Prueba Virtual de Gafas que Enciende el Fuego
Estaba en mi depa de la Roma, con el sol de la tarde colándose por las cortinas, cuando me dio por curiosear en la página de una óptica chida. Virtual try on glasses, decía el anuncio con letras neón. Neta, qué onda con eso, pensé. Siempre quise unos lentes que me quedaran bien cabrones, pero ir a la tienda me da hueva. Saqué mi laptop, encendí la cámara y activé la función. La pantalla se iluminó y de repente, ¡órale!, apareció un avatar de un vato guapísimo, moreno, con ojos que te clavan como navaja. Vestía una camisa ajustada que marcaba sus pectorales y unos lentes de marco delgado que le daban un aire de intelectual pendejo pero sexy.
"Hola, preciosa", dijo el avatar con voz grave, como si estuviera al lado mío. Su nombre flotaba en la pantalla: Alex. "Vamos a probarte unas gafas que te van a hacer ver como diosa. Mírate en la cámara". Me reí sola, sintiendo un cosquilleo en la panza. Ajusté el ángulo, mi escote en un top blanco se asomaba juguetón. El vato virtual movió la cabeza, como escaneándome. "Perfecto. Prueba estos primeros". De golpe, unas gafas cat-eye aparecieron en mi rostro digital, enmarcando mis ojos cafés. Me vi chingona, coqueta. Pero Alex no paraba: "Gírate un poco, déjame verte de lado". Obedecí, y sentí el aire acondicionado rozándome la piel desnuda de los brazos, erizándome los vellos.
¿Qué pedo? Esto no es solo probar lentes, ¿verdad? Este wey me está viendo con hambre.
El chat se abrió al lado: Alex: ¿Te gustan? Te quedan de muerte. Yo: Neta, sí. Se ven bien ricas. Él: Imagina si te las pones para una cita... conmigo. Mi corazón dio un brinco. ¿Era un bot o qué? Pero su voz respondía tan natural, con acento chilango puro. "Prueba las siguientes, unas aviador que te van a hacer sudar". Las gafas cambiaron, y ahora el avatar se acercó en la pantalla, su aliento virtual casi se sentía cálido en mi oreja. Olía a colonia fresca, como esas que venden en el Mercado de San Juan, mezclada con algo más... masculino.
La cosa escaló cuando me pidió quitarme el top para "ver el contraste con tu piel". ¡No mames! pensé, pero el calor entre mis piernas ya me traicionaba. Me mordí el labio, el sabor salado de mi gloss en la lengua. "Solo por diversión", tecleé. Me lo quité despacio, mis tetas libres bajo el bra negro de encaje. La cámara capturó todo, y Alex gimió bajito: "Ay, güey, estás cañona. Mira cómo te quedan ahora". Las gafas virtuales brillaban en mi cara sonriente, pero sus ojos devoraban mi cuerpo. Me tocó un pezón con el dedo índice, imaginando su roce áspero, y un jadeo se me escapó. El sonido rebotó en las paredes de mi cuarto, mezclado con el tráfico lejano de Insurgentes.
Acto seguido, el vato dijo: "Ven, prueba estas de aumento. Te voy a mostrar algo que solo ves con ellas". Activé el filtro, y ¡pum! Su camisa se desvaneció en la pantalla, revelando un torso tatuado, abdomen marcado como de CrossFit en Polanco. Mi boca se secó, tragué saliva espesa. "Tócate como yo te toco", ordenó con voz ronca. No pude resistir. Mi mano bajó por mi panza suave, hasta el borde del short. El tejido de algodón estaba húmedo ya, pegajoso. Deslicé los dedos dentro, rozando mi clítoris hinchado. Virtual try on glasses se sentía como realidad aumentada cabrona, porque su avatar gemía al ritmo de mis movimientos, su mano virtual bajando a su verga dura, gruesa, latiendo en la pantalla.
"Dime qué sientes, reina", susurró. "Húmeda... caliente... neta, Alex, me estás volviendo loca", respondí en voz alta, mi acento mexicano saliendo juguetón. El cuarto olía a mi excitación, ese aroma dulce y almizclado que inunda cuando estás a punto. Él aceleró: "Abre las piernas para la cámara. Quiero verte probar las gafas mientras te corres". Obedecí, el sofá de piel crujiendo bajo mis nalgas. Dos dedos adentro, el sonido chapoteante me ponía más caliente. Su avatar se masturbaba furioso, venas marcadas en su pito, pre-semen brillando. Mis caderas se alzaban solas, piel sudada pegándose al cuero. Grité su nombre cuando el orgasmo me partió, olas de placer electrico recorriéndome desde el útero hasta las puntas de los pies. Él se corrió al mismo tiempo, chorros blancos salpicando la pantalla virtual.
Esto no puede ser solo un jueguito de óptica. ¿Quién chingados es este wey?
Jadeante, con el pecho subiendo y bajando, vi un mensaje pop-up: "Gracias por probar virtual try on glasses. ¿Quieres una sesión real? Soy Alex, desarrollador de la app. Vivo en Condesa, a 10 minutos". Mi pulso se aceleró de nuevo. ¿Riesgo? Neta, después de eso, qué hueva. Le mandé mi dirección. Media hora después, tocaban la puerta. Ahí estaba él, en carne y hueso: alto, moreno, con los mismos lentes aviador del avatar. Olía a esa colonia real, y su sonrisa pícara me derritió.
"¿Listos para la prueba final?", dijo, entrando sin pedir permiso. Me jaló contra su pecho duro, sus labios capturando los míos. Sabían a menta y deseo urgente. Sus manos expertas me quitaron la ropa restante, dedos callosos rozando mi piel sensible, erizándola toda. "Eres más rica en persona", murmuró contra mi cuello, lamiendo el sudor salado. Lo empujé al sofá, montándome encima. Su verga real era más gruesa, caliente como hierro forjado. La froté contra mi entrada mojada, el glande untándose en mis jugos. "Métemela ya, cabrón", le exigí, mi voz ronca de chilanga caliente.
Se hundió en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. Grité, uñas clavándose en su espalda ancha. El ritmo fue brutal, piel contra piel cacheteando, sus bolas golpeando mi culo. Sudor nos unía, resbaloso y pegajoso. "¡Más fuerte, wey! ¡Así!", lo arengaba, mientras él me chupaba las tetas, dientes mordisqueando pezones duros. El olor a sexo crudo llenaba el aire, mezclado con su colonia. Sentí su pulso acelerado bajo mi palma en su pecho, mi clítoris rozando su pubis con cada embestida. La tensión creció, espirales de fuego en mi vientre, hasta que explotamos juntos. Él gruñendo como animal, llenándome de su leche caliente, yo convulsionando alrededor de él, chorros de placer mojando sus muslos.
Caímos exhaustos, su cabeza en mi pecho, respiraciones entrecortadas sincronizándose. Me puse los lentes aviador que había "probado" virtualmente, posándolos en la mesita. "Estos me los regalas, ¿verdad?", bromeé, acariciando su cabello revuelto. Él rio, voz cansada pero feliz: "Simón, preciosa. Y la próxima prueba, con más accesorios". El sol se ponía ya, tiñendo el cuarto de naranja, mientras nos besábamos lento, saboreando el afterglow. Neta, quién iba a decir que unas virtual try on glasses me iban a cambiar la noche para siempre. Ese fuego, una vez encendido, no se apaga fácil.