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Trío Hay Deseado

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Trío Hay Deseado

El sol de Puerto Vallarta caía como una caricia ardiente sobre la playa, tiñendo la arena de un dorado que invitaba a quitarse la ropa. Ana caminaba descalza, sintiendo los granitos cálidos entre los dedos de los pies, mientras el salitre del mar le lamía la piel con su brisa húmeda. Hacía años que no venía a este paraíso, y esta vez era con sus mejores amigos: Marco, el moreno chulo con ojos que prometían travesuras, y Sofía, su novia, una morra de curvas que volvían loco a cualquiera. Habían rentado una casa justo en la playa, con palmeras susurrando secretos al viento y el rumor constante de las olas rompiendo como un latido acelerado.

¿Por qué carajos mi corazón late así cada vez que los veo juntos? pensó Ana, ajustándose el bikini rojo que apenas contenía sus pechos llenos. Marco reía fuerte, tirándole agua con las manos, y Sofía lo abrazaba por detrás, sus labios rozando el cuello de él. Eran la pareja perfecta, pero desde que llegaron, Ana sentía esa electricidad en el aire, un cosquilleo en la piel que no era solo del sol. Neta, llevaba días fantaseando con ellos, imaginando sus cuerpos enredados, el olor a sudor mezclado con coco de sus protectores solares.

—Órale, Ana, no te quedes atrás, wey —gritó Marco, su voz grave retumbando como trueno lejano—. Ven pa'cá, que el agua está chingona.

Ella sonrió, corriendo hacia el mar. El agua fría la golpeó primero en las piernas, subiendo como una lengua helada hasta la cintura. Sofía la salpicó, riendo con esa carcajada ronca que hacía vibrar el pecho de Ana. Sus manos se rozaron al jugar, y Ana sintió un calor subirle por el vientre, un pulso traicionero entre las piernas.

Esto no está bien, pero se siente tan pinche bien
, se dijo, mientras Marco las rodeaba con sus brazos fuertes, su pecho duro presionando contra su espalda.

La tarde se estiró en cervezas frías y pláticas de todo y nada. Regresaron a la casa cuando el sol se hundía en el horizonte, pintando el cielo de naranjas y rosas que olían a jazmín salvaje. Se ducharon por turnos, pero Ana no podía sacarse de la cabeza el cuerpo desnudo de Sofía que atisbó por la puerta entreabierta: piel morena brillante, pezones oscuros endurecidos por el agua. Y Marco... ay, wey, esa verga que se marca en el short.

En la terraza, con tacos de mariscos humeantes y micheladas espumosas, la tensión creció. Sofía se sentó en el regazo de Marco, besándolo lento, sus lenguas chocando con un sonido húmedo que Ana oyó clarito. El aroma a limón y chile de los tacos se mezclaba con el de sus pieles calientes.

—Sabes qué, carnales —dijo Sofía de repente, sus ojos brillando como estrellas pícaras—. Un trío hay que armar esta noche. ¿Qué dicen? Ana, tú eres la morra más rica que conozco, y Marco no para de verte las nalgas.

Ana se atragantó con su chela, el líquido frío bajándole por la garganta mientras el calor le subía a las mejillas. Marco soltó una risa profunda, su mano grande acariciando el muslo de Sofía, pero sus ojos clavados en los de Ana.

—¿En serio, mi amor? —preguntó él, voz ronca—. Neta, Ana, desde que llegamos siento que hay química pa'l madre.

El corazón de Ana martilleaba como tamborazo zacatecano. ¿Esto está pasando? ¿Un trío hay de verdad? Asintió, mordiéndose el labio, el sabor salado de la sal del mar aún en la boca.

La noche cayó como un velo negro salpicado de estrellas, el aire cargado de humedad y promesas. Entraron a la recámara principal, una cama king size con sábanas blancas crujientes y velas de coco encendidas que llenaban el cuarto de luz temblorosa y aroma dulce. Marco puso música de cumbia rebajada, el bajo vibrando en el piso de madera.

