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La Pasión del Tri Color Pitbull

7049 palabras

La Pasión del Tri Color Pitbull

Estaba caminando por las calles de Polanco esa tarde soleada, con el olor a tacos al pastor flotando en el aire y el bullicio de los coches zumbando de fondo. Neta, necesitaba desconectar del pinche trabajo en la agencia, así que me puse mis leggings ajustados y una blusa escotada que me hacía sentir chida. De repente, lo vi: un vato alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo su camiseta negra pegada al cuerpo como si fuera su segunda piel. Pero no era solo él; a su lado trotaba un tri color pitbull impresionante, con su pelaje negro, blanco y café brillando bajo el sol, la lengua colgando juguetona.

El perro se me acercó olfateando mis piernas, su hocico húmedo rozándome la piel de los muslos. Sentí un escalofrío, no de miedo, sino de esa vibra salvaje que transmitía.

¿Qué wey tan guapo este perrón y su dueño?
pensé, mientras el vato tiraba de la correa con una sonrisa pícara.

Órale, carnala, no te preocupes, Rocky es puro amor. Solo te está diciendo hola —dijo él, con voz grave y ronca que me erizó la nuca. Sus ojos cafés me escanearon de arriba abajo, deteniéndose en mis chichis. Me mordí el labio.

Pues qué chido tu tri color pitbull, wey. Se ve bien fuerte, como tú —le contesté coqueta, inclinándome para rascarle las orejas al perro. Rocky jadeó feliz, su cola golpeando el aire con un zap zap rítmico.

Se llamaba Alex, vivía a unas cuadras en un depa moderno con vista al parque. Charlamos mientras caminábamos, él contando cómo rescató a Rocky de un mal lugar y lo entrenó para que fuera el rey de la casa. Su aroma a colonia fresca mezclada con sudor masculino me volvía loca, y cada vez que su brazo rozaba el mío, sentía chispas en la piel.

¿Quieres pasar a conocer su territorio? —me invitó, con esa mirada que gritaba quiero comerte. No lo pensé dos veces. Neta, el deseo ya me picaba entre las piernas.

El depa era padre: muebles de piel, una terraza con plantas y el tri color pitbull acomodándose en su cama gigante en la sala. Alex sacó unas chelas frías del refri, el psssht al abrirlas rompiendo el silencio cargado. Nos sentamos en el sofá, Rocky roncando bajito a nuestros pies, su pecho subiendo y bajando como un motor tranquilo.

—Eres bien buena onda, güera. Me traes loco desde que te vi —murmuró, acercándose. Su aliento cálido olía a menta y cerveza, sus dedos gruesos trazando mi brazo desnudo. Sentí mi piel erizarse, el corazón latiéndome en la garganta.

Yo lo miré fijo,

Este wey me va a partir en dos y lo quiero ya
. —Entonces haz algo al respecto, pendejo —le retoqué juguetona, tirando de su camiseta. Se la quitó de un jalón, revelando un torso esculpido, tatuajes tribales bajando por sus abdominales hasta perderse en el pantalón. Olía a hombre puro, a testosterona y jabón.

Sus labios cayeron sobre los míos como un rayo, besos hambrientos, lenguas enredándose con sabor a sal y deseo. Sus manos grandes me amasaron las nalgas, apretándome contra su dureza que ya palpitaba contra mi vientre. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca. Rocky levantó la cabeza un segundo, nos miró con ojos curiosos y volvió a dormirse, como si aprobara el show.

Me cargó como si no pesara nada, sus bíceps flexionándose bajo mis palmas sudorosas. En la recámara, la luz del atardecer pintaba todo de naranja, el aire cargado con nuestro olor a excitación. Me tumbó en la cama king size, las sábanas frescas rozando mi espalda desnuda mientras me quitaba la blusa. Sus ojos devoraban mis tetas, pezones duros como piedras.

Eres una diosa, carnala —gruñó, bajando la boca a chuparme un pezón. Sentí su lengua áspera girando, dientes rozando justo lo suficiente para que un rayo de placer me atravesara directo al clítoris. Jadeé, arqueándome, mis uñas clavándose en su espalda ancha. Olía a su sudor fresco, a piel caliente tostándose.

Le bajé el pantalón con manos temblorosas, su verga saltando libre: gruesa, venosa, la cabeza brillando de precum. ¡Madre santa! La tomé en la mano, piel suave sobre acero duro, palpitando contra mi palma. Él gimió ronco, un sonido animal que me mojó más.

Chúpamela, güera —pidió, y yo obedecí feliz. Me arrodillé, el suelo alfombrado suave bajo mis rodillas. Lamí desde la base hasta la punta, sabor salado y almizclado inundándome la boca. Lo succioné profundo, garganta relajada, sus caderas empujando suave mientras me agarraba el pelo. Glug glug, mis labios estirados, saliva chorreando. Él jadeaba, "¡Qué rico, wey!", su voz quebrándose.

Pero quería más. Lo empujé a la cama, montándome encima como una amazona. Su verga rozó mi entrada empapada, labios hinchados abriéndose para él. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndome llena, estirada al límite. Aaah, el placer quemándome por dentro, paredes apretándolo como guante. Empecé a moverme, caderas girando, tetas rebotando con cada plaf plaf de piel contra piel.

Alex me clavó los dedos en las caderas, guiándome más rápido. Sudor nos cubría, goteando entre mis chichis, su pecho reluciente. El cuarto olía a sexo puro: almizcle, fluidos, nuestro sudor mezclado. Gemidos subían de volumen, los míos agudos, los suyos guturales como gruñidos de su tri color pitbull.

¡Más duro, cabrón! —le grité, cabalgándolo salvaje. Él se incorporó, mamándome las tetas mientras embestía desde abajo, su pubis frotando mi clítoris en chispas de fuego. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre, pulsos acelerados en mi coño apretándolo.

De fondo, Rocky ladró una vez, como animándonos, su cola golpeando la puerta entreabierta. Eso me empujó al borde. ¡Me vengo! Explosé, temblores sacudiéndome, jugos chorreando por sus bolas. Él rugió, "¡Sí, güera!", y se vació dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo convulsionando bajo el mío.

Nos quedamos pegados, jadeando, pieles resbalosas unidas. Su corazón tronaba contra mi pecho, el mío igual de desbocado. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el afterglow. Rocky entró trotando, saltó a la cama y se acurrucó a nuestros pies, su pelaje tri color cálido rozándonos las piernas.

Eres increíble, Alex. Tu tri color pitbull y tú... el paquete perfecto —susurré, acariciando su pecho mientras el sol se ponía, tiñendo todo de púrpura.

Él rio bajito, apretándome más.

Esto no es el fin, carnala. Apenas empieza la fiereza
. Sentí su verga endurecerse otra vez contra mi muslo, prometiendo rondas más. El aire aún cargado de nuestro aroma, el perro roncando satisfecho, y yo, flotando en esa paz post-orgásmica, sabiendo que había encontrado mi nueva adicción en Polanco.

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