Molotov y El Tri Desatando Fuego en la Piel
El estadio vibraba como si el mismísimo tierra se estuviera partiendo en dos. Autódromo Hermanos Rodríguez lleno hasta reventar, luces estroboscópicas cortando la noche como navajas y ese olor a cerveza derramada mezclándose con el humo de los churros y el sudor de miles de cuerpos apretujados. Yo, con mi playera negra ajustada de Molotov, jeans rotos en las rodillas y botas que ya pedían retiro, me abrí paso entre la multitud. Neta, no me lo creía: Molotov y El Tri juntos en un mismo cartel. Era la neta del planeta, carnal.
La adrenalina me corría por las venas como tequila puro. Me subí a los hombros de mi compa Lupe, que gritaba como loca mientras El Tri abría con "Triste Canción de Amor". Alex Lora soltando su voz ronca, esa que te eriza la piel, y la gente saltando como posesos. Bajé de un brinco cuando Molotov subió al escenario. Tito Fuentes escupiendo letras cabronas en "Gimme Tha Power", y el público coreando como si fuera un himno revolucionario. Ahí fue cuando lo vi. Alto, moreno, con tatuajes asomando por las mangas de su camiseta desteñida de El Tri, cabello revuelto y una sonrisa pendeja que me clavó los ojos.
¿Quién chingados es este vato? Neta, con esos brazos que parecen hechos para cargarte toda la noche.
Nuestras miradas se cruzaron en medio del mosh. Él levantó la ceja, yo le guiñé el ojo. La música retumbaba en mi pecho, el bajo haciendo que sintiera cada latido en el ombligo. Me acerqué bailando, rozando cuerpos sin querer, hasta que quedé pegada a él. Olía a jabón barato, cigarro y algo más, como tierra mojada después de la lluvia. "¡Qué chido tu flow, morra!", gritó por encima del ruido. Su aliento cálido en mi oreja me hizo un cosquilleo que bajó directo al estómago.
Acto primero de esta pinche locura: nombres. Yo, Karla. Él, Diego. Bailamos pegados mientras Molotov soltaba "Puto". Sus manos en mi cintura, firmes pero sin apretar de más. Sentía el calor de su piel a través de la tela, el roce de sus dedos jugando con el borde de mi playera. El sudor nos unía, resbaloso y pegajoso. "¡Vamos por unas chelas!", propuso, y neta, no lo pensé dos veces. Caminamos hacia la zona VIP que unos carnales le habían pasado, riendo de las letras cabronas que seguían tronando en los bocinas.
La segunda chela ya nos tenía más sueltos. Nos sentamos en unas gradas improvisadas, piernas tocándose. Hablamos de todo: de cómo Molotov y El Tri nos habían marcado la infancia, de conciertos pasados donde casi nos mueren aplastados, de la vida en la CDMX que te chinga pero te hace libre. Sus ojos cafés me devoraban despacio, y yo sentía un calor subiendo por mis muslos.
Pinche Diego, con esa boca que promete pecados. ¿Y si le digo que lo quiero ya?Pero no, la tensión era chida, como el solo de guitarra que se alarga antes del clímax.
El concierto avanzaba, la noche se ponía más espesa. Bajamos de nuevo al piso, ahora más cerca del escenario. El Tri cerraba con "Abuso de Autoridad", y Diego me jaló contra su pecho. Su corazón latía fuerte contra mis tetas, el ritmo de la batería sincronizándose con el mío. Sus manos bajaron a mis caderas, apretando justo lo suficiente para que sintiera su verga endureciéndose contra mi panza. Gemí bajito, perdida en el olor de su cuello, salado y masculino. "Estás cañona, Karla", murmuró, labios rozando mi oreja. Yo le mordí el lóbulo suave, saboreando el gusto metálico de su arete.