Sofía tomó la iniciativa, jalando a Ana por la mano. Sus labios se encontraron primero, suaves y calientes, con sabor a tequila y menta. Ana gimió bajito, sintiendo la lengua de Sofía explorar su boca, mientras las manos de Marco se deslizaban por su espalda, desatando el bikini. Sus pechos cayeron libres, pezones duros rozando el aire fresco, y Marco los tomó con gentileza, pellizcándolos hasta que Ana jadeó contra la boca de Sofía.

—Qué ricas tetas tienes, Ana —murmuró Sofía, bajando la cabeza para chupar uno, su lengua girando como remolino caliente. El sonido de succión era obsceno, húmedo, y Ana sintió su panocha empaparse, el calor líquido goteando por sus muslos.

Marco los empujó a la cama con firmeza juguetona. Se quitó la playera, revelando abdominales marcados y vello oscuro bajando hasta su short abultado. Ana lo miró con hambre, extendiendo la mano para palpar esa dureza. Pinche verga chingona, pensó, mientras la liberaba: gruesa, venosa, con una gota perlada en la punta que olía a hombre puro, a deseo crudo.

Se tumbaron enredados. Sofía besaba el cuello de Ana, mordisqueando suave, dejando rastros de saliva que se enfriaban al aire. Marco se posicionó entre las piernas de Ana, sus dedos grandes abriendo sus labios húmedos, rozando el clítoris hinchado. Ella arqueó la espalda, un gemido largo escapando de su garganta, el placer como electricidad subiendo por su espina.

—Estás chorreando, morrita —dijo Marco, voz grave, lamiendo sus dedos antes de hundir la lengua en ella. El sabor salado-dulce de su excitación lo invadió, y Ana gritó bajito, sus caderas moviéndose solas contra esa boca experta. Sofía observaba, tocándose a sí misma, sus dedos hundiéndose en su propia humedad con sonidos chapoteantes.

La intensidad subió. Ana chupó la verga de Marco, sintiendo su grosor estirarle la boca, el sabor almizclado llenándole el paladar. Él gruñía, manos enredadas en su pelo, empujando suave. Sofía se unió, lamiendo las bolas de él mientras Ana mamaba, sus lenguas chocando en un beso alrededor de la polla palpitante.

No puedo más, esto es el paraíso, pensó Ana, el sudor perlando su piel, oliendo a sexo y coco. Marco la penetró primero, lento, llenándola centímetro a centímetro. Su coño se apretó alrededor, ondas de placer recorriéndola como olas del mar. Sofía se sentó en su cara, su chocha jugosa rozando labios y nariz, el olor intenso a mujer excitada embriagándola. Ana lamió con furia, lengua hundida en pliegues calientes, saboreando jugos que goteaban como miel.

Los gemidos llenaban la habitación: ahhh, sí, chíngame, más duro. Marco embestía fuerte ahora, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando el culo de Ana. Sofía cabalgaba su lengua, caderas girando, pechos rebotando. El clímax llegó en cadena: Sofía primero, gritando "¡Me vengo, cabrones!", su cuerpo temblando, chorro caliente salpicando la cara de Ana. Luego Marco, gruñendo como animal, llenándola de leche espesa que se sentía quemar adentro. Ana explotó última, un orgasmo que la dejó ciega, estrellas detrás de párpados cerrados, coño contrayéndose en espasmos interminables.

Se derrumbaron en un montón sudoroso, respiraciones jadeantes mezclándose con el rumor del mar lejano. Marco besó la frente de Ana, Sofía acurrucada en su pecho, dedos trazando círculos perezosos en pieles aún sensibles.

Trío hay que repetir, ¿no? —susurró Sofía, voz satisfecha, ojos brillantes.

Ana sonrió, el cuerpo lánguido, el corazón lleno. Sí, neta que sí. La noche los envolvió en paz, aromas a sexo y mar fundiéndose en un afterglow perfecto, prometiendo más amaneceres calientes en esa playa eterna.

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