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Por Que Intentas Cambiarme Ahora Frank Sinatra

7387 palabras

Por Que Intentas Cambiarme Ahora Frank Sinatra

La noche en la rooftop de ese hotel en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que te hace sudar hasta el alma. Las luces de la Ciudad de México parpadeaban abajo como estrellas caídas, y el aire olía a jazmín mezclado con el humo dulce de los cigarros electrónicos que flotaba por todos lados. Yo, Karla, con mi vestido negro ajustado que me marcaba las curvas como si fuera una segunda piel, me recargaba en la barandilla, sintiendo la brisa tibia rozarme las piernas. Había venido sola, o eso creía, hasta que lo vi: Alex, mi ex, el carnal que una vez juró hacerme suya para siempre.

Él se acercó con esa sonrisa pícara, la misma que me volvía loca hace dos años. Llevaba una camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho, y olía a colonia cara con un toque de tequila reposado. ¿Qué chingados hace aquí? pensé, mientras mi pulso se aceleraba. Nos saludamos con un abrazo que duró un segundo de más, sus manos grandes en mi espalda baja, enviando chispas por mi espina.

Neta, Karla, luces chida —dijo él, su voz ronca como grava bajo las botas.

—Tú no estás tan pendejo como siempre —le contesté juguetona, guiñándole un ojo. Pedimos unos palomas, ese coctel con tequila que quema la garganta y afloja las inhibiciones. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico, de los amigos que seguían solteros, pero el aire entre nosotros vibraba con lo no dicho. Él me miró fijo, como si me estuviera comiendo con los ojos.

De repente, el DJ puso una rola vieja de Frank Sinatra. Why try to change me now, cantaba la voz aterciopelada, y Alex se rio bajito.

Por qué intentar cambiarme ahora, Frank Sinatra parece que me habla directo, pensé, recordando cómo él siempre quiso que fuera más "decente", menos salvaje en la cama, menos yo.

—Recuerdas cuando bailábamos esto en tu depa? —preguntó él, extendiendo la mano.

Tomé su mano, cálida y firme, y nos movimos al ritmo lento. Su cuerpo pegado al mío, el calor de su piel traspasando la tela delgada. Sentí su aliento en mi cuello, olía a menta y deseo contenido. Órale, esto va a estar bueno, me dije, mientras mi corazón latía como tambor en fiesta.

La tensión crecía con cada giro. Sus manos bajaban por mi cintura, rozando mis caderas, y yo presionaba mi pecho contra el suyo, sintiendo sus músculos tensos. El beso llegó natural, como si nunca nos hubiéramos separado: labios suaves al principio, luego hambrientos, lenguas danzando con sabor a tequila y fruta. Me mordió el labio inferior, suave, y un gemido se me escapó.

—Vamos a mi cuarto —susurró él, su voz temblando de anticipación.

Asentí, el deseo ardiendo en mi vientre como chile en nogada.

Acto dos: La escalada

El elevador subía lento, demasiado lento. Nos devorábamos con besos, mis uñas arañando su nuca, su mano subiendo por mi muslo bajo el vestido. El ding del piso fue como un disparo, y salimos tropezando hacia su suite, riendo como pendejos enamorados. La puerta se cerró con un clic, y el mundo afuera desapareció.

La habitación olía a sábanas frescas y a su esencia masculina. Luces tenues de la ciudad se colaban por las cortinas, pintando sombras en su piel morena. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro que liberaba: el hombro, el valle entre mis senos, el ombligo. Mis pezones se endurecieron al aire, sensibles como nunca, y él los lamió con la lengua plana, succionando suave hasta que arqueé la espalda.

Esto es lo que extrañaba, su boca experta, su entrega total, pensé, mientras mis manos bajaban a su pantalón, desabrochándolo con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, dura y palpitante, venosa, con esa gota perlada en la punta que lamí ansiosa. Sabía salado, a hombre puro, y él gruñó, enredando sus dedos en mi cabello.

—Karla, eres una diosa —jadeó, mientras yo lo chupaba profundo, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca, el pulso acelerado contra mi lengua.

Me levantó como si no pesara nada y me tiró en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio suaves contra mi piel desnuda. Se quitó la ropa rápido, su cuerpo atlético brillando de sudor ligero. Se colocó entre mis piernas, besando el interior de mis muslos, oliendo mi excitación húmeda. Su aliento caliente me erizaba la piel, y cuando su lengua tocó mi clítoris, grité bajito.

¡Ay, cabrón! —exclamé, mis caderas moviéndose solas.

Lamió despacio, círculos perfectos, succionando mis labios hinchados, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo ahí, en mi punto G. El jugo corría por mis nalgas, el sonido chapoteante mezclado con mis gemidos y su resuello. Mi mente era un torbellino: Por qué intentar cambiarme ahora, Frank Sinatra tenía razón, soy esta puta salvaje y él lo ama.

Lo jalé arriba, queriendo sentirlo dentro. Nuestros ojos se clavaron, consentiendo todo con una mirada. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Qué chingón se siente!, tan lleno, tan mío. Empezamos a movernos, ritmo pausado al principio, piel contra piel chapoteando, sudor perlando nuestros cuerpos. Sus embestidas se volvieron fuertes, profundas, golpeando mi cervix con placer punzante. Yo clavaba uñas en su espalda, dejando marcas rojas, gritando su nombre.

—Más duro, pendejo, dame todo —le pedí, y él obedeció, volteándome a cuatro patas.

Desde atrás, su mano en mi clítoris frotando rápido, la otra jalando mi cabello. El espejo al frente nos mostraba: yo con tetas rebotando, boca abierta en éxtasis, él sudado y feroz. El olor a sexo llenaba la habitación, almizcle y fluidos, embriagador. Mi orgasmo subió como ola, contrayendo mis paredes alrededor de él, ordeñándolo. Él se vino segundos después, caliente adentro, gruñendo como animal.

Pero no paramos. Nos volteamos, riendo, besándonos perezosos. Él se puso de lado, yo montándolo reversa, sintiendo cada vena frotar mis paredes. Mis gemidos eran roncos ahora, el segundo clímax building lento, tortuoso. Sudor goteaba de su pecho a mi espalda, sus manos amasando mis nalgas. Esto es libertad, ser yo sin filtros.

Acto tres: El resplandor

Colapsamos finalmente, enredados en sábanas revueltas, el aire pesado con nuestro aroma compartido. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse, yo acariciando su cabello revuelto. La ciudad zumbaba afuera, pero aquí era paz.

—Nunca más te cambio, Karla. Eres perfecta así, salvaje y mía —murmuró él, besando mi piel salada.

Why try to change me now, Frank Sinatra lo dijo todo, pensé sonriendo, mientras el sueño nos envolvía.

Despertamos al amanecer, con rayos dorados colándose. Hicimos el amor otra vez, lento, sensual, explorando con manos y bocas como si fuera la primera. Sus dedos trazaban mis curvas, mi lengua su cuello. Terminamos jadeantes, riendo, planeando desayunos y futuros.

Al salir, el sol calentaba las calles, el olor a tacos de la esquina nos tentaba. Caminamos de la mano, libres, aceptados. Esto es lo que siempre quise: pasión sin cadenas.

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