La multitud nos mecía como olas. Sus dedos se colaron por debajo de mi playera, acariciando la piel de mi espalda baja, enviando chispas hasta mi clítoris. Yo le clavé las uñas en los brazos, sintiendo los músculos tensos bajo la tinta. La música subía de volumen, y nosotros con ella. Cuando Molotov regresó para el encore con "Frijolero", explotamos en un beso. Lenguas enredadas, húmedas y urgentes, sabor a cerveza y deseo puro. Sus manos amasaban mi culo por encima del jeans, y yo restregaba mi monte contra su paquete, sintiendo lo grande y duro que estaba.
No aguanto más. Quiero que me coja aquí mismo, con todo el pinche estadio como testigo.
Pero no, Diego era listo. "Vamos a mi depa, está cerca", jadeó separándose un segundo. Asentí, la sangre ardiéndome en las venas. Salimos entre la euforia final, el encore retumbando atrás. En su moto, el viento azotándonos, sus manos en mis muslos acelerando todo. Llegamos a un depa chido en la Roma, luces tenues y posters de rock en las paredes. Apenas cerramos la puerta, nos arrancamos la ropa como animales.
Sus labios bajaron por mi cuello, chupando y mordiendo hasta dejarme marcas rojas. Olía a su colonia mezclada con sudor fresco. Lo empujé al sofá, me subí encima, sintiendo su piel caliente contra la mía. Mis tetas rebotaban mientras lo besaba, sus manos expertas pellizcando mis pezones duros como piedras. "¡Qué rico mamas, Karla!", gruñó, y yo me arqueé gimiendo. Bajé la mano, liberé su verga gruesa, palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. La acaricié despacio, sintiendo las venas hinchadas, el calor que emanaba.
Él me volteó, boca en mi pussy ya empapada. Su lengua lamía lento al principio, saboreando mis jugos salados, luego rápida como un riff de guitarra. Gemí fuerte, piernas temblando, olor a sexo llenando el aire. "¡Más, pendejo, no pares!", le ordené, jalándole el pelo. Me corrió así, olas de placer rompiéndome en pedazos, el cuerpo convulsionando sobre su cara.
Ahora mi turno. Lo puse de rodillas, tragué su verga hasta la garganta, sintiendo cómo se hinchaba más. Sabor salado y almizclado, venas pulsando en mi lengua. Él jadeaba, manos en mi cabeza guiándome sin forzar. "¡Chingón, morra, qué boca!". Lo llevé al borde, pero lo paré. "Adentro, Diego. Quiero sentirte romperme".
Me tiró en la cama, piernas abiertas. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Gemimos juntos, piel contra piel resbalosa de sudor. El ritmo empezó lento, profundo, como un blues de El Tri, luego furioso como Molotov en pleno grito. Sus embestidas me clavaban al colchón, tetas saltando, clítoris rozando su pubis. Olía a nosotros, sexo crudo y sudor. "¡Más fuerte, cabrón!", rogaba, uñas en su espalda dejando surcos rojos.
Cambié de posición, a cuatro, él atrás azotando mis nalgas con palmadas que ardían chido. Su verga golpeando mi G, bolas chocando contra mi clítoris. El cuarto lleno de slap-slap-slap y nuestros gritos. Sentí el orgasmo construyéndose, una bomba a punto de estallar. "¡Me vengo, Karla!", rugió, y yo exploté con él, paredes apretándolo mientras chorros calientes me llenaban. Colapsamos, jadeando, cuerpos enredados en sábanas húmedas.
Después, en la penumbra, fumando un cigarro compartido, con el eco de Molotov y El Tri aún en la cabeza. Su cabeza en mi pecho, dedos trazando mis curvas. "Neta, Karla, esto fue épico". Yo sonreí, besando su frente.
Pinche noche de rock que terminó en rock personal. Mañana quién sabe, pero esta fue nuestra canción.El sol asomaba, prometiendo más ritmos, más fuegos. Pero por ahora, el afterglow bastaba, pieles calmadas, almas saciadas.