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El Éxtasis del Remy Lacroix Trio

6252 palabras

El Éxtasis del Remy Lacroix Trio

La noche en mi depa de Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que te hace sudar hasta el alma. Yo, Alejandro, acababa de llegar de un trago con los carnales en la Zona Rosa, y ahí estaban ellas: mi jefa nena Carla, con su culo redondo que me volvía loco, y su amiga Lupe, una morra de ojos verdes y tetas firmes que siempre me guiñaba el ojo cuando nos veíamos. Habíamos quedado para una chela relajada, pero el ambiente ya olía a algo más picante. La tele prendida con Netflix, pero Carla, pendejilla, sacó su laptop y dijo:

Órale, carnal, ¿han visto el Remy Lacroix trio? Esa chava es una diosa, se los juro.

Me quedé pasmado. Remy Lacroix, la estrella pornica que me había pajolado mil veces en la mente. El Remy Lacroix trio era legendario: ella en medio de dos tipos, mamando verga como si fuera el último sorbo de agua en el desierto. Lupe se rio con esa carcajada ronca que me erizaba la piel.

¿Y si lo vemos juntos? Para entrar en calor...

El corazón me latía como tamborazo en fiesta. Asentí, sintiendo ya el cosquilleo en la entrepierna. Nos acomodamos en el sofá de piel italiana, yo en medio, flanqueado por sus cuerpos calientes. Carla prendió el video, y ahí estaba Remy, con su cuerpo tatuado brillando bajo luces neón, gimiendo en inglés mientras chupaba una verga gruesa y se metía otra por atrás. El sonido de lenguas lamiendo, de carne chocando, llenó la habitación. Olía a su perfume mezclado con el mío, un aroma dulzón que me ponía la cabeza loca.

Al principio fue puro juego. Carla me besó el cuello, su aliento caliente rozándome la oreja. ¿Te gusta, amor? Imagíname como ella. Lupe deslizó su mano por mi muslo, rozando mi paquete que ya estaba tieso como poste. Sentí el calor de sus palmas a través del pantalón, el roce suave que me hacía jadear. En la pantalla, Remy gemía oh fuck yes, y Lupe imitó el sonido, bajito, provocador.

La tensión crecía como tormenta en el DF. Mis manos temblaban al tocar las tetas de Carla, redondas y pesadas, los pezones duros como piedritas bajo la blusa. Lupe se quitó la falda, revelando unas tanguitas negras que apenas cubrían su panochita depilada. El olor a mujer excitada empezó a flotar: ese musc dulce, salado, que te hace salivar. Yo me desabroché el cinturón, y ellas dos se lanzaron como lobas hambrientas.

Qué rico tu vergón, Ale, murmuró Carla, mientras Lupe lo lamía desde la base, su lengua caliente y húmeda trazando venas hinchadas. Sentí el tirón en las bolas, el placer eléctrico subiendo por la espalda. En mi mente, éramos el Remy Lacroix trio: yo el afortunado en medio, ellas devorándome. Carla se subió a horcajadas, frotando su concha mojada contra mi cara. Probé su jugo, salado y cremoso, lamiendo el clítoris hinchado mientras ella se retorcía, gimiendo ¡ay cabrón, no pares!

El sofá crujía bajo nuestro peso, el sudor nos pegaba la piel. Pasamos a la alfombra persa, más espacio para el desmadre. Lupe se acostó bocabajo, arqueando la espalda, y yo la penetré despacio, sintiendo cómo su coño apretado me tragaba centímetro a centímetro. Qué chingón, pensé, el calor envolvente, los jugos chorreando por mis huevos. Carla se masturbaba viéndonos, metiéndose dos dedos, el sonido chapoteante mezclándose con nuestros jadeos. El aire estaba espeso, cargado de olor a sexo: semen preeyaculatorio, sudor axilar, perfume barato de Lupe.

Pero no era solo físico. En mi cabeza bullían pensamientos. ¿Esto es real? Dos morras así, por mí. Carla siempre tan celosa, y ahora compartiéndome con su amiga. Lupe, la coqueta eterna, finalmente rindiéndose. Carla se acercó, besó a Lupe en la boca, lenguas enredadas, saliva brillando. Yo las veía, el corazón en la garganta, el morbo triplicado. Saqué mi verga de Lupe, reluciente de sus fluidos, y Carla la mamó entera, saboreando a su amiga en mí. Sabe a ti, Lupe, qué rico.

La intensidad subía. Cambiamos posiciones como en el video del Remy Lacroix trio. Yo de rodillas, Carla montándome la cara mientras Lupe cabalgaba mi polla. Sus nalgas rebotaban, el slap-slap de piel contra piel resonando como aplausos. Tocaba sus culos, suaves y firmes, amasándolos mientras ellas se besaban sobre mí, tetas rozándose. Sentía los pulsos acelerados: el mío en la verga, latiendo dentro de Lupe; el de Carla en mi lengua, hinchada de placer. Gritos ahogados: ¡Más duro, pendejo! ¡Me vengo!

No aguanto más, van a hacer que explote

Lupe se corrió primero, su coño contrayéndose como puño, chorros calientes mojando mis bolas. Gritó ¡órale, sí, cabrón!, el cuerpo temblando, uñas clavadas en mis hombros. Eso me llevó al borde. Carla se bajó, y las dos se arrodillaron, bocas abiertas, lenguas fuera. Me pajeé furioso, el placer acumulado estallando en chorros espesos que salpicaron sus caras, labios, tetas. Probé mi propio semen en la boca de Carla, salado y tibio, mientras ellas se lamían mutuamente, limpiándose como gatitas.

Caímos exhaustos en la alfombra, respiraciones entrecortadas, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El video seguía en loop, Remy gimiendo bajito de fondo, pero ya no importaba. Carla se acurrucó en mi pecho, su corazón latiendo contra el mío. ¿Ves? El Remy Lacroix trio nos inspiró, pero esto fue nuestro, dijo Lupe, trazando círculos en mi abdomen con el dedo. Olía a nosotros: sexo crudo, satisfacción profunda.

Nos quedamos así un rato, riendo de lo pendejos que éramos por haber tardado tanto. La noche se enfrió, pero el calor entre nosotros perduraba. Pensé en cómo esa simple video había desatado el monstruo del deseo, pero lo chingón era la confianza, el juego limpio. Carla me besó, Lupe se unió, y supe que esto no era el fin, solo el principio de más tríos locos.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, preparamos café. Las vi desnudas en mi cocina, riendo, culos meneándose. Vida chida, murmuré. El Remy Lacroix trio había sido el detonante, pero el éxtasis era puro nuestro, mexicano y salvaje.

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