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El Tri Color Quinoa que Enciende Pasiones

6812 palabras

El Tri Color Quinoa que Enciende Pasiones

Ana miró la olla humeante sobre la estufa de gas en su departamento de la Condesa. El aroma terroso y ligeramente dulce del tri color quinoa se esparcía por la cocina, mezclándose con el chile guajillo que había tostadito antes. Era una tarde de sábado soleada, y Marco, su carnal de toda la vida, acababa de llegar del gym, con el pelo revuelto y la camiseta pegada al pecho sudado. Neta, cada vez que lo veía así, sentía un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a sus muslos.

—Órale, mami, ¿qué traes de bueno? —dijo él con esa voz ronca que la ponía loca, acercándose por detrás y rodeándole la cintura con sus brazos fuertes. Su aliento cálido le rozó el cuello, y Ana se arqueó un poquito, sintiendo la dureza de su verga contra su nalga.

El tri color quinoa bullía suavemente, los granitos rojos, blancos y negros danzando en el agua como confeti en una fiesta privada. Ana removió con la cuchara de madera, el vapor subiendo en espirales que empañaban el aire. Qué chido sería untarlo en su piel, lamerlo de sus abdominales..., pensó, mientras el calor de la cocina se mezclaba con el de sus cuerpos pegados.

¿Por qué carajos este pinche quinoa siempre me pone cachonda? Es el color, la textura... como si prometiera sabores prohibidos.

Marco le mordisqueó la oreja, sus manos subiendo por debajo de su blusa holgada, rozando la piel suave de su vientre. —Se ve sabroso, pero tú lo eres más —murmuró, y Ana rio bajito, girándose para besarlo. Sus labios se encontraron en un beso lento, jugoso, con sabor a menta de su chicle y al salado de su sudor.

La tensión crecía como el hervor en la olla. Ana apagó la estufa y escurró el quinoa en un colador, el vapor silbando al tocar el metal frío. Los granitos calientes, multicolores, brillaban bajo la luz de la tarde que entraba por la ventana. Marco la levantó sin esfuerzo sobre la isla de granito, sus piernas abriéndose instintivamente alrededor de su cadera.

—Quiero probarte con esto —dijo ella, tomando un puñado húmedo del quinoa aún tibio. Lo esparció por el pecho de él, los colores contrastando con su piel morena. El tacto era suave, pegajoso, como perlas diminutas rodando por sus pectorales. Marco jadeó, el contraste del calor contra su piel fresca enviando chispas por su espina.

Acto primero completo: el deseo inicial prendía como yesca seca. Ana bajó la cabeza, lamiendo el quinoa de su piel. El sabor era nuez, terroso, mezclado con el salado de su sudor. Neta, sabe a él, a puro hombre mexicano, pensó, mientras su lengua trazaba círculos alrededor de un pezón endurecido. Marco gruñó, sus manos enredándose en su cabello largo, tirando suave para guiarla.

La cocina olía a quinoa cocido, a ajo y comino del aderezo que habían preparado antes, y ahora a algo más primal: el almizcle de su excitación. Ana sintió su calzón mojado, el roce de la tela contra su clítoris hinchado mientras se movía contra él. Marco la desvistió con prisa juguetona, quitándole la blusa y el bra, dejando sus tetas al aire, los pezones duros como piedras de obsidiana.

—Ven, carnal, ahora tú —le dijo ella, ofreciéndole un puñado de quinoa. Él lo tomó, untándolo en sus pechos, bajando por su ombligo hasta el borde de su falda. El granito tibio se pegaba a su piel, rodando lento con cada respiración agitada. Marco se arrodilló, su boca devorando el quinoa de sus tetas, chupando fuerte, mordiendo suave. Ana gimió alto, el sonido rebotando en las paredes de azulejos verdes.

El medio acto escalaba: las caricias se volvían urgentes. Sus manos exploraban, dedos hundiéndose en carne suave. Marco levantó su falda, bajando el calzón con dientes, exponiendo su concha húmeda, reluciente. Tomó más quinoa, esparciéndolo allí, los granitos multicolores como joyas sobre su monte de Venus. Qué pinche loco, pero qué rico se siente esto, pensó Ana, mientras él lamía despacio, el quinoa crujiendo suave entre sus dientes, mezclándose con sus jugos dulces y salados.

—¡Ay, wey, no pares! —suplicó ella, las piernas temblando. El sabor en su lengua era una explosión: el matiz herbal del quinoa con el ácido almizclado de ella. Marco succionaba su clítoris, introduciendo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Ana se arqueaba, uñas clavándose en la isla, el granito frío contra su espalda desnuda.

Pero querían más. Marco se levantó, quitándose la ropa con movimientos fluidos, su verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando precum. Ana la tomó, untándola con quinoa restante, los granitos pegándose al tronco palpitante. Él gimió ronco, empujando contra su mano. La besó feroz, lenguas enredadas, sabores compartidos: quinoa, sudor, deseo puro.

La llevaron al sillón de la sala contigua, alfombra persa bajo pies descalzos. Marco la acostó, abriéndole las piernas como un libro sagrado. Entró lento, centímetro a centímetro, el calor de su concha envolviéndolo como guante de terciopelo húmedo. Ana jadeó, sintiendo cada vena, cada pulso.

Es como si el quinoa nos uniera, colores en mi interior, fuego en mis venas.

El ritmo empezó suave, caderas chocando con palmadas húmedas, piel contra piel resonando en el aire cargado. Olía a sexo, a quinoa esparcido por sus cuerpos, a velas de vainilla que Ana había encendido antes. Sus pechos rebotaban con cada embestida, Marco chupándolos, dejando marcas rojas. Ana clavaba talones en su culo firme, urgiéndolo más profundo.

—¡Más fuerte, pendejito! ¡Dame todo! —gritaba ella, voz entrecortada. Él aceleró, sudor chorreando, mezclándose con los granitos pegajosos. El clímax se acercaba: su concha apretaba rítmica, ordeñándolo. Marco gruñía como animal, —¡Me vengo, morra! —, y ella explotó primero, olas de placer sacudiéndola, jugos salpicando.

Él se derramó dentro, chorros calientes llenándola, cuerpos temblando en éxtasis compartido. Colapsaron juntos, respiraciones jadeantes, corazones galopando al unísono. El afterglow era dulce: besos perezosos, risas bajitas.

Ana trazó patrones con el quinoa seco en su pecho. —Pinche quinoa tri color, quién diría que sería afrodisíaco —dijo, y Marco rio, abrazándola fuerte.

Esto no es solo sexo, es conexión, sabores de vida compartida.

Se levantaron lento, pieles sensibles, duchándose juntos bajo agua caliente que lavaba el quinoa pero no el recuerdo. Esa noche, cenaron el resto, reviviendo cada bocado con miradas pícaras. El tri color quinoa se volvió su secreto, un ingrediente en su pasión eterna.

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