta tu abdomen me hacía morder el labio. Órale, qué hombre, pensé, sintiendo ya ese cosquilleo entre las piernas. Tú te arrodillaste a los pies de la cama, tus ojos clavados en los míos, llenos de esa hambre que me hace sentir la mujer más deseada del mundo.
Empezaste por mis pies, besando cada dedo con devoción, tu lengua caliente lamiendo la planta, un toque húmedo y juguetón que me sacó un gemido bajito. “¿Te gusta, mi reina?”, murmuraste, tu voz ronca como gravel, vibrando contra mi piel. Asentí, arqueando la espalda, mientras subías lento por mis pantorrillas, masajeando con esas manos que parecen hechas para esto. El roce era eléctrico, piel contra piel, y el calor de tu aliento me erizaba los vellitos. Olía a tu excitación ya, ese olor macho y almizclado que me inunda la nariz y me hace apretar los muslos.
Cuando intentas lo mejor, todo se siente perfecto, como si el mundo se detuviera solo para nosotros, pensé yo, recordando esa frase que siempre dices cuando quieres impresionarme, como sacada de una rola vieja que nos gusta cantar en el coche.
Tus labios llegaron a mis rodillas, abriéndolas con gentileza, y ahí estabas tú, mirándome la entrepierna cubierta solo por unas tanguitas de encaje negro que se transparentaban con mi humedad. “Pinche culazo que tienes”, gruñiste, y metiste la cara ahí, inhalando profundo. Sentí tu nariz rozando mi clítoris a través de la tela, y un jadeo se me escapó, fuerte, mientras mis manos se enredaban en tu pelo revuelto. Lamiste despacio, saboreando el jugo que ya chorreaba, el sabor salado y dulce que te vuelve loco.
Me quitaste las tangas con los dientes, tirándolas a un lado, y tu lengua se hundió directo en mi panocha, chupando mi clítoris como si fuera un caramelo. ¡Qué chido! El sonido era obsceno, chapoteos húmedos mezclados con mis ay wey ay wey, y el placer subía como ola, punzante y delicioso. Tus dedos se colaron adentro, dos gruesos y curvos, frotando ese punto que me hace ver estrellas, mientras tu boca no paraba. Mi corazón latía como tambor en desfile, el sudor nos perlaba la piel, y el aire se llenó de nuestro olor a sexo crudo, a deseo puro mexicano.
Pero tú no te conformabas, mi amor. Querías más, querías que explotara. Cambiaste de posición, poniéndome de rodillas en la cama, mi culo en pompa hacia ti. Tus manos amasaron mis nalgas, separándolas, y sentí tu verga dura como fierro rozando mi entrada, goteando precum caliente. “Dime si quieres, mi vida”, pediste, siempre tan caballero, y yo grité “¡Sí, chíngame ya, pendejo!” con risa entre jadeos. Entraste despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso, el ardor placentero mezclándose con el roce de tus bolas contra mi clítoris.
Empezaste a bombear, lento al principio, cada embestida un plaf sonoro contra mi piel, tus caderas chocando las mías. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, mis tetas rebotando pesadas, pezones duros rozando las sábanas ásperas. Tus manos subieron a mi cintura, jalándome fuerte, y aceleraste, el ritmo furioso ahora, sudor goteando de tu frente a mi espalda, resbaloso y caliente. “¡Qué rico te sientes, tan apretadita!”, gemías tú, tu voz quebrada, y yo respondía con chillidos, el placer acumulándose como tormenta en mi vientre.
Cuando intentas lo mejor, logras que me olvide de todo, solo existes tú y este fuego, me pasaba por la mente, mientras mis paredes te apretaban, ordeñándote.
Volteaste mi cuerpo sin salirte, quedando frente a frente, tus ojos en los míos, intensos, brillantes de sudor. Me besaste feroz, lenguas enredadas, sabor a mi propia esencia en tu boca, salado y adictivo. Tus embestidas se volvieron profundas, circulares, rozando cada rincón, y una mano tuya bajó a mi clítoris, frotando en círculos rápidos. El orgasmo me golpeó como rayo, mi cuerpo convulsionando, chillando tu nombre, “¡Aaaah, cabrón, sííí!”, mientras chorros de placer me salpicaban las sábanas. Tú no paraste, prolongándolo, hasta que sentiste mis temblores calmarse un poco.
Entonces, sacaste tu verga reluciente de mis jugos y me la pusiste en la boca. La chupé ansiosa, saboreando nuestra mezcla, lengua girando en la cabeza hinchada, venas pulsantes contra mi paladar. Tus gemidos eran música, “¡Métetela toda, mi amor!”, y lo hice, hasta la garganta, babeando copioso. Te jalé las bolas pesadas, sintiendo cómo se contraían, listas para explotar.
Me subiste encima, cabalgándote como reina, mis caderas girando en ocho, tu verga hundiéndose hasta el fondo. Tus manos en mis tetas, pellizcando pezones, y el slap slap de piel contra piel llenaba la habitación. Sudor everywhere, olores intensos de sexo y amor, tu aliento caliente en mi cuello. “Voy a venirme, weyita”, avisaste, y yo apreté más, “¡Dámelo todo adentro!”. Tu grito fue animal, cuerpo arqueándose, chorros calientes llenándome, desbordando, mientras yo llegaba otra vez, temblando encima de ti.
Caímos exhaustos, enredados, tu verga aún latiendo dentro de mí, nuestros corazones tronando al unísono. El aire olía a semen, a sudor dulce, a nosotros. Me besaste la frente, suave ahora, “¿Estuvo chido?” preguntaste con esa sonrisa boba. Reí bajito, acariciando tu barba incipiente, áspera bajo mis dedos. “Más que chido, amor. Cuando intentas lo mejor, siempre sales avante”.
Nos quedamos así, respirando hondo, la ciudad zumbando afuera con cláxones lejanos y risas de vecinos. Mi cabeza en tu pecho, escuchando tu pulso calmarse, el subir y bajar rítmico. Sentía tu semen escurrir lento por mis muslos, pegajoso y satisfactorio, marca de nuestro amor salvaje. Neta, este wey me tiene loca, pensé, mientras el sueño nos jalaba, prometiendo más noches así, donde cada intento tuyo es un triunfo compartido.
Al rato, te levantaste por chelas frías del refri, el pop del abridor rompiendo el silencio, y brindamos desnudos en la cama, espuma fría en labios que volvimos a unir. La noche se extendía, llena de promesas, y en ese momento supe que no hay mejor placer que cuando das lo mejor de ti, carnal.