Difícil el Tri en la Cama
Estaba sola en mi depa en la Condesa, con el volumen del tele a todo lo que daba. Era uno de esos partidos de eliminatoria donde el Tri la estaba pasando cabrón. México contra un rival pesado, y los chavos corrían como poseídos pero no caía gol. El sudor me perlaba la frente, no solo por el calor de la tarde, sino por la tensión que se masticaba en el aire. Olía a chelas frías que me había echado pa' aguantar los nervios, y el grito de los vecinos se colaba por la ventana abierta.
Qué difícil el Tri hoy, wey, pensé mientras me acomodaba en el sillón de piel sintética que crujía bajo mis shorts cortitos. Llevaba una playera floja del Tri, sudada ya, pegada a mis tetas que se marcaban con cada respiración agitada. Tenía 28 pirulos, soltera por elección, pero noches como esta me ponían cachonda sin razón. El pulso del estadio en la tele vibraba en mi piel, como si yo estuviera ahí en la banca.
De repente, toquido en la puerta. Abrí y ahí estaba Diego, mi vecino del depa de al lado, con su camiseta del Tri empapada, el pelo revuelto y esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. "Karla, ¿estás viendo el partido? ¡No mames, qué difícil el Tri! Mi tele se descompuso, ¿me dejas entrar?" Su voz ronca, con ese acento chilango que me erizaba la piel.
"Pásale, wey, pero trae chelas o algo", le dije coqueta, oliendo su aroma a hombre sudado mezclado con colonia barata. Entró y se dejó caer a mi lado en el sillón, tan cerca que su muslo rozó el mío. El calor de su cuerpo era como una fogata, y el partido seguía: un tiro desviado, el portero rival imbatible. "Neta, está difícil el Tri", murmuró él, pasándome una chela helada. Nuestros dedos se tocaron, y sentí un chispazo que me subió por el brazo directo al entrepierna.
Acto uno del deseo: platicamos de fútbol, pero los ojos se nos clavaban más en el otro que en la pantalla. Diego era guapo, moreno, con brazos fuertes de tanto ir al gym y jugar fut en las canchas del parque. "Tú siempre tan fanática, Karla. Se te nota en la cara lo caliente que te pones con estos partidos", dijo riendo, y su mano rozó mi rodilla "sin querer". Yo no la quité. El olor a su sudor fresco me invadía, mezclado con el mío propio, un perfume primitivo que aceleraba mi pulso.
La tensión del juego subía: amarilla al rival, córner para México. Gritamos juntos, y en el empujón de euforia, su brazo me rodeó la cintura.
¡Qué rico se siente su calor contra mí! ¿Será el partido o él lo que me tiene así de mojada?Pensé, mordiéndome el labio. Sus ojos verdes me devoraban, bajando a mi escote donde mis pezones se endurecían bajo la tela fina.
El medio tiempo llegó como salvación. Nos quedamos callados un segundo, respirando pesado. "Hace un chingo de calor, ¿no?", dijo él quitándose la playera. Su torso desnudo brillaba, pectorales marcados, un vientre plano con vello que bajaba tentador hacia su short de fut. Yo tragué saliva, sintiendo el sabor salado de mi propia excitación en la boca seca. "Sí, un desmadre", respondí, y sin pensarlo me quité la mía también, quedando en bra deportivo. Sus pupilas se dilataron, y el aire se cargó de electricidad.
Acto dos, la escalada: su mano volvió a mi rodilla, subiendo lenta por el interior del muslo. Mi piel ardía al toque, erizada como si miles de hormigas danzaran. "Karla, desde que te vi en el elevador... neta me traes loco", confesó con voz grave, mientras el segundo tiempo arrancaba con un contragolpe fallido. Difícil el Tri, pero más difícil ignorar el bulto que crecía en su short, presionando contra mi cadera. Lo miré, audaz: "¡Pendejo, ni lo disimules!" Reí, pero mi mano ya exploraba su pecho, sintiendo el latido desbocado bajo la piel caliente.
Nos besamos con hambre, labios chocando como en un choque de cuerpos en el área. Su lengua invadió mi boca, saboreando a chela y deseo puro, mientras sus manos desabrochaban mi bra. Mis tetas libres saltaron, pezones duros rozando su torso. Gemí contra su boca, el sonido ahogado por el rugido del comentarista: "¡Qué oportunidad para Chicharito!" Pero el tiro se fue por arriba. Igual que mi cabeza, volando.
Diego me recostó en el sillón, su boca bajando a mi cuello, lamiendo el sudor salado que corría por mi clavícula. Olía a sexo inminente, ese aroma almizclado de panochas húmedas y vergas erectas. Sus dedos colaron por mi short, encontrando mi concha empapada. "Estás chorreando, mamacita", gruñó, frotando mi clítoris con círculos lentos que me hacían arquear la espalda. El tacto era fuego líquido, cada roce enviando ondas de placer que me contraían los muslos. Yo agarré su verga por encima del short, dura como fierro, palpitante bajo mi palma. "Quítatelo todo, wey", le ordené jadeante.
Desnudos ya, piel contra piel resbalosa de sudor. El sillón crujía con nuestros movimientos, el tele de fondo con cánticos de "¡México!" que se mezclaban con mis gemidos. Él se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando hasta mi monte de Venus. Su aliento caliente me erizó los vellos púbicos. Lamida mi raja abierta, lengua danzando en mi botón hinchado, saboreando mis jugos dulces y salados. ¡Ay, cabrón, qué rico chupas! Pensé, enredando mis dedos en su pelo, empujándolo más adentro. El placer subía como la intensidad del partido: faltas, tarjetas, un penal que el Tri falló. Cada decepción en la cancha era un roce más profundo de su lengua en mí.
Lo jalé arriba, queriendo su verga dentro. "Métemela, Diego, ya no aguanto". Él se posicionó, la cabeza gruesa rozando mi entrada húmeda, untándose de mis mieles. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, uñas clavadas en su espalda musculosa. Empezamos a movernos, ritmo lento al principio, como el juego trabado. El slap-slap de carne contra carne, sudor goteando, olores intensos de sexo y pasión futbolera.
La intensidad creció: él me chingaba más duro, mis caderas subiendo a encontrar cada embestida. Mis tetas rebotaban, pezones rozando su pecho. "¡Más fuerte, pendejo! ¡Como si fuera el gol del Tri!" gritaba yo, perdida en el éxtasis. Él gruñía, mordiendo mi hombro suave, manos amasando mi culo. El clímax se acercaba, tensión en mi vientre como el minuto 90. De repente, en la tele: "¡Gooool de México!" El estadio explotó, y yo con él. Mi orgasmo me partió en dos, paredes contraídas ordeñando su verga, jugos salpicando. Diego se corrió segundos después, chorros calientes inundándome, rugiendo mi nombre.
Acto tres, el afterglow: colapsamos jadeantes, enredados en el sillón. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso en mis muslos. El Tri ganaba 1-0, pero nuestra victoria era más dulce. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el sudor mutuo. "Neta, Karla, qué difícil el Tri, pero contigo todo es chingón", murmuró él, acariciando mi pelo. Yo sonreí, sintiendo su corazón latir contra el mío.
El partido terminó en éxtasis colectivo fuera, cohetes y gritos. Nosotros nos quedamos ahí, desnudos y satisfechos, planeando la revancha para el próximo juego. La noche olía a sexo consumado, a promesas calientes. El Tri puede ser difícil, pero esta pasión no tiene fin, pensé, mientras su mano bajaba de nuevo, tentadora.