Estoy tratando de vender una casa
Estaba tratando de vender una casa en Polanco, una de esas joyas con jardín amplio y vista al skyline de la Ciudad de México. La neta, el mercado estaba chido, pero llevaba semanas sin ofertas serias. Yo, Ana, viuda reciente de treinta y tantos, necesitaba el varo para empezar de nuevo. Ese día, el sol pegaba fuerte, el aire olía a jazmín del jardín y a asfalto caliente. Me puse un vestido rojo ajustado, escotado lo justo para que notaran curvas sin parecer desesperada. Estoy tratando de vender una casa, me repetía en la cabeza mientras me maquillaba, pero algo en mí quería más que un cheque.
¿Y si esta vez el comprador es un galán? Neta, hace rato que no siento un hombre de verdad.
El timbre sonó a las tres en punto. Abrí la puerta y ahí estaba él: Marco, alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como el tequila añejo. Traía camisa blanca remangada, mostrando brazos fuertes de quien trabaja con las manos. Olía a colonia fresca, con un toque de sudor masculino que me erizó la piel.
—Hola, soy Marco, el que llamó por la casa —dijo con voz grave, extendiendo la mano. Su palma era cálida, áspera, y al apretarla sentí un cosquilleo que bajó directo a mis muslos.
—Pasa, carnal, te enseño todo —respondí, guiñándole un ojo. Lo llevé por la sala, con sus muebles de madera fina y cuadros modernos. El sol entraba por las ventanas altas, iluminando el polvo danzante en el aire. Caminaba detrás de mí, y juraba sentir su mirada en mi culo, meneándose con cada paso.
Subimos al segundo piso. La tensión crecía como el calor del mediodía. En la recámara principal, con su cama king size y sábanas de algodón egipcio, me detuve. El aroma de mi perfume vainillado se mezclaba con el suyo, creando una nube embriagadora.
—Esta es la pieza de resistencia —le dije, sentándome en la cama para demostrar lo suave—. Imagínate aquí con tu vieja, güey, noches de pasión sin fin.
Él se rio, pero se acercó. —Neta está chingona la casa. Pero tú... tú la haces más interesante.
Su aliento rozó mi cuello. Mi corazón latía como tamborazo en fiesta. Estoy tratando de vender una casa, pensé, pero mi cuerpo gritaba otra cosa. Me volteé, nuestras caras a centímetros. Sus labios carnosos, la barba incipiente raspando el aire entre nosotros.
—¿Quieres verla de verdad? —susurré, mi mano subiendo por su pecho firme.
Él no dijo nada, solo me jaló hacia él. Nuestros labios chocaron en un beso hambriento, lenguas danzando como en un baile de salsa prohibido. Sabía a menta y deseo puro. Sus manos grandes me apretaron la cintura, bajando a mis nalgas, amasándolas con fuerza. Gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes vacías.
Acto uno cerrado. Bajamos la intensidad un segundo, pero el fuego ya ardía.
En la cocina, con su isla de granito negro reluciente, le serví un vaso de agua con limón. Nuestras manos se rozaban adrede. —Cuéntame de ti —le pedí, sentándome en la encimera, piernas cruzadas, el vestido subiéndose un poco.
Marco se apoyó enfrente, ojos clavados en mis piernas. —Soy constructor, mija. Me gusta arreglar cosas... hacerlas perfectas. Esta casa ya lo es, pero tú... tú necesitas que alguien te revise bien.
¡Pendejo caliente! Me está volviendo loca con esa voz ronca. ¿Y si lo dejo probar? Solo un rato, para cerrar el trato.
La habitación se llenó de risas nerviosas. Me bajé de la encimera, pegué mi cuerpo al suyo. Sentí su verga dura contra mi vientre, gruesa, palpitante. —Pruébame entonces, le retoqué.
Me levantó como si nada, sentándome de nuevo en la fría piedra. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la clavícula. El vestido voló por los aires, quedando en brasier de encaje negro y tanga diminuta. Él se arrodilló, nariz hundida en mi entrepierna. Olía a mi excitación, almizcle dulce y salado.
—Qué rica hueles, Ana. Neta, esto es mejor que cualquier oferta —murmuró, lengua lamiendo por encima de la tela. Jadeé, uñas clavadas en su pelo negro revuelto. El sonido de su succión, húmedo y obsceno, me mojó más. Metió dedos adentro, curvándolos justo ahí, el punto que me hace ver estrellas. Grité su nombre, caderas moviéndose solas.
Pero no lo dejé acabar ahí. Lo jalé arriba, desabrochando su chamarra y camisa. Su pecho tatuado, pectorales duros como rocas. Lo besé todo, bajando al ombligo, desabrochando el cinturón. Su pito saltó libre, venoso, cabezota morada goteando precum. Lo chupé despacio, saboreando la sal, la vena latiendo en mi lengua. Él gruñía, manos en mi cabeza, follando mi boca suave.
—Para, o me vengo ya, cabrona deliciosa —jadeó.
Lo empujé a la sala, al sofá mullido. Me quité la tanga, montándolo a horcajadas. Su verga rozó mi coño empapado, labios hinchados abriéndose. Bajé lento, centímetro a centímetro, el estirón ardiente y perfecto. —¡Chingao, qué prieta estás! —rugió él, manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras.
Cabalgamos como locos. Piel contra piel chapoteando, sudor perlando nuestros cuerpos. Olía a sexo crudo, a jazmín pisoteado del jardín. Mis paredes lo ordeñaban, él embestía desde abajo, huevos golpeando mi culo. Gemidos subían de tono, eco en la casa vacía.
¡Estoy tratando de vender una casa, pero esto es lo que vendo de verdad: mi fuego, mi placer. Que se joda el contrato, dame más!
La intensidad creció. Cambiamos posiciones: él de pie, yo contra la pared de la sala, piernas enroscadas en su cintura. Me cogía profundo, brutal pero tierno, ojos en los míos. —Eres una diosa, Ana. Neta, compro la casa si me das esto siempre.
Reí entre jadeos. —Primero hazme correrme, pendejo.
Sus dedos en mi clítoris, frotando círculos rápidos. El orgasmo me golpeó como camión, cuerpo temblando, coño contrayéndose en espasmos. Grité, uñas arañando su espalda. Él siguió, gruñendo, hasta que se hinchó y eyaculó adentro, chorros calientes llenándome, goteando por mis muslos.
Colapsamos en el piso, alfombra suave bajo nosotros. Respiraciones agitadas, piel pegajosa de sudor y fluidos. El sol bajaba, tiñendo todo de naranja. Su mano acariciaba mi pelo, besos suaves en la frente.
—La compro, Ana. Pero con extras —dijo riendo.
Yo sonreí, cuerpo saciado, alma ligera. Estoy tratando de vender una casa, pero vendí algo más grande: mi libertad para gozar. La casa se fue, pero el recuerdo quema eterno.
Nos vestimos despacio, promesas en el aire. Al día siguiente firmamos, pero supimos que volveríamos por más. La vida en México es así: caliente, impredecible, llena de placeres inesperados.