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Tríos con Morritas Insaciables

6429 palabras

Tríos con Morritas Insaciables

La noche en la playa de Playa del Carmen estaba en su punto máximo, con el sonido de las olas rompiendo suave contra la arena y el ritmo de la cumbia rebeldía retumbando desde los altavoces. El aire olía a sal marina mezclada con el humo de las fogatas y un toque de coco de los cocteles. Yo, Marco, había llegado con unos cuates a echar la plática y relajarnos después de una semana de puro estrés en la chamba. Neta, no esperaba que la cosa se pusiera tan interesante.

Ahí estaban ellas, dos morritas que llamaban la atención de todos: Ana y Lupe. Ana, con su piel morena brillando bajo las luces de neón, cabello negro largo hasta la cintura y un bikini rojo que apenas contenía sus curvas generosas. Lupe, más clara, con ojos verdes que hipnotizaban y un short jean tan corto que dejaba ver sus nalgas firmes cada vez que se movía. Se reían fuerte, bailando pegaditas, con cervezas en la mano. ¿Tríos con morritas como estas? pensé, mientras mi verga empezaba a despertar solo de verlas. Me acerqué con una chela en la mano, fingiendo casualidad.

Órale, guapas, ¿me invitan a la fiesta o qué? —les dije, sonriendo con esa confianza que saco de la nada.

Ana me miró de arriba abajo, lamiéndose los labios. —Pues claro, guapo. Si bailas bien, te dejamos unirte.

Lupe soltó una carcajada. —Pero neta, no seas pendejo y nos sigas el paso.

Empezamos a bailar, sus cuerpos rozando el mío al ritmo de la música. Sentía el calor de sus pieles, el sudor salado en sus cuellos, el aroma dulce de sus perfumes mezclándose con el de la noche. Ana se pegó por delante, sus tetas suaves presionando mi pecho, mientras Lupe se colaba por detrás, sus caderas moviéndose contra mi culo. Mi corazón latía como tambor, y abajo ya estaba tieso como poste.

Esto va pa'l carajo, pero qué chingón
, me dije en la mente.

La tensión crecía con cada roce. Terminamos sentados en una banca de madera, rodeados de risas y pláticas pendejas sobre la vida en la playa. Ana confesó que eran cuates de la uni, ahora trabajando en un hotel fancy aquí cerca, y que andaban de antojo de aventura. Lupe, más directa, me susurró al oído: —Oye, Marco, ¿has probado tríos con morritas como nosotras? Porque nosotras sí queremos probarte a ti.

Mi pulso se aceleró. El deseo ardía en mis venas, caliente como el tequila que nos echamos de un trago. —¿En serio, wey? Vamos a mi cabaña, está a dos minutos, propuse, y ellas asintieron con ojos brillantes de lujuria.

Acto de escalada

La cabaña era modesta pero chida, con vista al mar y una cama king size que parecía hecha para esto. Entramos riendo, el aire fresco de la noche contrastando con el calor que traíamos encima. Cerré la puerta y Ana me jaló de la camisa, besándome con hambre. Sus labios eran suaves, con sabor a ron y menta, su lengua explorando mi boca como si quisiera devorarme. Lupe se unió, besando mi cuello, mordisqueando la oreja. Sentía sus manos por todos lados: Ana desabotonándome la playera, Lupe bajando el zipper de mis shorts.

Quítate todo, cabrón, murmuró Lupe, su voz ronca de excitación.

Me quedé en calzones, mi verga marcada dura contra la tela. Ellas se desvistieron lento, provocándome. Ana dejó caer el bikini, sus tetas grandes y firmes rebotando libres, pezones oscuros endurecidos. Lupe se quitó el short, revelando un tanga negro que enmarcaba su coño depilado. El olor a hembra en celo llenó la habitación: ese musk dulce y salado de sus arrepentimientos húmedos.

Las tumbé en la cama, yo en medio. Besé a Ana profundo mientras mis dedos jugaban con los labios de Lupe, sintiendo su humedad caliente resbalando. Ella gemía bajito, "Sí, así, pendejito", arqueando la espalda. Ana me chupaba los pezones, su aliento caliente en mi piel. Cambié posiciones, lamiendo el coño de Ana: sabor salado y dulce, como mango maduro, su clítoris hinchado palpitando bajo mi lengua. Lupe se masturbaba viéndonos, sus dedos chapoteando en su propia salsa.

La intensidad subía. Internalmente luchaba:

¿No me voy a venir antes de tiempo, no mames
. Pero ellas mandaban. Ana se montó en mi cara, restregando su coño contra mi boca, mientras Lupe se tragaba mi verga entera. Su garganta era un horno apretado, succionando con maestría, saliva chorreando por mis huevos. El sonido era obsceno: slurps húmedos, gemidos ahogados, la cama crujiendo.

Cambia, morrita, le dijo Ana a Lupe, y se turnaron chupándome. Dos lenguas en mi pija, lamiendo de la base a la punta, besándose entre ellas con mi verga de por medio. El tacto era eléctrico: suave, áspero, caliente. Olía a sexo puro, sudor y jugos mezclados.

Las puse a cuatro patas lado a lado, admirando sus culos perfectos. Metí primero en Ana, despacio, sintiendo su coño apretado envolviéndome como guante de terciopelo húmedo. —¡Ay, wey, qué rico! —gritó ella. Empujaba fuerte, el slap-slap de piel contra piel resonando. Saqué y entré en Lupe, más estrecha, sus paredes contrayéndose. Alternaba, ellas gimiendo en coro, tocándose las tetas mutuamente.

El clímax se acercaba. Sudor corría por mi espalda, pulsos retumbando en oídos. —Vente adentro, Marco, lléname, suplicó Ana. Lupe: Dame también, cabrón.

Liberación y cierre

No aguanté más. Me vine en Ana primero, chorros calientes llenándola, saliendo chorreando por sus muslos. Ella tembló en orgasmo, gritando mi nombre. Luego en Lupe, su coño ordeñándome hasta la última gota. Colapsamos en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El mar susurraba afuera, como aplaudiendo.

Acaricié sus espaldas, besando sus hombros salados. Ana susurró: —El mejor trío con morritas que hemos tenido, neta.

Lupe rio suave. —Vuelve cuando quieras, guapo.

Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, el aroma de sexo persistiendo en el aire. Pensé en lo puta chingona que era la vida: una noche random en la playa, y de repente, tríos con morritas que te cambian el chip. Dormimos pegados, con promesas de más aventuras al amanecer. El sol salió tiñendo todo de oro, y supe que esto era solo el principio.

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