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Tragos para Probar en Tu Piel

7287 palabras

Tragos para Probar en Tu Piel

La noche en la cantina de Polanco estaba viva neta, con el olor a mezcal ahumado flotando en el aire y el sonido de risas mezclándose con el mariachi que tocaba en la esquina. Tú entraste con esa camisa ajustada que te hace ver como un pinche galán, el corazón latiéndote fuerte porque sabías que esta salida con Ana iba a ser algo más que unas cheves. Ella ya estaba ahí, sentada en la barra, con un vestido rojo que se pegaba a sus curvas como si fuera hecho para provocarte. Sus ojos negros te clavaron cuando te vio, y sonrió con esa picardía mexicana que te pone la piel chinita.

Qué chingón verte aquí wey, te dijo mientras te daba un beso en la mejilla que duró un segundo de más, su aliento cálido oliendo a limón y tequila. Tú te sentaste a su lado, ordenando dos tequilas reposados. La barra estaba llena de luces tenues, el hielo tintineando en los vasos, y el calor de su pierna rozando la tuya accidentalmente, o no tan accidental.

—Oye, ¿has probado los tragos para probar que tienen aquí? —preguntó ella, lamiéndose los labios mientras el bartender preparaba algo especial—. Dicen que el de mezcal con chocolate picante te deja temblando.

Tú asentiste, sintiendo ya el pulso acelerado en las venas.

Esta morra me va a volver loco
, pensaste, mientras el primer trago bajaba ardiente por tu garganta, despertando todos tus sentidos. El sabor era fuego dulce, como un beso prohibido, y Ana te miró fijo, como si estuviera midiendo cuánto aguantarías antes de romper la tensión.

La conversación fluyó fácil, hablando de la ciudad, de cómo el DF te chupa el alma con sus noches eternas. Pero cada sorbo era una excusa para que sus dedos rozaran los tuyos, para que su risa te vibrara en el pecho. Pidieron más tragos para probar: un margarita con hibisco que teñía sus labios de rosa, y ella te ofreció un trago directo de su boca, juguetona, empapando tu labio inferior con el sabor ácido y floral. El roce de su lengua fue eléctrico, un chispazo que te hizo apretar los muslos bajo la barra.

El ambiente se cargaba, el humo del mezcal mezclándose con el perfume de su piel, jazmín y sudor ligero. Tú sentías el calor subiendo desde tu estómago, expandiéndose hasta tu verga que ya empezaba a endurecerse con cada mirada suya. Ana se inclinó más cerca, su escote revelando la curva suave de sus chichis, y susurró:

—Vamos a otro lado carnal, estos tragos para probar me tienen caliente.

Tú pagaste la cuenta con manos temblorosas, el aire nocturno de la calle golpeándote fresco contra la cara ardiente cuando salieron. Tomaron un taxi hasta su depa en la Roma, el trayecto un infierno de caricias disimuladas: su mano en tu muslo subiendo lento, tus dedos en su nuca enredándose en su pelo negro azabache. El taxista ni cuenta se dio, o fingió no ver, mientras el deseo os apretaba como un puño.

En su departamento todo era luz suave de velas y música de Natalia Lafourcade de fondo, baja y sensual. Ana te jaló al sofá, sirviendo más tragos para probar de su botella privada: un mezcal con miel y chile que vertió en su dedo y te lo metió en la boca. Tú chupaste lento, saboreando la sal de su piel con el picor dulce, tus ojos en los suyos nublados de lujuria.

Neta esta mujer es puro fuego
, te dijiste, mientras la besabas por fin, profundo y hambriento.

Sus labios eran suaves como pétalos mojados, sabían a tequila y promesas. Tus lenguas bailaron, explorando, mientras tus manos bajaban por su espalda, sintiendo el calor de su cuerpo a través del vestido. Ella gimió bajito en tu boca, un sonido que te recorrió la espina dorsal como corriente. La desvestiste despacio, el vestido cayendo al piso con un susurro de tela, revelando su cuerpo desnudo, piel morena brillante bajo la luz, pezones duros como piedras de obsidiana.

—Tócame wey, no seas pendejo —te rogó con voz ronca, guiando tu mano a su panocha ya húmeda, resbalosa de deseo. Tus dedos se hundieron en ese calor líquido, oliendo a mujer excitada, almizcle dulce que te mareaba. Ella arqueó la espalda, clavándote las uñas en los hombros, mientras tú lamías su cuello, mordisqueando suave, saboreando el sudor salado mezclado con su perfume.

La tensión crecía como una tormenta, cada roce un trueno. La recostaste en el sofá, besando su camino abajo: pechos firmes que chupaste hasta que jadeó tu nombre, vientre plano temblando bajo tu lengua. Cuando llegaste a su entrepierna, el olor de su excitación te golpeó fuerte, embriagador. Lamiste su clítoris hinchado, lento al principio, luego rápido, sus muslos apretándote la cabeza mientras gritaba ¡chinga qué rico!. Sus jugos te empapaban la cara, sabor salado y dulce como el mejor trago.

Ana no se quedó atrás. Te quitó la camisa con urgencia, manos expertas bajando tus pantalones, liberando tu verga tiesa y palpitante.

Pinche verga dura como palo
, murmuró admirada, antes de metértela en la boca. El calor húmedo de su succión te hizo gemir, su lengua girando alrededor de la cabeza, tragándote profundo hasta que sentiste las bolas apretadas. El sonido chupante, sus jadeos, el roce de sus dientes suaves... todo te llevaba al borde.

Pero querían más. La cargaste al cuarto, cuerpos chocando, piel contra piel sudada. En la cama king size, con sábanas de algodón fresco, ella se montó encima, ojos fijos en los tuyos. —Fóllame ya, cabrón —exigió, empalándose en tu verga con un gemido largo. El estiramiento caliente, apretado, te envolvió completo, sus paredes pulsando alrededor. Cabalgó lento primero, caderas girando en círculos sensuales, chichis rebotando hipnóticos. Tú agarrabas sus nalgas firmes, sintiendo el músculo contraer bajo tus palmas, el slap slap de carne contra carne llenando la habitación.

El ritmo subió, feroz, sus uñas arañando tu pecho, tu boca en sus tetas chupando fuerte. Sudor goteaba de su frente al tuyo, mezclándose salado. ¡Más duro! ¡Sí así! gritaba, mientras tú embestías desde abajo, verga hundiéndose hasta el fondo, golpeando ese punto que la hacía temblar. El olor a sexo puro, almizcle y semen preeyaculatorio, el sonido de respiraciones jadeantes, piel resbalosa... todo explotaba.

El clímax llegó como avalancha. Ana se tensó primero, panocha contrayéndose en espasmos, gritando ¡me vengo cabrón!, jugos chorreando por tus bolas. Tú la seguiste segundos después, corriéndote dentro con un rugido gutural, chorros calientes llenándola mientras el mundo se volvía blanco. Pulsos y pulsos, hasta que colapsaron juntos, exhaustos, pegajosos.

En el afterglow, ella se acurrucó en tu pecho, dedo trazando círculos en tu piel húmeda. El cuarto olía a sexo y velas apagadas, el corazón latiéndoles en sincronía. —Esos tragos para probar fueron el mejor pretexto —susurró riendo bajito, besándote el hombro.

Tú sonreíste, acariciando su pelo revuelto.

Neta esta noche cambia todo
, pensaste, mientras el sueño los envolvía en paz caliente, sabiendo que habría más noches, más tragos, más piel por probar.

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