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Solo Fallas Cuando Dejas de Intentarlo

6814 palabras

Solo Fallas Cuando Dejas de Intentarlo

El antro en Polanco rebosaba de luces neón parpadeantes y el bombo pesado del reggaetón que hacía vibrar el piso bajo tus pies. Tú, con tu camisa ajustada que marcaba el pecho trabajado en el gym, escaneabas la pista de baile cuando la viste: Ana, una morra de curvas generosas, cabello negro suelto cayendo como cascada sobre hombros bronceados, moviéndose con un flow que te dejó clavado. Sus ojos cafés te atraparon desde el otro lado de la barra, y cuando se acercó por un trago, el aroma de su perfume floral te envolvió como una promesa húmeda.

Qué chingona está esta wey, pensaste, mientras le ofrecías un shot de tequila reposado. "Salud, preciosa. ¿Bailamos o qué?", le dijiste con esa sonrisa pícara que siempre funciona. Ella rio, un sonido ronco y juguetón que te erizó la piel. "Órale, carnal, pero no me hagas el paro si no aguantas el ritmo". Sus caderas rozaron las tuyas en la pista, el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela delgada de su vestido rojo ceñido. Cada giro era una tortura deliciosa: el roce de sus nalgas contra tu entrepierna endurecida, el sudor perlado en su cuello que querías lamer. La tensión crecía con cada bass drop, hasta que sus labios rozaron tu oreja: "Vamos a mi depa, wey. Vivo cerca".

En el Uber, sus dedos jugaban con el borde de tu pantalón, trazando líneas de fuego sobre tu muslo. Llegaron a su penthouse en Lomas, un lugar chido con vistas al skyline de la CDMX brillando como estrellas caídas. La puerta se cerró con un clic suave, y ella te empujó contra la pared, besándote con hambre. Sus labios sabían a tequila y menta, su lengua danzando con la tuya en un duelo húmedo. Tus manos bajaron por su espalda, apretando esas nalgas firmes que habías soñado en la pista. "Te quiero tanto, Ana", murmuraste contra su piel, inhalando el olor almizclado de su excitación que ya se colaba por debajo de su vestido.

Pero entonces, en la cama king size con sábanas de algodón egipcio frescas, ella se tensó. Tú la desvestiste despacio, revelando pechos llenos con pezones oscuros endurecidos como chocolate amargo. Los besaste, chupaste, mordisqueaste suave hasta que gimió bajito, un sonido que te puso la verga como piedra. Bajaste más, lamiendo su ombligo, el vello púbico recortado que olía a vainilla y deseo puro. Cuando llegaste a su concha, ya estaba empapada, labios hinchados brillando bajo la luz tenue del buró.

"Espera, wey... nunca me corro fácil. Soy bien pendeja para eso, siempre termino fingiendo pa' que el otro se sienta chingón".

Sus palabras te detuvieron un segundo, pero viste el fuego en sus ojos, la vulnerabilidad mezclada con anhelo. No mames, esta morra necesita que alguien le dé con todo, pensaste. "Mírame, Ana. Solo fallas cuando dejas de intentarlo. Déjame mostrarte". Ella asintió, mordiéndose el labio inferior, y tú te sumergiste.

Tu lengua trazó círculos lentos alrededor de su clítoris, saboreando el néctar salado y dulce que brotaba de ella. El sonido de tus labios chupando era obsceno, un slurp húmedo que llenaba la habitación junto a sus jadeos crecientes. "¡Ay, cabrón! ¡Qué rico!", gritó, sus muslos temblando a los lados de tu cabeza. Tus dedos se unieron al juego: uno, luego dos, curvados adentro buscando ese punto rugoso que la hizo arquear la espalda. El olor de su arousal era embriagador, terroso y femenino, mezclándose con el sudor que perlaba su piel morena. Tocaste, lamiste, succionaste con ritmo paciente, sintiendo cómo su pulso se aceleraba bajo tu lengua, sus paredes internas contrayéndose alrededor de tus dedos.

Ana se retorcía, uñas clavándose en tus hombros, dejando marcas rojas que ardían deliciosamente. Está cerca, pero se frena, notaste en su respiración entrecortada. "No pares, pendejo... ¡no pares!", suplicó, voz ronca como grava. Tú no paraste. Cambiaste el ángulo, presionando el talón de tu palma contra su clítoris mientras tus dedos follaban más profundo, el sonido de su jugo chorreando era música pura. Sus gemidos subieron de tono, un crescendo que hacía eco en las paredes: "¡Sí, wey! ¡Chíngame así! ¡Más duro!". El calor de su concha te envolvía, pulsos calientes contra tu boca, y de pronto, explotó.

El primer orgasmo la sacudió como un terremoto: chorro caliente salpicando tu barbilla, muslos apretando tu cabeza hasta casi asfixiarte. Gritó tu nombre, cuerpo convulsionando, pechos rebotando con cada espasmo. Pero no te detuviste. Solo fallas cuando dejas de intentarlo, repetiste en tu mente, lamiendo sin piedad mientras ella bajaba y subía de nuevo. El segundo llegó rápido, más intenso, sus paredes ordeñando tus dedos como si quisieran tragártelos. "¡No mames, me estoy corriendo otra vez! ¡Eres un pinche dios!", aulló, lágrimas de placer rodando por sus mejillas.

La volteaste boca abajo, nalgas en pompa, y te quitaste la ropa de un jalón. Tu verga saltó libre, venosa y palpitante, goteando precum que olía a macho puro. Te frotaste contra su raja empapada, el calor de su piel contra la tuya era eléctrico. "Métemela ya, wey. Te necesito adentro", rogó ella, empujando hacia atrás. Entraste despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cada anillo de músculo apretarte como guante de terciopelo húmedo. El slap de tus pelvis contra sus nalgas resonaba, piel contra piel sudada y resbalosa.

Follaste con ritmo building: lento al principio, saboreando el estiramiento de su concha alrededor de tu grosor, luego más rápido, bolas golpeando su clítoris. Sus gemidos eran un mantra: "¡Más! ¡Dame verga, cabrón!". Agarraste sus caderas, tirando de su cabello suave para arquearla más, el olor de sexo impregnando el aire – sudor, fluidos, perfume mezclado. Tocaste sus tetas colgantes, pellizcando pezones mientras la taladrabas, sintiendo tu propio clímax acechando en la base de la columna.

"Me vengo, Ana... ¡juntos!", gruñiste, y ella apretó, ordeñándote. El orgasmo te golpeó como camión: chorros calientes llenándola, su concha convulsionando en respuesta, ordeñando hasta la última gota. Colapsaron juntos, cuerpos enredados, piel pegajosa y jadeante. El silencio post-sexo era roto solo por respiraciones pesadas y el zumbido distante de la ciudad.

Ana se acurrucó contra tu pecho, dedo trazando patrones en tu piel salada. "Nunca me había corrido así, wey. Eres el mero mero". Tú sonreíste, besando su frente húmeda. Se lo dije: solo fallas cuando dejas de intentarlo. El amanecer pintaba el cielo de rosa sobre las ventanas, y en ese afterglow, con su cuerpo cálido pegado al tuyo, supiste que esto era solo el principio. El deseo latía aún, prometiendo más rondas, más intentos, más éxtasis sin fin.

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