Los Beneficios Ardientes de la Bedoyecta Tri
Me sentía como un trapo viejo esa mañana. El trabajo en la oficina me tenía reventada, con los hombros tiesos y una flojera que no me dejaba ni disfrutar mi café. Ana, neta, tienes que probar los beneficios de la bedoyecta tri, me dijo mi compa Lupe mientras almorzábamos en el food truck de tacos al pastor. "Es pura vitamina B, cobalamina y un toque de diclofenaco para el dolor. Te sube la energía como si te hubieran enchufado a la luz". Le hice caso porque Lupe nunca falla con sus tips de farmacia. Pasé por la botica de la esquina y compré un par de inyecciones. Esa misma tarde, en el baño de la oficina, me la apliqué en el glúteo. Un piquetecito y ya.
Al principio no sentí nada, pero camino a casa, en el Metro abarrotado, algo cambió. Mi piel empezó a hormiguear, como si corrieran chispas por mis venas. El calor del vagón, los cuerpos pegados, el olor a sudor mezclado con perfume barato... de repente todo se sentía vivo. Mi corazón latía más fuerte, no de estrés, sino de una energía que me subía desde el estómago hasta los pechos. Miré mi reflejo en la ventana empañada y vi mis mejillas sonrojadas, los labios más carnosos.
¿Qué chingados es esto? Los beneficios de la bedoyecta tri pegan cañón, pensé, sintiendo un cosquilleo entre las piernas que me hizo apretar los muslos.
Llegué a mi depa en la Roma, un lugarcito chido con balcón y vista a los árboles. Marco, mi morro, ya estaba ahí, tirado en el sofá con una chela viendo el fut. Es alto, moreno, con esos brazos tatuados que me vuelven loca. "Qué onda, reina", me saludó con esa sonrisa pícara. Lo besé rápido, pero al rozar sus labios, fue como electricidad. Su barba raspando mi piel, el sabor salado de su boca... me mojé al instante. Me quité los zapatos y me estiré, sintiendo cada músculo despierto, elástico.
Acto uno completo: la chispa encendida. Cenamos unos guisados que pedimos por Rappi, pero yo no podía concentrarme. Cada bocado sabía más intenso: el picor del chile en la lengua, el jugo del pollo resbalando por mi garganta. Marco platicaba de su día en el gym, pero yo solo oía su voz grave, veía cómo se movían sus labios. Quiero lamerte entero, pensé, mientras mis pezones se endurecían contra la blusa. "Estás rara hoy, ¿no? Bien guapa y energética", dijo él, rozando mi mano. Su piel cálida contra la mía era fuego puro. Me levanté, lo jalé al sillón y me senté en sus piernas a horcajadas.
"¿Qué te traes, Ana?", murmuró, con las manos en mis caderas. Olía a jabón y hombre, ese aroma que me hace débil. "Nada, wey, solo que hoy me siento pinche viva", le contesté, mordiéndome el labio. Empecé a moverme lento, frotándome contra su entrepierna. Sentí cómo se ponía duro debajo de mis jeans. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando mi brasier con un chasquido. El aire fresco de la sala erizó mi piel desnuda. Gemí bajito cuando sus dedos rozaron mis tetas, pellizcando suave los pezones.
Esto es gracias a la bedoyecta, carnal. Energía infinita.
Lo besé con hambre, chupando su lengua como si fuera miel. Él gruñó, agarrándome el culo con fuerza. Me paré un segundo para quitarme la ropa, quedando en tanga. Él se desvistió rápido, su verga parada, gruesa, latiendo. La miré y salivó mi boca. Me arrodillé, el piso fresco contra mis rodillas, y la tomé en la mano. Caliente, venosa, el olor almizclado subiendo a mi nariz. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de pre-semen. Marco jadeó, enredando sus dedos en mi pelo. "¡Órale, Ana, qué rica!". Chupé más profundo, sintiendo cómo me llenaba la boca, el ritmo de su pulso en mi lengua.
Pero no quería acabar ahí. Los beneficios de la bedoyecta tri me tenían imparable. Lo empujé al sofá y me subí encima. Su verga rozó mi entrada húmeda, resbalosa. Bajé despacio, centímetro a centímetro, gimiendo por la presión deliciosa que me estiraba. ¡Qué chido! Llena hasta el fondo. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada roce interno. Mis jugos chorreaban por sus bolas, el sonido chapoteante llenando la sala. Él me amasaba las nalgas, azotando suave. "Más rápido, mi reina", pedía, y yo aceleré, mis tetas rebotando, sudor perlando mi piel.
El calor subía, mi clítoris frotándose contra su pubis. Olía a sexo, a nosotros: sudor salado, feromonas. Mis uñas en su pecho, dejando marcas rojas. Él se incorporó, chupando mi cuello, mordiendo el lóbulo de la oreja. Escalada perfecta. Cambiamos: él encima, embistiéndome profundo. Cada golpe era un trueno, mi coño apretándolo como guante. "¡Sí, así, pendejo! Dámelo todo!", grité, las piernas alrededor de su cintura. Sentía su corazón galopando contra el mío, respiraciones entrecortadas mezclándose.
El orgasmo me tomó por sorpresa primero. Ondas de placer desde el vientre, explotando en chispas por todo mi cuerpo. Grité su nombre, temblando, el coño contrayéndose alrededor de él. Marco no paró, siguió follando con más fuerza, prolongando mis espasmos. "¡Me vengo, Ana!", rugió, y sentí su leche caliente llenándome, chorro tras chorro. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa de sudor.
Pero wait, la bedoyecta no mentía. Cinco minutos después, mi cuerpo pedía más. Lo volteé, poniéndome a cuatro patas en la alfombra. "Otra vez, carnal. Hoy no paro". Él rio, aún duro. Me penetró desde atrás, agarrándome las caderas. El ángulo era brutal, tocando mi punto G directo. Sonidos de carne contra carne, mis gemidos roncos. Sudor goteando por mi espalda, él lamiéndolo. Esto es lo que necesitaba: vitalidad pura, deseo sin fin.
Me vine dos veces más, cada una más intensa, piernas temblando. Él explotó dentro de mí otra ronda, gruñendo como animal. Nos derrumbamos en la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. El aire olía a sexo crudo, sábanas revueltas. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón calmarse. "Qué te pasó hoy, amor? Estás como endemoniada, pero qué rico", murmuró, besándome la frente.
Sonreí, trazando sus músculos con el dedo.
Los beneficios de la bedoyecta tri, mi rey. Mañana te inyecto a ti. Nos quedamos así, en afterglow, con la ciudad zumbando afuera. Por primera vez en meses, me sentía completa, empoderada, lista para lo que viniera. Esa inyección no solo curó mi cuerpo; despertó mi fuego interior.