Quien Creo La Triada Ecologica Del Placer
El sol de Veracruz se colaba entre las hojas de la selva, pintando rayas doradas en mi piel morena mientras caminaba por el sendero del ecoparque. Yo, Ana, bióloga de veintiocho años, con mi libreta en mano y el corazón latiendo al ritmo de los monos aulladores. Había venido a este taller de ecología para desconectar del pinche laboratorio en la CDMX, pero neta, no esperaba que el día terminara así de chingón.
Ahí estaban ellos: Carlos, un moreno alto de ojos verdes y sonrisa pícara, con esa camiseta ajustada que marcaba sus pectorales sudados, y Sofía, su pareja, una culona preciosa de cabello negro largo, con falda floreada que ondeaba al viento como invitación. Se conocieron en un congreso en Xalapa, me contaron después, y desde entonces eran inseparables. Me invitaron a unirme a su grupo para la plática sobre la tríada ecológica.
"Órale, Ana, explícanos eso de la tríada", dijo Carlos, pasándome una agua de coco fresca que olía a paraíso. Su voz grave me erizó la piel, y sentí un cosquilleo en el estómago. Nos sentamos bajo un ceiba gigante, el aire cargado del olor a tierra húmeda y flores silvestres. Sofía se recargó en su hombro, su mano rozando mi muslo "por accidente". El roce fue eléctrico, suave como pluma de colibrí.
"¿Quién creó la tríada ecológica?", pensé yo, mientras les contaba de productores, consumidores y descomponedores. Pero en mi mente, ya la estaba adaptando a algo más... carnal.
La tríada, les expliqué, es el ciclo perfecto de la vida: los productores capturan la energía del sol, los consumidores la devoran, y los descomponedores reciclan todo para que renazca. Carlos asentía, sus ojos clavados en mis labios, y Sofía mordía su labio inferior, como si saboreara cada palabra. "Neta, es como el sexo perfecto", soltó ella de repente, riendo. "Uno produce el deseo, el otro lo consume, y el tercero lo descompone en éxtasis". Mi coño se humedeció al instante, el calor subiendo por mis piernas.
Acto uno: la semilla plantada. Regresamos a la cabaña que rentaban, una choza de madera con hamacas y vista al río. El sol se ponía, tiñendo todo de naranja y rosa. "¿Quieren una chela?", ofreció Carlos, sacando coronitas frías del hielero. Nos sentamos en el porche, el sonido del agua corriendo como fondo, mezclado con el zumbido de grillos. Hablamos de todo: de la selva, de la ciudad, de amores pasados. Sofía confesó que siempre fantaseaba con tríos, "pero neta, con alguien como tú, Ana, que entiende los ciclos". Su mano en mi rodilla ahora era intencional, subiendo despacio, enviando chispas por mi espina.
Yo dudaba, el corazón martillando. ¿Y si es solo plática de cantina? Pero Carlos se acercó, su aliento a menta y cerveza rozando mi oreja. "Si no quieres, paramos en seco, mija. Pero sentimos la química desde el sendero". Asentí, el deseo ganando. Besé a Sofía primero, sus labios suaves y dulces como tamarindo, lengua danzando con la mía mientras Carlos nos veía, su verga ya dura marcada en los shorts.
Acto dos: la escalada. Entramos a la cabaña, la luz tenue de velas de coco iluminando nuestras siluetas. Me quitaron la blusa despacio, Carlos besando mi cuello, inhalando mi sudor mezclado con repelente de citronela. "Hueles a selva viva", murmuró. Sofía desabrochó mi bra, chupando mis tetas endurecidas, el ruido húmedo de su boca haciendo eco. Gemí, mis manos enredándose en su pelo mientras Carlos bajaba mis jeans, lamiendo el interior de mis muslos. El olor a mi excitación llenaba el aire, almizclado y salado.
Esto es la tríada, pensé. Yo la productora, creando jugos para ellos. Ellos consumidores, devorándome.
Nos tumbamos en la cama king size, sábanas frescas oliendo a lavanda fresca. Sofía se quitó la falda, revelando un tanga rojo empapado. Se sentó en mi cara, su coño depilado rozando mis labios. Lo lamí con hambre, saboreando su miel agria y dulce, mientras Carlos me penetraba con dos dedos, curvándolos justo en mi punto G. "¡Ay, cabrón, qué rico!", grité, vibrando contra la lengua de Sofía que ahora chupaba mi clítoris hinchado. Los sonidos eran obscenos: chapoteos, jadeos, piel chocando piel. Su verga, gruesa y venosa, rozaba mi entrada, pidiendo permiso.
"Sí, métemela", supliqué. Entró despacio, llenándome hasta el fondo, su calor pulsando dentro. Sofía se movía sobre mi boca, sus muslos temblando, apretándome las mejillas. Cambiamos posiciones como en un baile selvático: yo encima de Carlos, cabalgándolo con furia, mis nalgas rebotando contra sus huevos peludos, mientras Sofía lamía donde nos uníamos, su lengua en mi ano haciendo que viera estrellas. El sudor nos unía, resbaloso y caliente, olores a sexo crudo mezclados con el aroma a madera de la cabaña.
La tensión crecía, mis paredes contrayéndose alrededor de su pija. "¿Quién creó esta tríada ecológica del placer?", jadeó Carlos entre gemidos, como si leyera mi mente. "¡Nosotros, pendejos!", respondió Sofía, riendo ronca antes de venirse en mi boca, chorros calientes que tragué con gusto. Su orgasmo me empujó al borde. Carlos me volteó a perrito, embistiéndome duro, sus manos amasando mis tetas. El slap-slap de carne contra carne, mis gritos ahogados en la almohada. Sofía debajo, chupándome el clítoris mientras él me taladraba.
Acto tres: la liberación. El clímax llegó como tormenta tropical. Sentí la ola subir, mi cuerpo tensándose, pulsos acelerados en cuello y coño. "¡Me vengo, chingada madre!", aullé, explotando en espasmos que ordeñaban la verga de Carlos. Él gruñó, sacándola para eyacular en mi espalda, hilos calientes y pegajosos resbalando por mi espina. Sofía lamió todo, limpiándome con besos suaves. Colapsamos en un enredo de miembros, respiraciones jadeantes calmándose al ritmo del río afuera.
En el afterglow, tumbados bajo la hamaca interior, el aire fresco de la noche entrando por la ventana. Carlos me acariciaba el pelo, Sofía trazaba círculos en mi vientre. "Neta, esa tríada ecológica que nos explicaste... la hicimos nuestra", dijo él, besando mi frente. Reí bajito, el cuerpo laxo y satisfecho, piel aún sensible al roce. No hubo promesas locas, solo un pacto tácito de volver a ciclar este placer cuando quisiéramos.
Al amanecer, mientras el sol besaba la selva de nuevo, me vestí con piernas temblorosas. Ellos me regalaron un colgante de jade con forma de hoja. "Para que recuerdes quién creó nuestra tríada", guiñó Sofía. Salí al sendero, el olor a tierra mojada renovándome. La vida, como la selva, es ciclos: deseo, consumo, descomposición en paz. Y yo, productora de mis propios éxtasis, lista para el siguiente round.