Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Tríos XXX Mhm Noche de Fuego Tríos XXX Mhm Noche de Fuego

Tríos XXX Mhm Noche de Fuego

6499 palabras

Tríos XXX Mhm Noche de Fuego

La noche en Playa del Carmen estaba cargada de ese calor húmedo que se te pega a la piel como un amante ansioso. El aire olía a sal marina mezclada con el dulzor de las piñas coladas que servían en el bar de la playa. Yo, Ana, de veintiocho años, con mi vestido ligero de algodón que se adhería a mis curvas por el sudor, no podía dejar de mirar a Carlos, mi novio desde hace dos años. Él, con su camiseta ajustada marcando esos músculos que tanto me volvían loca, me guiñaba el ojo mientras charlaba con Laura, su amiga de la universidad que acababa de llegar de la Ciudad de México.

Laura era una chava impresionante: morena, con el cabello negro suelto cayéndole por la espalda como una cascada de ébano, y unos labios carnosos que prometían pecados deliciosos. Llevaba un bikini diminuto cubierto por una pareo transparente que dejaba ver sus pechos firmes y su culo redondo. ¿Qué carajos estoy pensando? me dije a mí misma, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas. Carlos siempre había mencionado lo bien que se llevaban ella y él en la uni, pero nunca imaginé que una noche de copas nos llevaría a esto.

—Órale, Ana, ¿ya probaste el trago de la casa? —dijo Laura con esa voz ronca que me erizaba la piel, pasándome un vaso helado. Sus dedos rozaron los míos y sentí una descarga eléctrica, como si el mundo se detuviera en ese toque. Carlos se rio, su mano en mi muslo subiendo peligrosamente por debajo del vestido.

—Está chingón, ¿verdad? —agregó él, sus ojos oscuros brillando con picardía. Hablamos de todo y nada: del mar turquesa que lamía la arena, de las luces neón del bar, del calor que nos hacía sudar. Pero el tema tabú salió solo, como si el ron lo invocara. Laura confesó que andaba explorando, que había visto videos de tríos XXX mhm que la ponían como loca.

“¿Tríos XXX mhm? ¿Qué es eso, carnala?” pregunté yo, fingiendo inocencia mientras mi pulso se aceleraba.

—Esos videos calientes de tres cuerpos enredados, sudando, gimiendo mhm, ya sabes —rió ella, mordiéndose el labio. Carlos me miró, y en su mirada vi el deseo crudo, el mismo que me hacía mojarme solo con pensarlo. El trago bajó por mi garganta, fresco y ardiente a la vez, despertando algo salvaje en mí.

La tensión creció como la marea. Caminamos por la playa, descalzos, la arena tibia entre los dedos. El sonido de las olas rompiendo era hipnótico, y el viento traía el aroma salado mezclado con el perfume floral de Laura. Carlos me abrazó por la cintura, su aliento caliente en mi cuello.

—¿Qué te parece si seguimos la fiesta en mi suite? —propuso él, su voz grave vibrando contra mi oreja. Miré a Laura, que asintió con una sonrisa pícara. Mi corazón latía como tambor en fiesta patronal. ¿Estoy lista para esto? ¿Para compartirlo, para ser compartida? El deseo ganó. Subimos al hotel, el elevador oliendo a jazmín y anticipación.

En la habitación, las luces tenues pintaban nuestras sombras en las paredes blancas. El aire acondicionado zumbaba suave, pero el calor entre nosotros era insoportable. Laura se acercó primero, sus manos suaves desatando mi vestido. Sentí su aliento en mi clavícula, su lengua trazando un camino de fuego hasta mi pecho. Mierda, qué suave es su piel, pensé mientras mis pezones se endurecían bajo sus dedos juguetones.

Carlos nos observaba, quitándose la camisa con lentitud tortuosa. Su verga ya abultaba en los shorts, gruesa y lista. Me besó, su lengua invadiendo mi boca con sabor a ron y sal, mientras Laura bajaba por mi vientre, besando cada centímetro. El olor de mi propia excitación llenaba el cuarto, almizclado y dulce. Sus labios rozaron mi panocha a través de las bragas, y gemí mhm, ese sonido gutural que escapaba sin control.

—Así, nena, déjate llevar —murmuró Laura, su acento chilango puro, quitándome la ropa interior. Su lengua se hundió en mí, lamiendo mi clítoris con maestría, chupando como si fuera el fruto más jugoso. El placer era eléctrico, oleadas que me hacían arquear la espalda. Carlos se unió, sus manos grandes amasando mis tetas, pellizcando los pezones hasta que dolió rico.

Lo puse de rodillas. Su verga saltó libre, venosa y palpitante, oliendo a hombre puro. La tomé en mi boca, saboreando la piel salada, el pre-semen perlado en la punta. Laura se recostó, abriendo las piernas para mí. Su panocha rosada brillaba de jugos, y la probé: dulce, con un toque ácido como tamarindo. Esto es el paraíso, cabrones, pensé mientras la lamía, mi lengua danzando en su botón hinchado. Ella gemía mhm, mhm, arqueándose contra mi cara.

La intensidad subió. Carlos me penetró por detrás, su verga gruesa abriéndome centímetro a centímetro. El estirón era exquisito, llenándome hasta el fondo. Cada embestida hacía que mis caderas chocaran contra Laura, mi lengua hundiéndose más en ella. El cuarto se llenó de sonidos: piel contra piel, plaf plaf, gemidos roncos, el mhm de ella convirtiéndose en gritos. Sudábamos, el olor a sexo crudo impregnando todo, mezclado con el sudor salado.

—¡Chíngame más duro, papi! —le rogué a Carlos, mi voz ahogada en la carne de Laura. Él obedeció, sus bolas golpeando mi culo con fuerza rítmica. Sentí el orgasmo construyéndose, una presión en el bajo vientre como volcán a punto de estallar. Laura se corrió primero, su coño contrayéndose alrededor de mi lengua, inundándome con su miel caliente. Sabe a gloria.

Yo exploté después, olas de placer sacudiéndome entera, mi panocha apretando la verga de Carlos como vicio. Él gruñó, llenándome con chorros calientes que goteaban por mis muslos. Nos derrumbamos en la cama king size, jadeantes, pieles pegajosas unidas. El ventilador giraba perezoso arriba, enfriando nuestros cuerpos febriles.

Laura me besó suave, su lengua compartiendo sabores nuestros. Carlos nos abrazó a ambas, su mano acariciando mi cadera.

—¿Ves? Tríos XXX mhm en vivo son mil veces mejor —rió él, besando mi frente.

Me quedé ahí, entre sus cuerpos, sintiendo los latidos sincronizados. El mar rugía afuera, testigo de nuestra noche. Nunca volveré a ser la misma, pensé, con una sonrisa satisfecha. El deseo se había consumado, pero el fuego... ese ardía eterno.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.