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Neuralgia del Tri Desatada en Placer

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Neuralgia del Tri Desatada en Placer

Desde que me diagnosticaron la neuralgia del tri, mi vida se convirtió en una ruleta rusa de dolores punzantes en la cara. Cada roce, cada brisa, cada mordida de comida podía desatar un latigazo eléctrico que me hacía doblarme. Pero en medio de ese infierno, apareció él: Marco, mi vecino del departamento de al lado, con esa sonrisa pícara y ojos que prometían travesuras. Éramos adultos, solteros, y la química entre nosotros chispeaba como chispas en la noche mexicana de la colonia Roma.

Todo empezó una tarde calurosa de verano, cuando el sol de la Ciudad de México entraba a raudales por mi ventana. Yo estaba en la cocina, intentando preparar unos tacos sin que el vapor me provocara un ataque. Pinche neuralgia del tri, ¿por qué justo en la mejilla? pensé, mientras el dolor me hacía apretar los dientes. De repente, un golpe en la puerta. Abrí y ahí estaba Marco, con una cerveza en la mano y una cubeta de chelas frías.

"Órale, Ana, ¿qué onda? Te vi desde mi balcón y se me antojó compartir unas frías. ¿Me dejas pasar, güey?" dijo con ese acento chilango que me erizaba la piel.

Asentí, aunque el movimiento me dolió. Nos sentamos en el sillón, el aire cargado de ese olor a limón y sal de las cervezas. Hablamos de todo: del tráfico infernal, de las fiestas en casa de los amigos, de cómo la vida en la CDMX te obliga a ser fuerte. Pero cuando le conté de mi neuralgia del tri, su expresión cambió. No lástima, no. Curiosidad. Ternura.

"¿Y duele mucho, carnala? Enséñame dónde."

Dudé, pero su mirada me invitó a confiar. Le señalé la zona del trigémino, esa red de nervios traicioneros en mi rostro derecho. Él se acercó despacio, su aliento cálido rozándome la piel. ¿Qué pedo? Esto se siente... raro. No duele tanto.

Acto uno cerrado, el deseo ya latía bajo la superficie.

Los días siguientes fueron un coqueteo constante. Mensajes picantes por WhatsApp: "¿Ya te pasó el dolorcito, preciosa? Sueño con besarte sin que duela." Yo respondía con emojis de fuego, sintiendo un cosquilleo que no era solo neuralgia. Una noche, lo invité a cenar. Preparé enchiladas suizas, suaves para no irritarme la boca. El aroma a chile y crema llenaba el aire, y cuando él llegó, traía una botella de mezcal artesanal de Oaxaca.

Comimos riendo, sus pies rozando los míos bajo la mesa. El mezcal bajaba ardiente por mi garganta, despertando sensaciones dormidas. ¿Y si le digo que pruebe tocarme ahí? ¿Y si el dolor se mezcla con placer? pensé, mientras mi pulso se aceleraba. Terminamos en el sofá, sus labios cerca de los míos. El primer beso fue tentativo, suave como pluma. Pero cuando su mano subió a mi mejilla, ¡zas! Un chispazo de neuralgia del tri.

"¡Ay, cabrón!" grité, pero no me aparté. En cambio, lo miré fijo. "No pares. Duele, pero... sigue. Despacio."

Él entendió al instante. Sus dedos trazaron círculos minúsculos, apenas rozando la piel sensible. El dolor era como un relámpago, pero detrás venía una ola de calor que bajaba por mi cuello, endureciendo mis pezones bajo la blusa. Olía a su colonia fresca, mezclada con el sudor ligero de la noche. Gemí bajito, un sonido que me sorprendió.

"¿Así, mi reina? Dime cómo te gusta." murmuró, su voz ronca como gravel de cantina.

La tensión crecía. Lo jalé hacia mí, besándolo con hambre. Sus manos exploraban mi cuerpo, quitándome la ropa con reverencia. Mi piel ardía, no solo por el toque facial. Cuando me recostó en la cama, el colchón crujió suave bajo nuestro peso. El cuarto olía a sábanas limpias y a nuestro deseo creciente, ese almizcle salado que impregna el aire antes del clímax.

Acto dos en plena escalada: mis pensamientos eran un torbellino. Esto es loco, Ana. El dolor te está volviendo loca de placer. ¿Quién diría que la neuralgia del tri podía ser tan puta? Él lamió mi cuello, bajando a mis senos. Chupó un pezón con delicadeza, mientras su mano volvía a mi cara. Cada roce era dual: punzada aguda seguida de éxtasis líquido. Mis caderas se movían solas, buscando su dureza contra mí.

"Eres increíble, Marco. No pares, pendejo. Me tienes empapada." le dije, usando el slang que nos unía en esta intimidad chilanga.

Se quitó la playera, revelando un torso marcado por gimnasio y vida callejera. Lo monté, sintiendo su verga gruesa pulsando contra mi entrada. Despacio, lo dejé entrar. El estiramiento era delicioso, mi concha apretándolo como guante. Cabalgaba lento al principio, sincronizando con sus caricias faciales. El dolor se convertía en combustible: cada latigazo neuralgico hacía que mis músculos internos se contrajeran más fuerte alrededor de él.

Sus manos en mis caderas, guiándome. "¡Qué chingona eres, Ana! Siente cómo te lleno." jadeaba. El sonido de piel contra piel, chapoteo húmedo, gemidos roncos. Sudor perlando su pecho, salado al lamerlo. Mi clítoris rozaba su pubis, enviando ondas de placer puro. La neuralgia del tri rugía, pero ya no era enemiga; era aliada en esta danza erótica.

La intensidad subía. Cambiamos posiciones: él encima, penetrándome profundo mientras sus labios rozaban mi mejilla adolorida.

Esto es poder, carajo. Tomo el dolor y lo hago mío. Lo convierto en orgasmo.
pensé, mientras mis uñas se clavaban en su espalda. Él aceleró, gruñendo como animal. Mi vientre se tensó, el clímax aproximándose como tormenta.

Acto tres: la liberación. "¡Ya, Marco! ¡Métemela más duro!" grité. El dolor facial explotó en un pico cegador, y justo ahí, el placer me barrió. Ondas convulsivas desde mi centro, apretándolo hasta que él se derramó dentro, caliente y abundante. Gemidos entremezclados, cuerpos temblando. El olor a sexo crudo, semen y jugos, impregnaba todo.

Caímos exhaustos, su cabeza en mi pecho. El dolor post-orgasmo era sordo, manejable. Lo acaricié, riendo bajito. Quién iba a decir que mi neuralgia del tri me traería esto. Un amante que entiende el filo entre dolor y delicia.

Después, en la penumbra, fumamos un cigarro compartido –nada ilegal, solo vicio adulto–. Hablamos del futuro: más noches así, explorando límites. Me sentía empoderada, dueña de mi cuerpo traidor. Él me besó la frente, suave. "Eres mi diosa del tri, Ana. Neuralgia y todo."

La luna se colaba por la ventana, testigo de nuestro afterglow. El pulso se calmaba, pero el fuego interno perduraba. En la Ciudad de México, donde todo duele un poco, habíamos encontrado placer en el dolor.

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