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Pasión Ardiente con Carlos Valerio de El Tri

6825 palabras

Pasión Ardiente con Carlos Valerio de El Tri

El estadio retumbaba con los acordes salvajes de El Tri, esa banda que me ha hecho vibrar desde chava. El sudor del público se mezclaba con el olor a cerveza y tabaco, mientras las luces parpadeaban como relámpagos sobre el escenario. Ahí estaba él, Carlos Valerio, el guitarrista con esa mirada de diablo que me ponía la piel chinita. Sus dedos volaban sobre las cuerdas, sacando riffs que me erizaban hasta el alma. Yo, parada en la zona VIP que gané en un concurso de la radio, no podía quitarle los ojos de encima. Órale, qué hombre, pensé, sintiendo un calor subirme por el vientre.

La neta, nunca imaginé que esa noche cambiaría todo. Carlos, con su cabello revuelto y esa playera negra pegada al torso por el sudor, parecía un dios pagano. Cuando cantaron "Triste canción de amor", su voz ronca me caló hondo, como si me hablara directo a mí. Mi corazón latía al ritmo de la batería, y entre mis piernas sentía esa humedad traicionera que no podía ignorar. Al final del concierto, el público enloqueció, pero yo solo quería acercarme a él, oler su esencia masculina mezclada con el humo de los reflectores.

De repente, un roadie me jaló del brazo. "Óyeme, güerita, Carlos quiere conocerte. Ganaste el meet and greet". Mi pulso se aceleró como si hubiera tomado un trago de tequila puro.

¿Esto está pasando de veras? ¿Carlos Valerio, el carnal de El Tri, queriendo charlar conmigo?
Caminé por el pasillo oscuro del backstage, el eco de mis tacones resonando contra las paredes grafiteadas. El aire estaba cargado de adrenalina, y al entrar a la sala privada, ahí lo vi, recargado en una mesa con una chela en la mano.

"Qué onda, reina", dijo con esa sonrisa pícara que me derritió. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis jeans ajustados y la blusa escotada. "Soy Carlos Valerio, pero tú ya lo sabes, ¿verdad?". Extendió la mano, y cuando la tomé, su piel áspera por las cuerdas de la guitarra me envió una descarga eléctrica directo al coño. Olía a hombre de verdad: sudor fresco, colonia barata y un toque de marihuana que flotaba en el aire.

Nos sentamos a platicar. Hablamos de la banda, de cómo El Tri ha sido su vida desde los veinte, de giras locas por todo México. Yo le conté de mi curro en una disquera, de cómo sus rolas me han acompañado en noches solitarias. La tensión crecía con cada risa, cada roce accidental de rodillas. "Neta, tus solos en 'Abuso de Autoridad' me prenden cañón", le solté, y él se carcajeó, acercándose más. Su aliento cálido rozó mi oreja cuando susurró: "¿Quieres que te toque uno en privado?". Mi cuerpo respondió antes que mi boca, con un sí que salió como gemido.

Salimos del estadio en su camioneta vieja, con el estéreo a todo volumen poniendo "Piedra de Anillo". La ciudad nocturna de México pasaba borrosa por las ventanas, luces de neón reflejándose en su perfil anguloso. En su depa en la Condesa, todo era caos rockero: posters de El Tri en las paredes, guitarras por todos lados, un olor a incienso y cuero viejo. Me sirvió un trago de mezcal, y brindamos. "Por las noches que no se olvidan", dijo, y sus labios rozaron los míos en un beso tentativo.

El beso explotó como dinamita. Sus manos grandes me acunaron la nuca, su lengua invadió mi boca con sabor a humo y licor. Gemí contra él, sintiendo su verga dura presionando mi muslo. "Chingao, qué rico sabes", murmuró, mientras sus dedos bajaban por mi espalda, desabrochando mi bra. Mi piel ardía bajo su toque, pezones endureciéndose al aire fresco. Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas, frotándome contra su bulto. El roce era delicioso, mi clítoris hinchado rogando más.

Nos desnudamos con urgencia, ropa volando por el aire. Su cuerpo era puro músculo trabajado en el escenario: pecho velludo, abdomen marcado, esa verga gruesa y venosa que se erguía orgullosa. La tomé en mi mano, sintiendo su calor palpitante, el olor almizclado de su excitación inundándome las fosas nasales. "Mamámela, reina", pidió con voz ronca, y yo obedecí, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando su precum salado. Él gruñó, enredando dedos en mi pelo, guiándome con gentileza. El sonido de su placer, esos jadeos guturales, me mojaba más.

Me levantó como pluma, llevándome a la cama. Su boca devoró mis tetas, chupando pezones con hambre, mordisqueando lo justo para hacerme arquear. Bajó por mi vientre, besando cada centímetro, hasta enterrar la cara en mi panocha empapada. "Estás chingona de húmeda, carnala", dijo antes de lamer mi clítoris con maestría. Lengua experta girando, dedos hundiéndose en mí, curvándose contra mi punto G. Grité, piernas temblando, el placer subiendo como ola imparable. Oí mis propios jugos chapoteando bajo su asalto, olí mi aroma dulce mezclado con el suyo.

Pero quería más. "Cógeme ya, Carlos", supliqué, y él se posicionó, frotando su verga contra mis labios hinchados. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Dios, qué llena me siento, pensé, uñas clavándose en su espalda. Empezó a bombear, lento al principio, mirándome a los ojos con esa intensidad que solo un rocanrolero tiene. El colchón crujía, piel contra piel en slap slap rítmico, sudor perlando nuestros cuerpos.

La intensidad creció. Me volteó a cuatro patas, agarrando mis caderas, penetrándome profundo. Cada embestida rozaba mi próstata interna, enviando chispas por mi espina. "¡Más duro, pendejo!", grité juguetona, y él obedeció, azotando mi culo con palmadas que ardían placenteras. Su mano bajó a mi clítoris, frotando en círculos, mientras su verga me taladraba. Sentía su saco golpeando mi piel, su respiración agitada en mi oreja.

Esto es puro fuego, puro El Tri en mi sangre
.

El clímax nos alcanzó juntos. Yo exploté primero, coño contrayéndose en espasmos, gritando su nombre mientras jugos corrían por mis muslos. Él rugió, llenándome con chorros calientes, cuerpo convulsionando sobre el mío. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su peso era reconfortante, su corazón martillando contra mi espalda.

Después, en la penumbra, fumamos un cigarro compartido, cuerpos entrelazados. "Eres increíble, ¿sabes?", murmuró, besando mi hombro. Hablamos bajito de sueños, de cómo la música nos une. No hubo promesas, solo esa conexión carnal y alma que dejan las mejores folladas. Al amanecer, me fui con una sonrisa, el eco de sus riffs y su verga aún latiendo en mí. Carlos Valerio de El Tri no era solo un ídolo; esa noche, fue mi amante perfecto, mi fuego personal.

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