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Bedoyecta Tri para Deportistas Enciende la Pasión Prohibida

6379 palabras

Bedoyecta Tri para Deportistas Enciende la Pasión Prohibida

El gimnasio en Polanco bullía de energía esa tarde soleada. El aire olía a sudor fresco mezclado con el aroma cítrico de los desinfectantes y un toque de café de la cafetería cercana. Yo, Ana, acababa de terminar mi rutina de pesas, sintiendo los músculos ardiendo como brasas vivas. Llevaba meses entrenando para la competencia de fitness, y cada gota de esfuerzo valía la pena. Mi trainer, Marco, un moreno alto y fibroso con ojos que prometían travesuras, se acercó con esa sonrisa pícara que me ponía la piel de gallina.

¿Por qué carajos me mira así?, pensé, mientras mi corazón latía más rápido que en las sentadillas.

—Órale, Ana, estás que te llevas el trofeo —dijo él, pasándome una botella de agua fría que chorreaba condensación—. Pero para rematar, prueba esto. Bedoyecta Tri para deportistas. Es lo máximo para recargar baterías, te deja como león enjaulado.

Lo miré con desconfianza juguetona. Era un shot vitamínico que todos los chavos del gym juraban que era mágico: complejo B puro, con triptófano y todo el rollo para deportistas como nosotros. Me lo tragué de un jalón, el líquido fresco y ligeramente dulce bajando por mi garganta como un elixir prohibido. Marco hizo lo mismo, y sus labios carnosos se curvaron en una mueca de placer que me hizo apretar los muslos.

Empezamos la sesión de cardio juntos, las máquinas zumbando a nuestro ritmo. El espejo reflejaba nuestros cuerpos sudados: mi top deportivo pegado a los pechos, el short marcando mis nalgas firmes; él con el torso desnudo, abdominales tallados como escultura griega. Cada paso en la caminadora aceleraba mi pulso, pero no solo por el ejercicio. Sentía un calor subiendo desde el estómago, una electricidad que hacía cosquillas en mi piel.

¡Puta madre, esto de la Bedoyecta Tri sí pega duro!
—exclamé riendo, jadeando mientras el sudor me picaba en los labios.

Marco se acercó por detrás para ajustar mi postura, sus manos grandes y callosas rozando mis caderas. El toque fue como una chispa: piel contra piel, cálida y resbaladiza. Olía a hombre puro, a testosterona y jabón de gym. Mi mente divagaba, imaginando esas manos explorando más abajo.

La tensión crecía con cada repetición. Terminamos exhaustos pero vibrantes, el shot haciendo su magia. Nos fuimos al área de estiramientos, solos en esa esquina discreta. Él se agachó para ayudarme con las piernas, y su aliento caliente rozó mi cuello. Mi concha se humedeció al instante, un pulso traicionero entre las piernas.

No seas pendeja, Ana, es tu trainer, me regañé internamente, pero el deseo era un torrente imparable.

—Marco, ¿tú sientes que esto nos pone... intensos? —pregunté con voz ronca, girándome para encararlo.

Sus ojos oscuros se clavaron en los míos, pupila dilatada. —Sí, mami. Me tienes loco desde que entraste. ¿Quieres que pare?

Negué con la cabeza, el consentimiento flotando en el aire como una promesa. Sus labios capturaron los míos en un beso feroz, lenguas danzando con sabor a vitaminas y sal. Gemí contra su boca, el mundo reduciéndose a ese roce hambriento.

Nos escabullimos al vestidor de hombres, vacío a esa hora. La puerta se cerró con un clic que retumbó como un trueno. Marco me empujó contra los lockers fríos, el metal contrastando con su cuerpo ardiente. Sus manos subieron por mis muslos, arrancando el short con urgencia. Olía a nuestra excitación: almizcle dulce y piel caliente.

—Eres una chingona, Ana —murmuró, mordisqueando mi oreja mientras sus dedos rozaban mi clítoris hinchado a través de las bragas empapadas—. Tan mojada por mí.

Arqueé la espalda, gimiendo bajito. ¡Qué rico se siente su toque, como fuego líquido! Le bajé el pantalón, liberando su verga dura y venosa, palpitante en mi mano. La piel suave sobre el acero, el calor irradiando. La apreté, oyendo su gruñido gutural que vibró en mi pecho.

Nos devoramos mutuamente. Lo puse de rodillas, y él lamió mi panocha con devoción, lengua experta girando en mi botón, saboreando mis jugos como néctar. El placer era olas crecientes: chupetones húmedos, succiones que me hacían temblar, el sonido obsceno de su boca en mi carne. Mis uñas se clavaron en su cabello negro, tirando mientras el orgasmo se acercaba como tormenta.

—¡Sí, cabrón, no pares! —jadeé, las piernas flaqueando.

Exploté en su boca, un grito ahogado que rebotó en las baldosas. Él se levantó, ojos feroces, y me penetró de un solo empujón. Su verga me llenó por completo, estirándome deliciosamente. El roce era fricción pura: venas pulsando contra mis paredes sensibles, cada embestida un choque de caderas que aplaudía carne contra carne.

Caminamos a ciegas hacia el banco, yo encima ahora, cabalgándolo con furia. Mis tetas rebotaban libres, pezones duros rozando su pecho velludo. Sudor chorreaba, mezclándose en nuestros cuerpos unidos. Olía a sexo crudo, a Bedoyecta Tri para deportistas amplificando cada sensación: el latido de su corazón contra el mío, el slap-slap de piel, el gemido ronco que escapaba de su garganta.

¡Te sientes como el paraíso, Ana! Más apretada, más caliente...
—gruñó, manos amasando mis nalgas.

El clímax nos alcanzó juntos. Sentí su verga hincharse, caliente semen inundándome mientras mi concha se contraía en espasmos. Grité su nombre, el placer cegador, estrellas explotando detrás de mis párpados. Colapsamos, jadeantes, cuerpos entrelazados en un charco de sudor y fluidos.

El afterglow fue dulce. Nos duchamos juntos bajo el agua tibia, jabón deslizándose por curvas y músculos. Sus besos se volvieron tiernos, exploratorios. —Esto no fue solo la Bedoyecta, ¿verdad? —susurró, enjuagándome la espalda.

Sonreí, besando su mandíbula rasposa. —No, pendejo. Fue lo que llevaba meses queriendo.

Salimos del gym con piernas temblorosas, pero almas satisfechas. La ciudad de México nos esperaba afuera, con su caos vibrante, pero en mi mente solo resonaba el eco de nuestra pasión desatada. La Bedoyecta Tri para deportistas había sido el catalizador perfecto para soltar las riendas. Y sabía que no sería la última dosis... ni la última vez.

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