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Triada Preeclampsia Ardiente

7071 palabras

Triada Preeclampsia Ardiente

Estabas en la consulta del doctor, sentada con las piernas hinchadas como globos, el corazón latiéndote a mil por la tríada preeclampsia: presión alta, proteínas en la orina y ese edema que te hacía sentir como una diosa fértil a punto de estallar. El doc, un tipo serio con bata blanca, te miró con esa cara de preocupación paternal. Descansa, Ana, no te muevas mucho, cuida ese bebé, te dijo. Pero tú, con treinta semanas en la panza, sentías un calor entre las piernas que no tenía nada que ver con la hipertensión. Las hormonas te traicionaban, güey, te ponían cachonda como nunca. Carlos, tu carnal, te esperaba afuera en el coche, con esa sonrisa pícara que siempre te derretía.

Al llegar a casa, en ese depa chido de la Roma con vista al Parque México, te quitaste los zapatos y gemiste de alivio. Tus pies, rojos e hinchados, palpitaban, pero el roce de tus dedos contra la piel suave te mandó una descarga directa al clítoris.

¿Por qué carajos la preeclampsia me pone así de caliente? ¿Será el flujo sanguíneo extra o qué pedo?
pensaste, mientras te recargabas en el sillón de cuero que olía a limpio y a ti. Carlos entró cargando las bolsas del súper, con tacos de suadero del puesto de la esquina que tanto te antojaban. Mi amor, ¿cómo salió todo? preguntó, arrodillándose para masajearte las pantorrillas. Sus manos grandes, callosas de tanto gym, apretaban justo donde dolía, y el placer se mezclaba con el dolor en una ola que te mojó las panties de algodón.

La clásica tríada preeclampsia, carnal. Edema por todos lados, presión en las nubes y el pis con proteínas. Pero no te preocupes, estoy bien —le dijiste, mordiéndote el labio mientras sus pulgares subían por tus muslos—. Sólo necesito... algo para relajarme.

Él levantó la vista, oliendo tu arousal en el aire cargado de jazmín del difusor. Sus ojos se oscurecieron, esa mirada de lobo que te había follado en la playa de Cancún hace meses, antes de que el bebé te pusiera como melón. —¿Quieres que te coma aquí mismo, preñada? —susurró, su aliento caliente contra tu piel salada. Asentiste, abriendo las piernas despacio, sintiendo el peso de tu vientre contra el elástico de la falda. Pero entonces sonó el timbre. Era Sofía, tu compa de la uni, la morra tetona con curvas de infarto que siempre coqueteaba con Carlos en las fiestas. La habías invitado a platicar de bebés, pero en el fondo sabías que la química entre los tres bullía desde hace rato.

Sofía entró con una botella de agua de coco natural —para tu preeclampsia, reina—, vestida con un vestido ajustado que marcaba sus chichis firmes y el culo redondo. El olor a su perfume, vainilla y coco, se mezcló con el de los tacos y tu sudor dulce. Se sentó a tu lado, rozando tu brazo con sus uñas pintadas de rojo. ¿Cómo sientes la tríada, amiga? ¿Te hinchaste toda? preguntó, su mano bajando casualmente a tu rodilla. Carlos observaba, su verga ya dura bajo los jeans, el bulto evidente.

La tensión creció como la presión en tu arteria.

Esto es lo que necesito, la triada perfecta: mis dos amores cuidándome, follándome suave pero profundo
, pensaste, mientras Sofía te besaba el cuello, su lengua saboreando el salitre de tu piel. Carlos se acercó, desabrochándote la blusa con dedos temblorosos. Tus tetas, hinchadas por la preñez, saltaron libres, pezones oscuros y erectos como balas. —Qué chingonas están, mi vida —gruñó él, chupando uno mientras Sofía lamía el otro. El sonido de sus succiones húmedas llenó la sala, mezclado con tus jadeos roncos y el zumbido del ventilador. Sentías sus bocas calientes, tirando de tu leche prenatal que goteaba dulce, como néctar de mango maduro.

Te recostaron en el sillón, con cuidado por la panza. Sofía se quitó el vestido, revelando su coñito depilado brillando de jugos, y se sentó en tu cara. Come mi concha, Ana, como en la peda del otro día, ordenó juguetona. Su sabor ácido y almendrado te inundó la boca, mientras frotabas la lengua en su clítoris hinchado. Carlos, pendejo caliente, se bajó los pantalones, su pito grueso y venoso saltando libre, oliendo a hombre limpio con un toque de sudor. Te lo metió en la mano, y lo pajisteas despacio, sintiendo las venas pulsar como tu propio corazón acelerado por la preeclampsia.

La intensidad subía. Sofía gemía ¡ay güey qué rico!, moliéndose contra tu nariz, su culo rebotando suave contra tus mejillas. Carlos te abrió las piernas, besando el interior de tus muslos hinchados, lamiendo el sudor salado hasta llegar a tus labios mayores, puffados y sensibles. Estás empapada, mi reina preñada, murmuró, metiendo la lengua profunda, saboreando tu melaza espesa. El placer te contrajo el vientre, pero era bueno, liberador, como si la tríada preeclampsia se disipara con cada lamida.

Esto es medicina de verdad, no esas pastillas del doc
.

Intercambiaron posiciones, el aire espeso de gemidos y pieles chocando. Carlos se acostó, y tú te montaste en reversa, tu panza descansando en su pecho peludo. Su verga te entró lenta, estirándote delicioso, el glande rozando ese punto que te hacía ver estrellas. Sofía se paró frente a ti, ofreciendo sus tetas para que chuparas mientras Carlos te embestía desde abajo, sus huevos peludos golpeando tu culo con plaf plaf húmedos. Olías su aroma almizclado, sentías el calor de su cuerpo grande envolviéndote, el roce de su vello contra tu clítoris. —Fóllame más duro, carnal, aguanto —suplicaste, y él obedeció, sus caderas subiendo con fuerza controlada.

Sofía se unió, frotando su coño contra tu espalda, sus jugos resbalando por tu espina. Sus dedos encontraron tu ano, untándolo con saliva, metiendo un dedo juguetón. Triada completa, putitas, rió ella, y tú explotaste primero, el orgasmo rompiéndote como eclampsia buena, contracciones vaginales ordeñando la verga de Carlos mientras gritabas ¡me vengo chingón!. Olas de placer te recorrieron, el útero palpitando seguro, el edema olvidado en el éxtasis. Carlos gruñó, llenándote de leche caliente que se desbordó, chorreando por tus muslos temblorosos. Sofía se vino frotándose contra ti, su squirt salpicando tu panza, cálido y pegajoso.

Después, en el afterglow, yacían enredados en el sillón, sudados y jadeantes. El olor a sexo impregnaba todo, mezclado con el coco de Sofía y los tacos fríos en la mesa. Carlos te acariciaba la panza, sintiendo al bebé patear tranquilo. —La mejor terapia para tu tríada preeclampsia —bromeó, besándote la frente. Sofía te limpió con una toalla suave, sus ojos brillando de cariño.

Esto nos une más, esta triada nuestra, más fuerte que cualquier síntoma
, pensaste, mientras el sol se ponía tiñendo la habitación de naranja. La presión bajaría mañana, lo sabías, pero el deseo, ese fuego, ardería siempre entre los tres.

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