El Logo del Tri en su Piel Ardiente
El bar estaba a reventar esa noche de partido. El Tricolor jugaba contra los gringos y la afición rugía como león herido. Yo, sentado en la barra con una fría en la mano, sentía el pulso del lugar latiendo en mis venas. El olor a chela derramada, sudor de cuerpos apretados y el humo de los cigarros clandestinos me envolvía como una niebla espesa. Gritos de ¡gol! falsos y puteadas al árbitro llenaban el aire, pero mis ojos se clavaron en ella apenas cruzó la puerta.
Alta, morena, con curvas que gritaban ven por mí. Llevaba una camiseta ajustada del Tri, el logo del Tri estampado en el pecho, justo sobre sus chichis firmes que se marcaban con cada paso. Su short corto dejaba ver piernas torneadas, bronceadas por el sol de la CDMX. Me miró de reojo, sonrió con picardía y se acercó a pedir una michelada. Órale, carnal, esta noche pinta chida, pensé mientras mi verga empezaba a despertar.
—¡Qué partido, güey! —dijo ella, girándose hacia mí con los ojos brillantes—. ¿Tú crees que le ganamos a esos pinches gringos?
Le seguí la corriente, platicamos de fútbol, de Hidalgo el matador, de cómo el logo del Tri nos unía a todos en esta pasión verde. Se llamaba Ana, de aquí de la colonia Roma, fanática neta del América pero hoy por México hasta la muerte. Su risa era ronca, sexy, y cada vez que se inclinaba, el escote dejaba ver el borde de un sostén negro. El calor del bar subía, o tal vez era el mío. Sudaba, sentía el corazón trotar como en tiempo extra.
Al final del partido, con victoria 2-1, la euforia explotó. Todos cantando el himno, abrazos con extraños. Yo la abracé a ella, fuerte, sintiendo su cuerpo pegarse al mío. Olía a perfume dulce mezclado con sal de piel caliente.
Esto no para aquí, pinche suerte la mía, me dije. Le invité otra chela y terminamos bailando pegaditos al ritmo de cumbia que pusieron de fondo.
—Vamos a mi depa, está cerca —susurró en mi oído, su aliento cálido rozándome la oreja—. Quiero celebrar de verdad.
No lo pensé dos veces. Salimos al fresco de la noche, taxis pitando, luces de neón parpadeando. En su coche —un vocho tuneado con calcomanías del Tri—, su mano rozó mi muslo. El tacto era eléctrico, suave como seda. Llegamos a su piso en un edificio viejo pero chulo, con murales de fútbol en las paredes. Subimos las escaleras, besándonos ya, hambrientos.
Adentro, luz tenue, posters de Chicharito y el Márquez cubriendo las paredes. Me empujó contra la puerta, su lengua invadiendo mi boca, saboreando a limón y tequila. Le quité la camiseta del Tri, revelando pechos perfectos, duros, con pezones oscuros pidiendo atención. Los chupé, mordí suave, oyendo sus gemidos bajos, como ronroneos. Puta madre, qué rica.
Entonces lo vi. Bajé su short y ahí, tatuado en su nalga derecha, perfecto y provocador, el logo del Tri. Verde, blanco, rojo, brillante bajo la luz amarilla. Era como si el águila con la serpiente hubiera aterrizado en su piel morena, marcándola como territorio sagrado.
Esto es lo que me prende, la pasión mexicana en carne viva.
—Te gusta mi tatuaje, verdad? —dijo ella, volteando con ojos lujuriosos—. Me lo hice después del Mundial del 2010, cuando casi nos vamos a semis. Representa todo lo que me hace vibrar.
Lo besé, lamí el contorno con la lengua, sintiendo el sabor salado de su piel, el leve picor de la tinta vieja. Ella se arqueó, gimiendo más fuerte, empujando su culo contra mi cara. Mi verga palpitaba dura como piedra dentro del pantalón. La volteé, la cargué hasta la cama king size deshecha, con sábanas verdes como la bandera.
Nos desnudamos del todo. Su coño depilado brillaba húmedo, invitador. Olía a mujer en celo, almizcle dulce que me volvía loco. Me tiré encima, besando su cuello, bajando por el vientre plano hasta llegar al logo del Tri otra vez. Lo admiré mientras mis dedos exploraban sus labios inferiores, resbalosos, calientes. Ella jadeaba, clavándome las uñas en la espalda.
—¡Cógeme ya, cabrón! No aguanto más —suplicó, voz ronca de deseo.
Me posicioné, la cabeza de mi verga rozando su entrada. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes me apretaban, húmedas y ardientes. Qué chingón, como terciopelo caliente. Empecé a bombear, lento al principio, oyendo el slap-slap de piel contra piel, sus tetas rebotando con cada embestida. Ella gemía mi nombre —aunque ni se lo había dicho completo—, ¡sí, así, más fuerte!.
La volteé a cuatro patas, perfecto para ver el tatuaje del logo del Tri meneándose con sus caderas. Lo azoté suave, rojo se puso la piel alrededor, y ella chilló de placer. Aceleré, sudando a chorros, el olor de nuestros cuerpos mezclándose en éxtasis. Sus jugos corrían por mis bolas, resbalosos. Sentía su interior contraerse, acercándose al clímax.
Esto es México, pasión pura, sin frenos. Le metí un dedo en el culo mientras la cogía, y explotó. Gritó como afición en estadio, cuerpo temblando, coño ordeñándome la verga. No aguanté, me vine adentro con un rugido, chorros calientes llenándola, piernas flojas.
Caímos exhaustos, enredados en sábanas húmedas. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopar aún. El cuarto olía a sexo crudo, semen y sudor. Besé su frente, tracé el logo del Tri con el dedo, sonriendo.
—Eres increíble —murmuró ella, voz perezosa—. El fútbol me prende, pero tú... tú eres el verdadero gol.
Nos quedamos así, platicando bajito de sueños, de partidos soñados, de cómo el logo del Tri nos había unido esa noche. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en esa cama, habíamos ganado el campeonato. Mañana sería otro día, pero esta pasión quedaría tatuada en mí para siempre, como su marca en la piel.