Inténtalo Inténtalo Inténtalo
El sol de la tarde se colaba por las cortinas de mi depa en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el aire oliera a jazmín del jardín de abajo. Yo, Ana, de treinta y dos, con mi piel morena brillando de crema hidratante, me miré en el espejo del baño. Neta, hoy va a ser la noche, pensé, mientras me ponía ese vestido negro ajustado que me hacía ver como diosa azteca. Diego, mi carnal de toda la vida, el wey que me conocía mejor que nadie, llegaba en un rato. Hacía semanas que el estrés del jale nos tenía en pausa, pero esta vez iba a cambiar. Quería que intentara intentara intentara algo nuevo, romper la rutina con puro fuego.
La puerta sonó y mi pulso se aceleró como tambor en fiesta de pueblo. Abrí y ahí estaba él, alto, con esa barba recortada y ojos cafés que me derretían. "¡Órale, nena! ¿Qué traes?", dijo con esa sonrisa pícara, oliendo a colonia fresca y cigarro light. Lo jalé adentro, cerré la puerta y lo besé como si el mundo se acabara. Sus labios sabían a menta, ásperos pero suaves, y su lengua se enredó con la mía en un baile lento que me erizó la piel.
Try try try, me repetí en la cabeza, recordando esa canción gringa que siempre poníamos para motivarnos. Inténtalo, Diego, inténtalo conmigo toda la noche.
Nos fuimos al sofá de piel blanca, mis manos en su pecho firme bajo la camisa. "Te extrañé, mi rey", murmuré, mordiéndome el labio mientras le desabotonaba. Él gruñó bajito, un sonido ronco que vibró en mi pecho, y me cargó como si no pesara nada. "Yo más, chula. Vamos a ver qué pasa esta vez". Su aliento caliente en mi cuello olía a deseo puro, y sentí su verga ya dura presionando contra mi muslo. Qué chingón, pensé, el calor subiendo por mi panocha.
En el cuarto, la luz tenue de las velas de vainilla llenaba el aire con ese aroma dulce que se mezclaba con nuestro sudor incipiente. Me tiró en la cama king size, suave como nube, y se quitó la ropa despacio, provocándome. Su cuerpo atlético, marcado por horas en el gym, brillaba bajo la luz. Yo me quité el vestido, quedando en tanga de encaje rojo y tetas al aire, pezones duros como piedras. "Mírame, Diego. Quiero que me hagas tuya de verdad".
Él se acercó gateando, sus manos grandes explorando mis curvas. Tocó mis caderas, apretó mis nalgas, y bajó la boca a mi cuello, lamiendo con lengua caliente que dejó un rastro húmedo. Gemí, el sonido saliendo ronco de mi garganta, mientras sus dedos rozaban mi concha por encima de la tela. "Estás empapada, Ana. ¿Tanto me querías?". "Sí, pendejo, try try try", le dije riendo, jalándolo para un beso más profundo. Su risa vibró contra mí, cálida y juguetona.
La tensión crecía como tormenta en el DF, el aire pesado con nuestro jadeo. Me quitó la tanga despacio, el roce de la tela contra mi piel sensible mandando chispas por mi espina. Olía a mi propia excitación, ese musk dulce y salado que lo volvía loco. "Déjame probarte", susurró, y bajó la cabeza. Su lengua en mi clítoris fue fuego puro: plana, lenta al principio, saboreando mis labios hinchados. Sabía a sal y miel, y yo arqueé la espalda, garras en su pelo negro. "¡Ay, cabrón! Así, no pares". Él chupaba, succionaba, metía la lengua adentro, y yo me retorcía, el colchón crujiendo bajo nosotros.
Esto es lo que necesitaba. Inténtalo más, mi amor, no te rindas.
Pero no quería correrme todavía. Lo empujé, volteándolo boca arriba. "Ahora yo, wey". Su verga gruesa, venosa, apuntaba al techo, goteando pre-semen que brillaba. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando ese gusto salado y masculino. Él gimió fuerte, caderas subiendo. "¡Qué rica boca, Ana!". La chupé hondo, garganta relajada, saliva corriendo, mientras mis tetas rozaban sus muslos. Lo miré a los ojos, verdes de lujuria, y aceleré, mano y boca en ritmo perfecto.
La intensidad subía. "Ven, métemela ya", le rogué, montándome encima. Su punta rozó mi entrada húmeda, resbalosa, y bajé despacio. Dios, lo sentía estirándome, llenándome hasta el fondo. Dolor placer mezclado, paredes apretándolo. Empecé a moverme, vaivén lento, sintiendo cada vena pulsar dentro. Él agarró mis caderas, guiándome, y el slap slap de piel contra piel llenó la habitación, mezclado con nuestros gemidos. Sudor nos pegaba, olor a sexo crudo y vainilla.
"Inténtalo más fuerte", le dije, y él obedeció, embistiéndome desde abajo. Cambiamos: de lado, él atrás, cucharita, su mano en mi clítoris frotando círculos. Cada roce mandaba ondas de placer, mi corazón latiendo en oídos como mariachi enloquecido. Try try try, pensé, recordando cómo empezamos esto años atrás, probando posiciones, juguetes, todo con risas y amor. "¡Me vengo, Diego!", grité, y exploté, concha contrayéndose en espasmos, jugos chorreando por sus bolas.
Él no paró, volteándome a misionero, piernas en sus hombros. "Una más, nena". Sus embestidas eran brutales pero tiernas, ojos en los míos. Sentía su verga hincharse, pulsar. "Córrete adentro, mi rey". Gruñó como animal, y sentí el chorro caliente llenándome, semen espeso mezclándose con mis jugos. Colapsamos, jadeando, pieles pegajosas, el cuarto oliendo a clímax puro.
Después, en la calma, su cabeza en mis tetas, dedos trazando patrones en mi vientre. "Fue chingón, Ana. ¿Por qué no lo hacemos así siempre?". Reí bajito, besando su frente sudada. "Porque hay que try try try, carnal. Siempre hay algo nuevo". El aire se enfriaba, pero nuestro calor duraba. Afuera, la ciudad zumbaba, pero aquí éramos solo nosotros, satisfechos, conectados. Esto es amor de verdad, pensé, mientras nos dormíamos enredados.