Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo El Tri Hay Que Saber Perder El Tri Hay Que Saber Perder

El Tri Hay Que Saber Perder

6819 palabras

El Tri Hay Que Saber Perder

La noche en el depa de Diego en la Roma olía a chelas frías y taquitos de suadero recién traídos del puesto de la esquina. Lupe se recargaba en el sofá de piel sintética, con las piernas cruzadas sobre la mesita de centro, vestida con un shortcito de mezclilla que apenas cubría sus muslos morenos y una blusita escotada que dejaba ver el nacimiento de sus chichis firmes. Diego, su carnal de toda la vida convertido en algo más desde hace unas semanas, estaba semidesnudo, solo con un bóxer ajustado que marcaba su paquete generoso. El televisor tronaba con el himno del Tri, México contra Brasil en un amistoso que prometía chispas.

¿Por qué carajos acepté esta apuesta? pensó Lupe mientras el corazón le latía con fuerza, no solo por el juego. Habían estado coqueteando toda la tarde, él rozándole la nalga "sin querer" al pasar por la cocina, ella empujándolo juguetona contra la pared. "Si gana el Tri, te dejo que me hagas lo que quieras toda la noche", le había dicho ella, con los ojos brillando de reto. "Y si pierden, yo soy tu puto juguete", contestó él, con esa sonrisa pícara que la ponía cardíaca. Neta, era consensual, puro fuego acumulado entre güeyes que se conocían de memoria.

El estadio rugía en la tele, el olor a sudor y cerveza del sillón impregnaba el aire. Lupe sentía el calor subiendo por su entrepierna cada vez que Diego le ponía la mano en el muslo, apretando suave. "Va a ganar el Tri, wey", murmuró ella, pero el primer gol de Brasil cayó como balde de agua fría. Sus pezones se endurecieron bajo la blusa, anticipando la derrota.

El pitazo final fue un mazazo. México perdió dos a cero. Diego se volteó hacia ella con ojos de lobo hambriento. "Hay que saber perder, mi Lupe. Desnúdate despacito para mí". Su voz grave vibró en el cuarto, y ella sintió un cosquilleo eléctrico bajándole por la espina dorsal. Se paró frente a él, el pulso retumbando en sus oídos como tambores de estadio. Sus dedos temblorosos desabrocharon el short, dejándolo caer al piso con un plop suave. Quedó en tanguita de encaje negro, húmeda ya de anticipación. El aroma de su propia excitación empezó a mezclarse con el de la carne asada fría en el plato.

Diego la jaló hacia su regazo, sus manos grandes explorando la curva de su cintura. "Qué chingona estás", gruñó, besándole el cuello con labios calientes que sabían a sal y limón de la chela. Lupe jadeó, el roce de su barba incipiente erizando su piel como miles de agujitas placenteras.

"Pinche Diego, siempre sales ganando",
pensó ella, pero su cuerpo la traicionaba, arqueándose contra él. Él le quitó la blusa con un movimiento fluido, liberando sus tetas redondas que rebotaron libres. Sus pezones oscuros, duros como piedras, pedían atención. Diego los lamió despacio, chupando uno mientras pellizcaba el otro, el sonido húmedo de su lengua haciendo eco en la habitación silenciosa salvo por el zumbido del refri.

La tensión crecía como el calor de un volcán. Lupe se restregaba contra el bulto endurecido en el bóxer de él, sintiendo la verga gruesa palpitar bajo la tela. "Quítamelo, cabrón", susurró ella, la voz ronca de deseo. Diego obedeció, liberando su miembro venoso, largo y listo, con una gota perlada en la punta que olía a hombre puro. Ella se arrodilló entre sus piernas, el piso fresco contra sus rodillas, y lo tomó en la boca con hambre. El sabor salado explotó en su lengua, el grosor estirándole los labios mientras lo mamaba profundo, gimiendo alrededor de él. Diego enterró los dedos en su pelo negro, guidándola con gemidos guturales: "Así, mi reina, trágatela toda".

Pero él no la dejó acabar el trabajo. La levantó como pluma, cargándola al sillón. "Ahora yo mando", dijo, quitándole la tanga con dientes. El aire fresco besó su panocha depilada, hinchada y brillante de jugos. El olor almizclado de su arousal llenó el espacio, embriagador. Diego separó sus labios mayores con los pulgares, exponiendo el clítoris rosado que latía como un corazón. Lo lamió plano y lento, saboreándola como tamal fresco, mientras dos dedos gruesos se hundían en su calor húmedo. Lupe gritó, las caderas elevándose solas, el sonido de succiones obscenas mezclándose con sus alaridos. ¡Qué rico, pendejo, no pares! Su mente era un torbellino de placer, el build-up insoportable, cada lamida enviando chispas por sus nervios.

La escalada fue brutal. Diego la volteó boca abajo sobre el sofá, el cuero pegándose a su piel sudada. Le dio una nalgada juguetona que resonó como chasquido de látigo, haciendo que sus nalgas prietas temblaran. "Prepárate, porque El Tri me dio suerte", bromeó, alineando su verga con la entrada resbalosa. Empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, el estiramiento exquisito haciendo que Lupe mordiera el cojín para no gritar demasiado. Lo sentía llenarla por completo, las venas pulsando contra sus paredes internas, el roce perfecto contra su punto G. Empezó a bombear, lento y profundo, el plaf plaf de carne contra carne acompañando sus respiraciones agitadas.

Más rápido, wey, chíngame duro, suplicó ella, empujando hacia atrás. Diego aceleró, agarrándole las caderas con fuerza, sus bolas golpeando su clítoris con cada embestida. El sudor les chorreaba por la espalda, goteando salado entre sus pechos. Lupe sentía el orgasmo construyéndose como ola gigante, sus músculos internos apretando la verga invasora. Él le metió una mano por debajo, frotando su botón en círculos frenéticos mientras la taladraba. "¡Ven, Lupe, córrete para mí!", ordenó con voz entrecortada.

Explotó primero ella, un grito primal rasgando el aire, su panocha convulsionando en espasmos que ordeñaban la polla de Diego. Olas de placer la barrieron, visión borrosa, gusto metálico en la boca, cuerpo temblando como hoja en tormenta. Él la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola con chorros calientes que se desbordaron por sus muslos. Se derrumbó sobre ella, pesados y jadeantes, el olor a sexo crudo impregnando todo: semen, sudor, esencia femenina mezclados en éxtasis puro.

En el afterglow, se quedaron enredados en el sofá, piel contra piel pegajosa. Diego le besó la sien, suave ahora, mientras el replay del partido sonaba bajito en la tele. "Hay que saber perder, ¿verdad?", murmuró él, riendo bajito. Lupe sonrió contra su pecho, el corazón aún galopando pero en paz.

"Pinche Tri, gracias por la noche chida",
pensó, trazando círculos en su abdomen con la uña. No había perdedores esa noche, solo dos cuerpos exhaustos y almas conectadas, listos para la revancha en la cama.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.