El Test de la Triada Oscura Despierta Mi Lado Salvaje
Estaba recostada en el sillón de mi depa en la Condesa, con el ventilador zumbando perezosamente sobre mí y el olor a café recién hecho flotando en el aire. Era una tarde calurosa de viernes, de esas que te hacen sudar hasta el alma. Saqué mi cel para distraerme y caí en un link rarísimo: el test de la triada oscura. Neta, ¿qué pedo? Narcisismo, maquiavelismo y psicopatía. Sonaba a juego de psicólogos pendejos, pero me picó la curiosidad. "¿Cuánto lado oscuro traes, morra?", me dije mientras respondía las preguntas con una sonrisa pícara.
Las opciones eran de esas que te hacen pensar en tus peores momentos: "¿Manipulas a la gente para salírtela con la tuya?" Simón, a veces. "¿Te sientes superior a los demás?" Bueno, neta que sí traigo lo mío. Al final, mi puntaje salió alto en maquiavelismo. Chingón, pensé. Justo cuando guardaba el resultado, oí la llave en la puerta. Luis, mi carnal del alma, entró con su playera pegada al pecho por el sudor, oliendo a asfalto caliente y colonia barata que me volvía loca.
—Órale, ¿qué traes en la cara esa de villana? —me dijo riendo, tirando su mochila y dándome un beso en la boca que sabía a chicle de menta.
Le conté del test de la triada oscura, le pasé el cel y nos pusimos a jugar como niños. Él sacó alto en narcisismo, el cabrón. Nos reímos un buen rato, pero algo cambió en el aire. Sus ojos se clavaron en los míos con esa intensidad que me eriza la piel.
¿Y si lo ponemos en práctica, mi amor? ¿Quieres ver mi lado oscuro de verdad?me susurró al oído, su aliento cálido rozándome el cuello. Sentí un cosquilleo entre las piernas, como si el calor de la tarde se hubiera metido ahí adentro.
La tensión empezó a crecer despacito, como el volumen de una rola buena. Me jaló del brazo hacia la recámara, donde las sábanas blancas olían a lavanda y a nosotros de la noche anterior. Se quitó la playera despacio, mostrando esos músculos marcados por el gym, el sudor brillando bajo la luz del atardecer que se colaba por las cortinas. Yo me mordí el labio, imaginando cómo usaría su narcisismo para hacerme suplicar.
—Si soy narcisista, entonces adórame —me ordenó con voz grave, sentándose en la orilla de la cama y abriendo las piernas—. Ven, muéstrame lo que valgo.
Me arrodillé frente a él, mis rodillas hundiéndose en la alfombra suave. El olor de su excitación ya se notaba, ese aroma almizclado que me hace agua la boca. Desabroché su jeans con dedos temblorosos, liberando su verga dura que saltó como si estuviera viva. La tomé en la mano, sintiendo el calor pulsante, las venas marcadas bajo mi palma. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su piel, mientras él gemía bajito, enredando sus dedos en mi pelo.
Mierda, esto del test de la triada oscura nos está prendiendo como diablos, pensé, mientras chupaba más profundo, oyendo sus respiraciones agitadas. Él no se quedaba atrás; su maquiavelismo salió cuando me levantó de un jalón y me tiró en la cama boca arriba.
—Ahora tú, mi maquiavélica. Manipúlame, haz que te dé todo lo que quieres —gruñó, quitándome el short con rudeza juguetona.
Mi chucha ya estaba empapada, el calor húmedo entre mis muslos traicionándome. Lo empujé contra las almohadas y me subí encima, restregándome contra él despacio, sintiendo su dureza rozar mi clítoris hinchado. El roce era eléctrico, cada movimiento mandando chispas por mi espina. Olía a sexo inminente, a sudor mezclado con mi perfume de vainilla. Le mordí el cuello, dejando una marca roja, y susurré:
—Dame lo que quiero, pendejo, o te dejo así de tieso toda la noche.
Él rio, pero sus caderas se alzaron, buscando más fricción. Jugamos así un rato, escalando la intensidad. Sus manos grandes me amasaron las nalgas, dedos hundiéndose en la carne suave, mientras yo le arañaba el pecho, dejando surcos rosados que lo hacían jadear.
Esto es lo chido del test, sacar lo oscuro sin remordimientos, se me cruzó por la mente. Pasamos a misionero, pero con twist: él al mando, embistiéndome lento al principio, cada penetración profunda mandando ondas de placer que me hacían arquear la espalda.
El sonido de piel contra piel llenaba la habitación, chapoteos húmedos mezclados con nuestros gemidos. Sentía su verga llenándome por completo, rozando ese punto adentro que me hace ver estrellas. Sudábamos como locos, el olor a sexo puro invadiendo todo. Me volteó de lado, una pierna sobre su hombro, y aceleró el ritmo. Mis tetas rebotaban con cada choque, pezones duros rozando su pecho velludo.
—Más fuerte, Luis, chinga como psicópata —le rogué, mis uñas clavándose en su espalda.
Él obedeció, su narcisismo alimentado por mis súplicas. El clímax se acercaba como tormenta, mi vientre contrayéndose, el calor subiendo por mis piernas. Grité su nombre cuando exploté, oleadas de placer sacudiéndome entera, mi chucha apretándolo como puño. Él se vino segundos después, gruñendo como animal, su leche caliente llenándome mientras temblaba encima de mí.
Nos quedamos así, enredados, respiraciones calmándose poco a poco. El sol ya se había puesto, dejando la recámara en penumbras suaves. Su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón latir fuerte aún. Pasé los dedos por su pelo húmedo, oliendo el rastro de nuestro desmadre en las sábanas.
—Neta que el test de la triada oscura fue lo mejor que nos pasó —murmuró él, besándome la curva del seno.
Sonreí en la oscuridad, sintiendo una paz chida, como si hubiéramos exorcizado demonios juguetones. No éramos monstruos, solo amantes explorando sombras con luz propia. Mañana tal vez lo intentemos de nuevo, pero por ahora, este afterglow era perfecto, piel contra piel, almas desnudas en la noche mexicana.