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El Trio de Culonas y Tetonas que Me Enloqueció

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El Trio de Culonas y Tetonas que Me Enloqueció

La noche en la playa de Puerto Vallarta estaba caliente como el infierno, con el sonido de las olas rompiendo suave contra la arena y el olor a sal marina mezclado con el humo de las fogatas lejanas. Yo, un wey de treinta y tantos que acababa de terminar una semana de curro estresante en la ciudad, me había escapado a este paraíso para desconectar. Ahí estaba, recargado en la barra de un chiringuito playero, con una cerveza fría en la mano, cuando las vi llegar. Dos morras que quitaban el hipo: Sofia y Karla, culonas y tetonas de campeonato, con curvas que parecían esculpidas por un dios cabrón del deseo.

Sofía, la más alta, tenía el pelo negro azabache cayéndole en ondas hasta la cintura, un bikini rojo que apenas contenía sus tetas enormes y redondas, y un culo que se movía como gelatina con cada paso. Karla, su amiga inseparable, era rubia teñida, con ojos verdes que te taladraban, pechos que desafiaban la gravedad y un trasero tan prieto y grande que juraba que podía rebotar monedas en él. Se acercaron riendo, con esa confianza de morras que saben lo que provocan, pidiendo unos tequilas con limón.

¿Qué pedo, guapo? ¿Estás solo o qué?
me soltó Sofia, con esa voz ronca que me erizó la piel. Su aliento olía a menta y tequila, y cuando se inclinó sobre la barra, sentí el calor de su cuerpo rozando mi brazo. Neta, mi verga dio un brinco en los shorts.

Empecé a platicar con ellas, charlando de la vida, de cómo se conocieron en la uni en Guadalajara y ahora vivían en la costa, trabajando en un spa de lujo. La química fluyó neta chida, con coqueteos y roces casuales. Karla me tocó la mano, sus uñas pintadas de rojo arañando suave mi piel, y Sofia se pegó a mi otro lado, su muslo grueso presionando el mío. El deseo empezó a bullir en mi pecho, un calor que subía desde el estómago hasta la garganta.

La tensión creció cuando nos fuimos a caminar por la playa. La luna iluminaba sus siluetas, haciendo brillar la piel morena de Sofia aceitada y los brillos en el bikini de Karla. Pinche suerte la mía, pensé, imaginando ya cómo sería un trio de culonas y tetonas como ellas. Me contaron que andaban solas esa noche, buscando aventura, y que les gustaba compartir experiencias intensas. Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome como tambor en el pecho.

De regreso en mi cabaña rentada, con vista al mar, la cosa se puso seria. Entramos riendo, pero el aire se cargó de electricidad. Sofia me jaló del cuello de la camisa y me besó con hambre, su lengua invasora saboreando a tequila y deseo puro. Sus tetas se aplastaron contra mi pecho, suaves y pesadas, los pezones duros como piedritas perforando la tela fina. Karla se unió por detrás, sus manos bajando por mi espalda hasta apretar mi culo, mientras lamía mi oreja, su aliento caliente y húmedo enviando escalofríos por mi espina.

Me quitaron la ropa con urgencia, sus dedos expertos explorando cada centímetro.

Mira qué verga tan rica, carnal
, murmuró Karla, arrodillándose para lamerla desde la base hasta la punta, su boca cálida envolviéndome con succiones lentas que me hicieron gemir. El sabor salado de mi piel en su lengua, el sonido chupón y húmedo, el olor a excitación femenina empezando a llenar la habitación... todo me volvía loco.

Sofía se desató el bikini, liberando esas tetas monumentales que rebotaron libres, oscuras y perfectas. Me las acercó a la cara, y las chupé con avidez, mordisqueando los pezones grandes y rosados, sintiendo su leche tibia en mi lengua. Ella jadeaba, ay wey, qué rico, mientras Karla seguía mamándome la verga, sus labios estirados alrededor del grosor, saliva goteando por mis bolas.

Las puse en la cama king size, un colchón mullido que crujía bajo su peso. Sofia se montó en mi cara, su panocha depilada y jugosa rozando mi boca. Olía a miel y almizcle, dulce y adictivo. Lamí su clítoris hinchado, metiendo la lengua en sus labios carnosos, bebiendo sus jugos que sabían a mar y lujuria. Ella se movía despacio, grinding su culo enorme contra mi pecho, piel contra piel resbalosa de sudor.

Karla, no queriendo quedarse atrás, se posicionó a cuatro patas, ofreciéndome ese culo de infarto. Lo abrí con las manos, admirando las nalgas redondas y firmes, y metí la verga de un empujón. ¡Qué chingón! Estrecha, caliente, envolviéndome como guante de terciopelo mojado. El slap slap de mis caderas contra su carne resonaba, mezclado con sus gemidos agudos y el chapoteo de mi lengua en Sofia.

Intercambiamos posiciones, la tensión subiendo como fiebre. Sofia se acostó bocabajo, su culo en pompa, y la penetré profundo, sintiendo sus paredes contraerse alrededor de mí. Karla se recargó en la cabecera, abriendo las piernas para que Sofia le comiera el chocho mientras yo la taladraba. El cuarto apestaba a sexo: sudor, fluidos, perfume barato de playa. Sus tetas se bamboleaban con cada embestida, yo las amasaba, pellizcando pezones hasta que gritaban de placer.

¡Más duro, pendejo! ¡Danos verga hasta que no podamos caminar!
exigió Karla, con los ojos vidriosos de lujuria. Cambié a ella, doggy style brutal pero consensuado, mis manos hundidas en sus caderas anchas, dejando marcas rojas. Sofia se masturbaba viéndonos, dedos hundiéndose en su coño chorreante, tetas agitándose como olas.

La intensidad creció, mi verga palpitando al borde. Las puse una al lado de la otra, culos arriba, tetas aplastadas en las sábanas. Las follé alternando, entrando en una y saliendo a la otra, sus gemidos sincronizados como coro pornográfico. El tacto de sus culos rebotando contra mí, el sonido de piel mojada chocando, el olor embriagador de sus orgasmos acercándose...

Ellas llegaron primero. Sofia convulsionó, gritando ¡me vengo, cabrón!, su coño ordeñándome la verga con espasmos. Karla la siguió, arqueando la espalda, chorros calientes salpicando mis muslos. No aguanté más. Saqué la verga y eyaculé sobre sus culos y espaldas, chorros gruesos y blancos contrastando con su piel bronceada. El placer explotó en mi cabeza, visión borrosa, cuerpo temblando como hoja.

Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Sofia me besó la frente, Karla acurrucada en mi pecho, sus tetas suaves contra mí.

Qué nochecita, ¿verdad, amor?
susurró Sofia, trazando círculos en mi abdomen con el dedo. Reí bajito, exhausto pero pleno.

Nos quedamos así hasta el amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa y el mar susurrando promesas. No fue solo sexo; fue conexión, risas compartidas en la ducha después, donde nos enjabonamos mutuamente, explorando curvas con ternura. Sofia y Karla se despidieron con promesas de repetir, un beso en cada mejilla y un guiño pícaro.

Me quedé en la cama, oliendo aún a ellas, con el eco de sus gemidos en la cabeza. Un trio de culonas y tetonas así no se olvida, pensé, sonriendo mientras el sol entraba por la ventana. La vida en México sabe darte sorpresas que te dejan el alma saciada y el cuerpo adolorido de puro gusto.

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