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Bebé Por Favor Intenta Perdóname Con Tu Cuerpo

6860 palabras

Bebé Por Favor Intenta Perdóname Con Tu Cuerpo

La luz tenue del atardecer se colaba por las cortinas de nuestra casa en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que tu piel bronceada pareciera brillar como miel fresca. Habías llegado del trabajo con el ceño fruncido, esa arruga entre tus cejas que siempre me dice que algo anda mal. Yo, sentado en el sofá con una cerveza fría en la mano, supe de inmediato que era por lo de anoche en la fiesta. Esa morra que se me pegó como chicle, riéndose de mis chistes tontos mientras tú estabas al otro lado del salón platicando con tus amigas.

Pinche pendejo, me dije a mí mismo mientras te veía quitarte los tacones con un suspiro. Neta, no pasó nada, pero el simple hecho de que no me apartara de inmediato te dolió como patada en el estómago. Te acercaste a la cocina, abriste la nevera y sacaste una botella de agua, bebiéndola despacio, como si cada trago fuera un intento de enfriarte el coraje.

—Bebé —te dije, levantándome despacio, mi voz ronca por el nerviosismo—. Por favor, intenta perdonarme. No quise hacerte sentir mal.

Tus ojos cafés se clavaron en los míos, duros al principio, pero con ese brillo que siempre me derrite. Olías a perfume de vainilla y a la ciudad, a smog mezclado con tu esencia dulce. Me acerqué, mis manos temblando un poco, y te rodeé la cintura con los brazos. Sentí tu cuerpo tenso bajo mi toque, tus curvas firmes contra mi pecho, el calor de tu piel traspasando la blusa de seda.

—No sé, carnal —murmuraste, tu voz suave pero con filo—. Me dolió ver cómo esa tipa te comía con los ojos.

Te besé el cuello, lento, aspirando el olor salado de tu sudor del día. Mi lengua rozó tu piel, saboreando esa sal que me volvía loco. Si supieras cuánto te quiero, nena, pensé, mientras mis manos bajaban a tus caderas, apretándolas con deseo contenido.

La tensión entre nosotros crecía como tormenta en el desierto, ese calor que se acumula antes de estallar. Te giraste en mis brazos, tus labios a centímetros de los míos, y por un segundo creí que me ibas a empujar. Pero en cambio, me jalaste de la camisa y me besaste con furia, tus dientes mordiendo mi labio inferior, un gemido ahogado saliendo de tu garganta. Sabías a menta y a rabia dulce, tu lengua invadiendo mi boca como si quisieras borrarme cualquier rastro de otra.

—Muéstrame que soy la única —exigiste entre besos, tus uñas clavándose en mi espalda a través de la tela.

Te cargué sin esfuerzo, tus piernas envolviéndome la cintura mientras caminaba al cuarto. El sonido de nuestros pasos en el piso de madera resonaba como tambores, tu respiración agitada contra mi oreja. Te tiré en la cama king size, las sábanas blancas arrugándose bajo tu peso. Me quité la camisa de un tirón, dejando que vieras mi pecho subiendo y bajando, mis músculos tensos por la anticipación.

Desabroché tu blusa botón por botón, revelando tu sostén de encaje negro que apenas contenía tus tetas perfectas. Las besé, lamiendo la curva superior, inhalando el aroma almizclado de tu piel caliente.

Qué ricas estás, mi amor —susurré, mi aliento caliente contra tu pezón endurecido.
Lo chupé despacio, girando la lengua alrededor, sintiendo cómo se ponía más duro en mi boca, tu espalda arqueándose con un jadeo que me erizó la piel.

Tus manos bajaron a mi pantalón, desabrochándolo con prisa, liberando mi verga que ya palpitaba dura como piedra. La tomaste en tu mano suave, acariciándola de arriba abajo, el roce de tus dedos enviando chispas por mi espina. Neta, esto es el paraíso, pensé, mientras te veía lamerte los labios, esa mirada pícara que siempre me enciende.

Te quité la falda, dejando tus panties empapados a la vista. El olor a tu excitación llenó el aire, dulce y embriagador como tequila añejo. Metí la mano dentro, mis dedos resbalando en tu humedad, rozando tu clítoris hinchado. Gemiste fuerte, tus caderas moviéndose contra mi palma.

—Más, pendejo —suplicaste, tu voz entrecortada—. Hazme olvidar todo.

La intensidad subía como fiebre, nuestros cuerpos enredados en un baile de toques y susurros. Te puse de rodillas en la cama, tu culo redondo alzado hacia mí, invitándome. Besé la parte interna de tus muslos, mi lengua trazando caminos húmedos hasta llegar a tu concha rosada y reluciente. La lamí despacio al principio, saboreando tu jugo salado y dulce, mis manos abriendo tus nalgas para hundirme más. Tus gemidos se volvieron gritos ahogados, ¡Órale, sí!, mientras tu cuerpo temblaba, tus jugos chorreando por mi barbilla.

No aguanto más, rugí en mi mente, posicionándome detrás de ti. La punta de mi verga rozó tu entrada, caliente y resbalosa. Empujé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me apretabas como guante de terciopelo. El sonido de piel contra piel empezó, chapoteos húmedos mezclados con nuestros jadeos. Te embestí más fuerte, mis bolas golpeando tu clítoris, tus tetas balanceándose con cada thrust.

—Bebé por favor intenta perdonarme —jadeé contra tu oreja, mientras te volteaba para mirarte a los ojos, mis caderas sin parar—. Te juro que eres mi todo, mi reina.

Tus piernas me rodearon, clavándome más profundo, tus uñas arañando mi espalda en surcos rojos de placer. El sudor nos cubría, perlas saladas resbalando por tu cuello, que lamí con avidez. El cuarto olía a sexo puro, a nosotros dos fundidos en uno. Sentí tu interior contrayéndose, tu orgasmo acercándose como ola gigante.

—¡Ven, mi amor! —grité, acelerando, mi pulso latiendo en las sienes.

Explotaste primero, tu concha ordeñándome con espasmos violentos, un alarido gutural saliendo de tu boca. Eso me llevó al borde, mi verga hinchándose antes de soltar chorros calientes dentro de ti, mi cuerpo convulsionando en éxtasis puro. Colapsamos juntos, jadeando, mi peso sobre ti protector.

El afterglow nos envolvió como manta suave, el sol ya oculto dejando la habitación en penumbras azules. Te besé la frente, saboreando el sudor salado, mientras mis dedos trazaban círculos perezosos en tu espalda. Tu cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón que aún galopaba desbocado.

—Te perdono, bebé —murmuraste, tu voz ronca y satisfecha—. Pero no me vuelvas a hacer enojar así.

Reí bajito, apretándote más.

Nunca más, mi vida. Eres mi mundo entero.
Afuera, el bullicio de la ciudad empezaba a calmarse, sirenas lejanas y risas de vecinos flotando en el aire fresco de la noche. Nos quedamos así, enredados, el calor de nuestros cuerpos disipándose lento, dejando solo paz y un lazo más fuerte.

En ese momento, supe que lo nuestro era para siempre, forjado en fuego y perdón, en el roce de pieles que hablan más que palabras.

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