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Trios Boleros de Pasión

5753 palabras

Trios Boleros de Pasión

La noche en el bar de Coyoacán olía a mezcal ahumado y a jazmín fresco que trepaba por las paredes de adobe. Yo, Ana, había llegado sola, con el corazón latiendo al ritmo de los trios boleros que llenaban el aire con sus voces roncas y melosas. "Bésame mucho", cantaban, y cada nota se me colaba por la piel como una caricia prohibida. Llevaba un vestido rojo ceñido que rozaba mis muslos con cada paso, y el calor de la multitud me hacía sudar justo donde no quería.

Me senté en la barra, pedí un tequila reposado, y ahí los vi. Eran dos de un trío bolero famoso en la zona: Javier, el más alto, con ojos negros como el obsidiana y una sonrisa pícara que prometía pecados; y Marco, moreno, con manos grandes de guitarrista que imaginaba perfectas para explorar curvas. El tercero del trío estaba en el escenario, pero ellos dos se acercaron con vasos en la mano, oliendo a colonia barata mezclada con sudor fresco del ensayo.

¿Qué chingados hago aquí, coqueteando con músicos? pensé, mientras Javier se inclinaba y su aliento cálido me rozaba la oreja. "Órale, preciosa, ¿vienes a escuchar trios boleros o a bailar con el diablo?", me dijo con esa voz grave que vibraba en mi pecho. Marco rio bajito, su rodilla tocando la mía bajo la barra, un roce casual que encendió chispas en mi vientre.

Hablamos de boleros, de cómo esas canciones hablaban de amores imposibles que terminaban en la cama. El tequila fluía, y pronto sus risas se mezclaban con las mías. Javier me contó de sus giras por pueblos donde las mujeres los esperaban con las piernas abiertas después del show. Marco, más callado, me miró fijo, como si ya supiera lo que mi cuerpo pedía a gritos.

La tensión crecía con cada canción. Sus manos rozaban las mías al pasar los vasos, y yo sentía el pulso acelerado en sus muñecas.

"Estos güeyes son puro fuego, Ana. No seas pendeja, déjate llevar."
me dije, mientras Marco susurraba: "Ven con nosotros después del cierre, tenemos un ranchito cerca. Seguiremos los trios boleros en privado". Asentí, el deseo ya me humedecía las bragas.

El bar se vació, y salimos al aire fresco de la medianoche. El taxi olía a cuero viejo y a su excitación contenida. Javier iba atrás conmigo, su muslo presionando el mío, mientras Marco manejaba y nos veía por el retrovisor con ojos hambrientos. Sus dedos subieron por mi pierna, lentos, trazando círculos en mi piel arrebolada. Gemí bajito, el sonido ahogado por el ronroneo del motor.

Llegamos al ranchito en las afueras, un lugar chulo con patio de lajas y luces tenues. Ponemos un disco de trios boleros, "Somos novios" de Armando Manzanero, y el ambiente se carga de electricidad. Bailamos los tres, mis caderas entre sus cuerpos. Javier por delante, su erección dura contra mi vientre; Marco atrás, sus manos en mis pechos, amasándolos suave pero firme. Olían a hombre, a sudor limpio y a deseo crudo.

"¿Estás segura, nena?", pregunta Javier, su boca en mi cuello, lamiendo el salado de mi piel. "Más que nunca, cabrones", respondo, riendo, y los beso a los dos, sus lenguas juguetearon en mi boca, saboreando tequila y promesas. Nos quitamos la ropa despacio, como en un ritual. Mi vestido cae, revelando mis tetas firmes y mi panocha depilada que ya brillaba de jugos.

En la cama king size, con sábanas de algodón fresco, la cosa escaló. Javier se arrodilló entre mis piernas, su lengua experta lamiendo mi clítoris hinchado. Santa madre, qué chingón come verga este pendejo, pensé, arqueándome mientras Marco chupaba mis pezones, mordisqueándolos hasta que dolió rico. El sonido de sus lenguas chupando, mis gemidos roncos, y los trios boleros de fondo creaban una sinfonía guarra.

Cambiaron posiciones. Marco me penetró primero, su verga gruesa abriéndome como un bolero triste que termina en éxtasis. "¡Ay, qué rica estás, pinche diosa!", gruñó, embistiéndome lento, profundo. Javier se puso de rodillas frente a mí, y yo lo mamé con ganas, saboreando su prepucio salado, su glande palpitante golpeando mi garganta. El olor a sexo llenaba la habitación, almizclado y adictivo.

La intensidad subía. Sudábamos como marranos, pieles resbalosas chocando. Javier entró en mi culo, lubricado con saliva y mi propia humedad, mientras Marco me follaba la panocha.

"Dos vergas al mismo tiempo, Ana, eres la reina de los trios boleros".
Los tres gritábamos, el placer doliendo de tan bueno. Sus manos everywhere: pellizcando nalgas, apretando tetas, dedos en mi clítoris frotando furioso.

El clímax llegó como una ola en Acapulco. Sentí sus vergas hincharse dentro de mí, pulsando. "¡Me vengo, chingada madre!", rugió Marco, llenándome de leche caliente que chorreaba por mis muslos. Javier explotó segundos después, su semen caliente en mi culo, goteando. Yo grité, el orgasmo partiéndome en dos, mi panocha contrayéndose, squirtando jugos que mojaron las sábanas.

Nos quedamos jadeando, enredados. El disco seguía con "Contigo en la distancia", suave ahora. Javier me besó la frente, Marco acarició mi pelo revuelto. "Eres increíble, Ana. Vuelve cuando quieras por más trios boleros", dijo Javier, riendo. Yo sonreí, el cuerpo lánguido, satisfecho, oliendo a ellos, a nosotros.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despedimos con besos lentos. Caminé a la parada del camión, las piernas temblando, el coño adolorido pero feliz. Los trios boleros nunca sonaron tan cabrones, pensé, sabiendo que regresaría por más noches de pasión mexicana.

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