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El Trío del Archiduque

6794 palabras

El Trío del Archiduque

Sofía entró al gran salón del palacio, donde el aire olía a jazmín fresco mezclado con el humo dulce del tabaco habano. Las luces de los candelabros de cristal bailaban sobre su piel morena, haciendo que su vestido de seda negra se pegara a sus curvas como una promesa húmeda. Era la fiesta del Archiduque Alejandro, el hombre más poderoso del imperio, un archiduque de linaje antiguo que gobernaba con mano firme y mirada ardiente. Todos susurraban sobre él y su círculo íntimo, pero nadie se atrevía a nombrarlo: el trío del archiduque, un secreto que encendía las fantasías de la nobleza.

Desde el otro lado del salón, Alejandro la vio. Alto, de hombros anchos y ojos negros como la medianoche, vestía un traje impecable que no ocultaba el bulto prometedor en su entrepierna. A su lado, Lucía, su amante de siempre, una morena de labios carnosos y caderas que se movían como olas del Pacífico. Lucía le sonrió a Sofía con picardía, lamiéndose los labios rojos como si ya saboreara algo prohibido. Sofía sintió un cosquilleo en el vientre, un calor que subía por sus muslos. ¿Qué carajos me pasa? ¿Yo, aquí, en medio de esta pinche fiesta de ricachones?

—Ven, guapa —dijo Lucía con voz ronca, extendiendo la mano—. El archiduque quiere conocerte de cerca.

Sofía dudó un segundo, pero el pulso en su clítoris ya latía al ritmo de la música de mariachis lejanos. Tomó la mano de Lucía, suave como pétalos de rosa, y se dejó guiar hacia un pasillo privado. Alejandro caminaba detrás, su aliento cálido rozándole la nuca, oliendo a ron añejo y masculinidad pura.

La recámara era un paraíso de lujos: cama king size con sábanas de satén negro, velas parpadeando y un balcón abierto al jardín donde la brisa nocturna traía olor a tierra mojada después de la lluvia. Lucía cerró la puerta con un clic que sonó como el inicio de un pecado delicioso.

Esto es una locura, Sofía. Dos desconocidos, pero se ven tan chidos, tan listos para comerte viva. ¿Y si sales chamuscada? Nah, métetela y disfruta, que la vida es pa’ gozarla.

—Somos el trío del archiduque —murmuró Alejandro, acercándose por detrás y deslizando sus manos por la cintura de Sofía—. Y esta noche, tú eres la pieza que faltaba.

Sus dedos grandes desabrocharon el vestido con maestría, dejando que la tela cayera al piso como una cascada silenciosa. Sofía quedó en lencería de encaje rojo, sus pezones endurecidos apuntando al techo. Lucía se arrodilló frente a ella, besando su ombligo mientras subía las manos por sus muslos internos. El roce era eléctrico, como chispas en piel sudada.

¡Órale, qué rica estás! —suspiró Lucía, su aliento caliente contra la concha de Sofía, ya húmeda y palpitante—. Hueles a miel y deseo, carnalita.

Alejandro giró a Sofía para besarla. Sus labios eran firmes, su lengua invadiendo con hambre, saboreando a vino tinto y pasión contenida. Ella gimió en su boca, sintiendo la verga dura del archiduque presionando contra su culo. Lucía no perdía tiempo: bajó las bragas de Sofía y hundió la cara entre sus piernas. La lengua de Lucía era un torbellino, lamiendo el clítoris con vueltas expertas, chupando los labios hinchados mientras introducía dos dedos juguetones.

¡Ay, cabrón! —jadeó Sofía, agarrando el pelo de Lucía—. ¡No pares, pinche diosa!

El sonido era obsceno: lamidas húmedas, succiones y los gemidos ahogados de las tres bocas. Alejandro se desnudó, revelando un torso esculpido y una verga gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomó de la mano y la guió a la cama, donde Lucía ya yacía desnuda, sus tetas grandes balanceándose, pezones oscuros y erectos.

Acto dos: la escalada. Sofía se subió a horcajadas sobre Lucía, frotando su concha contra la de ella en un tribbing lento y tortuoso. Piel contra piel resbaladiza, clítoris chocando como chispas de fuego. Alejandro observaba, masturbándose perezosamente, el olor a sexo llenando la habitación como niebla espesa. Esto es el cielo, wey. Dos cuerpos perfectos retorciéndose por mí.

—Muévete más rápido, amor —ordenó Lucía a Sofía, clavando las uñas en sus nalgas—. Quiero sentir cómo te corres en mi panocha.

Sofía obedeció, acelerando el roce, el sudor goteando entre sus tetas. El slap-slap de carne mojada resonaba, mezclado con jadeos y el crujir de las sábanas. Alejandro se posicionó detrás de Sofía, escupiendo en su mano para lubricar su ano. Ella se tensó un segundo, pero el deseo la traicionó.

—Sí, archiduque, métemela despacito —suplicó Sofía, arqueando la espalda.

La punta entró lenta, estirándola con un ardor delicioso que se convirtió en placer puro. Alejandro empujó centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo mientras ella seguía frotándose contra Lucía. El trío del archiduque estaba completo: cuerpos entrelazados, un ballet de gemidos y penetraciones. Lucía lamía el clítoris de Sofía desde abajo, succionando mientras la verga de Alejandro la taladraba por detrás.

Los sentidos explotaban. Sofía probaba el sudor salado de Lucía en sus labios, oía los gruñidos guturales de Alejandro —"¡Qué apretada, pinche reina!"—, sentía el latido de venas en la carne que la invadía, olía la mezcla de almizcle femenino y semen inminente. Su orgasmo creció como una ola del malecón, tensiones internas rompiéndose en espasmos.

¡Me vengo, cabrones! ¡No paren! —gritó Sofía, su concha contrayéndose, chorros calientes salpicando la cara de Lucía.

Lucía se corrió segundos después, temblando bajo ella, uñas marcando piel. Alejandro resistió, cambiando posiciones: ahora Sofía y Lucía de rodillas, mamando su verga en tándem. Lenguas gemelas lamiendo el tronco, bolas peludas chupadas, gargantas profundas. Él rugió, eyaculando chorros espesos que ellas compartieron en un beso baboso, tragando con sonrisas cómplices.

El afterglow fue dulce. Los tres yacían enredados en las sábanas revueltas, el aire pesado con olor a sexo y velas apagadas. Alejandro acariciaba el pelo de Sofía, Lucía trazaba círculos en su vientre.

—Bienvenida al trío del archiduque, mi reina —dijo él, besando su frente.

¿Esto fue un sueño o mi nueva realidad? No mames, qué chingón. Quiero más, mucho más.

Sofía sonrió, sintiendo el calor residual en su cuerpo, el pulso calmándose como lluvia menguante. Afuera, el jardín susurraba promesas de noches futuras. El palacio dormía, pero ellos sabían: el trío del archiduque acababa de nacer de nuevo, más fuerte, más hambriento.

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