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Diez Palabras con Tri que Despiertan el Deseo

6633 palabras

Diez Palabras con Tri que Despiertan el Deseo

La noche en mi depa de la Roma era perfecta, con el aroma a cochinita pibil que todavía flotaba del puesto de la esquina y el sonido lejano de un mariachi improvisado en la calle. Tú, mi carnal Alex, estabas recargado en el sillón, con esa sonrisa pícara que me hace derretir cada vez. Llevábamos horas platicando pendejadas después de unas chelas frías, y de repente se te ocurrió el juego más chingón: 10 palabras con tri. "Si no las dices, te quitas algo de ropa, nena", me dijiste con voz ronca, tus ojos clavados en mis chichis que asomaban por el escote del vestido negro ajustado.

Me reí, sintiendo un cosquilleo en la piel. Órale, ¿así que jugamos a eso? pensé, mientras el calor de tu mirada me erizaba los vellos de los brazos. Acepté, porque contigo todo se siente como una aventura. Empecé fácil: "Trigo". Tú asentiste, pero exigiste la siguiente. "Tricolor", dije, imaginando la bandera ondeando en un desfile del 16 de septiembre. Tu mano rozó mi muslo desnudo, un toque ligero como pluma que me hizo jadear bajito. "Sigue", murmuraste, y olí tu colonia mezclada con el sudor fresco de la noche.

La tensión crecía con cada palabra. "Tribu", solté, pensando en un grupo de cuerpos entrelazados en rituales antiguos. Tus dedos subieron un poco más, presionando la carne suave de mi pierna interna. El aire se sentía espeso, cargado de promesas. "Trilogía", continué, evocando sagas de pasión prohibida en películas que veíamos a media luz. Ahora tu aliento caliente rozaba mi cuello, y el sonido de tu respiración acelerada era como un tambor en mis oídos.

¿Cuánto más aguantaré sin lanzarme sobre él?
me dije, mientras mi corazón latía desbocado contra las costillas.

Quinto: "Tríada". Ahí la cagué un poquito, porque mi voz salió temblorosa, y tú lo notaste. "Esa cuenta doble", dijiste juguetón, y sin aviso tu boca capturó la mía en un beso que sabía a limón y tequila. Nuestras lenguas danzaron, húmedas y urgentes, mientras tus manos exploraban mi espalda, desabrochando el vestido con maestría. La tela cayó al piso con un susurro suave, dejando mi piel expuesta al aire fresco del ventilador. Sentí tus palmas callosas contra mis senos, los pezones endureciéndose al instante bajo tus pulgares.

"Sigue el juego, pendejita", me provocaste, mordisqueando mi oreja. El olor a tu excitación, ese almizcle masculino que me volvía loca, llenaba la habitación. "Trípode", balbuceé, pero ya no importaba; tus labios bajaban por mi clavícula, dejando un rastro húmedo que ardía como fuego. Me recargaste contra la pared, el yeso fresco contra mi espalda contrastando con el calor de tu cuerpo pegado al mío. Tus caderas presionaban las mías, y sentí tu verga dura como piedra contra mi monte de Venus, palpitando con urgencia.

El juego se volvió un pretexto. "Trino", gemí mientras tus dedos se colaban entre mis piernas, encontrándome empapada, resbaladiza de deseo. El sonido de mis jugos al ser tocada era obsceno, un chapoteo suave que me hacía sonrojar. Qué wey tan chido, pensé, arqueando la espalda para darte más acceso. Tus ojos oscuros me devoraban, y el sabor salado de tu piel cuando lamí tu cuello me enloqueció. "Dos más, y te cojo como mereces", prometiste, tu voz grave vibrando en mi pecho.

"Tristeza", susurré, pero era mentira; no había nada triste en ese momento. Tus dedos entraron en mí, dos al principio, curvándose para rozar ese punto que me hace ver estrellas. El placer era un torrente, oleadas de calor que subían desde mi coño hasta la garganta, ahogándome en gemidos. "Última: trío", solté al fin, la palabra colgando en el aire como una invitación. Tú te congelaste un segundo, luego reíste bajito. "Perfecta elección, mi amor". Me cargaste en brazos, mis piernas envolviéndote la cintura, y nos fuimos al cuarto.

La cama nos recibió con sábanas frescas que olían a lavanda del tendedero. Me tendiste con cuidado, pero tus movimientos eran fieros: arrancaste tu playera, revelando el pecho moreno y musculoso que tanto adoro lamer. Bajaste mis panties con los dientes, el roce áspero de tu barba contra mis muslos internos enviando chispas por mi espina. Te necesito dentro, ya, supliqué en silencio, mientras tu lengua trazaba círculos en mi clítoris hinchado. El sabor de mí en tu boca, lo sabía por cómo gemías, era tu afrodisiaco.

La intensidad subía como la marea en Acapulco. Tus embestidas con la lengua me tenían al borde, mis uñas clavándose en tus hombros, dejando marcas rojas que mañana presumirás. "No pares, cabrón", rogué, y tú obedeciste, chupando con hambre hasta que exploté. El orgasmo me sacudió como un terremoto, mi cuerpo convulsionando, jugos brotando en tu boca mientras gritaba tu nombre. El mundo se volvió blanco, solo existían tus sonidos guturales y el pulso ensordecedor en mis oídos.

Pero no acabamos ahí. Te volteé, queriendo darte placer. Mi boca envolvió tu verga, gruesa y venosa, saboreando la gota salada de precum en la punta. La chupé con devoción, la lengua girando alrededor del glande mientras mis manos masajeaban tus huevos pesados. Tus gemidos eran música, "¡Qué chingona eres, wey!", y el olor a sexo puro nos envolvía como niebla. Me subiste encima, y me hundí en ti de un jalón, el estiramiento delicioso me arrancó un aullido.

Cabalgamos como salvajes, mis caderas girando, tus manos amasando mis nalgas. El choque de piel contra piel era rítmico, plaf plaf plaf, sudor resbalando entre nosotros, lubricando cada thrust. Tus ojos en los míos, esa conexión profunda más allá de lo físico. "Te amo, pinche loca", gruñiste, y aceleramos. Sentí tu polla hincharse dentro, rozando cada pared sensible, y vine de nuevo, apretándote como vicio.

Tu liberación fue épica: un rugido animal mientras te vaciabas en mí, chorros calientes inundando mi interior, goteando por mis muslos. Colapsamos juntos, jadeantes, el aroma a semen y sudor impregnando las sábanas. Tus brazos me envolvieron, protector, y besaste mi frente húmeda.

En el afterglow, con tu cabeza en mi pecho escuchando mi corazón calmarse, recordé el juego. "10 palabras con tri, ¿eh? La mejor idea que has tenido, pendejo". Reíste, trazando círculos perezosos en mi vientre. La noche se extendía, llena de promesas de más rondas, más palabras, más placer. Mañana, tal vez inventemos otro juego. Por ahora, solo éramos tú y yo, piel con piel, en nuestra burbuja de éxtasis mexicano.

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