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John Newman Try la Pasión Mexicana

6759 palabras

John Newman Try la Pasión Mexicana

La noche en la Condesa estaba viva, con ese rumble de música electrónica mezclándose con risas y el tintineo de botellas de chela. Yo, Sofía, de veintiocho pirulos, acababa de llegar con mis morras al bar más chido de la colonia. Vestida con un vestido negro ajustadito que me marcaba las curvas justito, sentía el aire cálido pegándome en la piel, oliendo a jazmín y a tacos de la calleta. Mis amigas ya andaban en su pedo, bailando como locas, pero yo solo quería una michelada fría para bajar el calor que traía del día.

Ahí lo vi. Un güero alto, de ojos verdes como el mar de Cancún, con una sonrisa pícara que te hacía mojar de solo pensarlo. Estaba con un grupo de cuates gringos, riendo a carcajadas. Uno de ellos le dio una palmada en la espalda y gritó por encima de la música: "John Newman try your luck with that hot Mexican chica over there!" Él volteó, sus ojos se clavaron en los míos como si ya supiera que esa noche íbamos a acabar enredados. Me guiñó un ojo y se acercó, con ese paso seguro de quien sabe lo que quiere.

—Hola, soy John Newman —dijo con acento inglés suave, extendiendo la mano. Su piel era cálida, áspera por el trabajo o el gym, y olía a colonia cara mezclada con sudor fresco. Neta, mi pulso se aceleró al toque.

—Sofía —respondí, apretando su mano un segundo más de lo necesario, sintiendo esa electricidad que te recorre la espalda.

Charlamos de todo: de la vida en la CDMX, de cómo él era DJ invitado esa semana, de lo chido que era el picante mexicano. Me invitó una chela, y mientras platicábamos, su rodilla rozaba la mía bajo la mesa. Cada roce era como una chispa, haciendo que mi piel se erizara.

¿Qué wey, Sofía? ¿Ya te estás imaginando sus manos en tu cuerpo?
pensé, mordiéndome el labio.

La tensión crecía con cada sorbo. La música nos jaló a la pista, y bailamos pegaditos. Sus caderas contra las mías, el calor de su pecho pegado a mi espalda. Sentía su aliento en mi cuello, caliente y con sabor a menta, mientras sus manos bajaban despacito por mi cintura. Órale, qué rico se sentía ese güero. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano, y entre mis piernas ya había un calor húmedo que me traía loca.

—¿Quieres salir de aquí? —me susurró al oído, su voz ronca vibrando en mi piel.

Neta? Vamos —contesté, jalándolo de la mano. Afuera, el aire fresco de la noche contrastaba con el fuego que traíamos adentro. Tomamos un Uber hasta su depa en Polanco, un lugar fancy con vista a los edificios iluminados. Apenas cerramos la puerta, sus labios cayeron sobre los míos.

El beso fue puro fuego: su lengua explorando mi boca con hambre, saboreando a tequila y deseo. Lo empujé contra la pared, mis uñas clavándose en su camisa mientras la arrancaba. Su pecho era firme, cubierto de vello suave que olía a hombre puro. Bajé las manos a su pantalón, sintiendo lo duro que ya estaba, palpitando bajo la tela. ¡Puta madre, qué vergón tan choncho!

Me cargó como si no pesara nada y me llevó al sillón de piel. Me quitó el vestido de un jalón, dejando mis tetas al aire. Sus ojos se oscurecieron de lujuria mientras lamía mis pezones, chupándolos con esa succión que me hacía arquear la espalda. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca. El olor de mi propia excitación llenaba el aire, mezclado con su sudor salado.

Esto es lo que necesitaba, un wey que me coja como se debe, sin pendejadas
, pensé mientras mis dedos se enredaban en su pelo.

Lo desvestí completo, admirando su cuerpo atlético, marcado por horas en el gym. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con la punta ya brillando de precum. Me arrodillé, queriendo probarlo. La tomé en la boca despacio, sintiendo su calor y el sabor salado en mi lengua. John gruñó, sus caderas empujando suave. Chúpala rica, Sofía, me dije, acelerando el ritmo, mis labios estirándose alrededor de su grosor. Él jadeaba, sus manos guiando mi cabeza con ternura pero firmeza.

—Para, o me vengo ya —dijo entre dientes, jalándome arriba. Me recostó en el sillón, besando mi cuello, bajando por mi vientre hasta mi concha empapada. Su lengua era mágica: lamió mis labios mayores, chupó el clítoris con succiones perfectas. Sentí sus dedos abriéndome, entrando y saliendo, curvándose justo en ese punto que me hace ver estrellas. El placer subía como ola, mis muslos temblando, el sonido de mis jugos chapoteando con cada embestida de sus dedos. Olía a sexo puro, a mujer en celo.

—¡Ay, cabrón, no pares! —grité, mis caderas moviéndose solas contra su cara. El orgasmo me pegó fuerte, un estallido que me dejó temblando, chorros calientes mojando su barbilla.

Pero no paró ahí. Me volteó boca abajo, su cuerpo cubriendo el mío. Sentí la punta de su verga rozando mi entrada, caliente y resbalosa. Consensual, mutuo, todo chido, pensé mientras asentía con la cabeza.

—Entra despacio, papacito —le pedí.

Empujó, llenándome centímetro a centímetro. ¡Qué rico! Su grosor me estiraba delicioso, tocando fondo. Empezó a moverse, lento al principio, cada embestida mandando ondas de placer por mi espina. El slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi clítoris, sus gemidos roncos en mi oído. Sudábamos juntos, el olor almizclado envolviéndonos. Aceleró, cogiéndome más duro, mis tetas rebotando con cada thrust.

Cambié de posición: me subí encima, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis caderas, guiándome mientras yo subía y bajaba, sintiendo su verga pulsar adentro. Miré sus ojos, perdidos en éxtasis, y me incliné para besarlo, saboreando mis propios jugos en su boca. La tensión crecía, mis paredes apretándolo, su respiración entrecortada.

Ya viene, ya lo siento, dame todo, John
.

—Me vengo —gruñó él, y sentí su verga hincharse, chorros calientes llenándome mientras yo explotaba otra vez, mis uñas clavadas en su pecho, gritando su nombre.

Colapsamos juntos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en mi hombro. El cuarto olía a sexo satisfecho, a promesas de más noches. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero nosotros en nuestro mundo.

—Eso fue increíble, Sofía —dijo, acariciando mi pelo.

—Neta, güey. John Newman try fue un éxito total —respondí riendo, acurrucándome en su pecho. Esa noche no fue solo cogida; fue conexión, fuego que quema pero deja huella buena. Mañana quién sabe, pero por ahora, puro afterglow chingón.

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