Pruébame Traducir
Estaba sentada en la terraza del café en la Condesa, con mi laptop abierta y un café cortado humeante frente a mí. El sol de la tarde en Ciudad de México teñía todo de dorado, y el aire traía ese olor a pan recién horneado mezclado con el humo de los coches. Yo, Valeria, traductora freelance de veintiocho años, neta que amaba estos momentos para cazar clientes gringos que necesitaran ayuda con el español. Ese día, mis ojos se clavaron en él: un tipo alto, moreno de sol, con ojos azules que brillaban como el mar de Cancún. Llevaba una camisa ajustada que marcaba sus pectorales y un tatuaje en el antebrazo que decía Try Me en letras cursivas y provocativas.
Me mordí el labio sin darme cuenta.
¿Qué pendejada es esa? ¿Un desafío tatuado en la piel? Neta que me picó la curiosidad.Me levanté, acomodé mi falda plisada que rozaba mis muslos, y me acerqué a su mesa con mi mejor sonrisa coqueta.
—Hola, guapo. ¿Ese tatuaje tuyo? Try me traducir, ¿me ayudas? —dijo él con acento yankee, pero su voz grave me erizó la piel.
Reí bajito, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Try me es pruébame, carnal. Como un reto, ¿sabes? ¿Quieres que te pruebe?
Sus ojos se oscurecieron, y una sonrisa lobuna se le dibujó en la cara. —Entonces, pruébame, Valeria. Soy Alex, de LA, aquí de vacaciones. ¿Me enseñas más español... de la buena?
El pulso se me aceleró. Su colonia, un aroma amaderado con toques cítricos, me envolvió como una caricia. Hablamos un rato: él turisteando por México, yo contándole de mis gigs como traductora erótica —sí, neta, traduzco novelas calientes para editoriales gringas—. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental de rodillas bajo la mesa. Cuando el sol empezó a bajar, me invitó a mi depa. —Vamos, pruébame traducir más —dijo, guiñándome.
Acto uno cerrado: el anzuelo estaba puesto.
Mi departamento en la Roma era mi santuario: paredes blancas con plantas colgantes, una cama king size con sábanas de algodón egipcio y velas de vainilla listas para encenderse. Apenas cerramos la puerta, Alex me acorraló contra la pared, su cuerpo duro presionando el mío. Olía a deseo puro, a piel calentada por el sol.
—Enséñame, maestra —susurró, su aliento caliente en mi cuello.
—Try me traducir: pruébame otra vez —le dije, mientras mis manos subían por su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. Se la quité de un jalón, revelando ese torso esculpido, el tatuaje brillando bajo la luz tenue.
Empezamos el juego. —Di quiero chuparte la verga —le ordené, mi voz ronca. Él lo repitió torpe, pero con esa voz profunda que me mojaba al instante. Reí, pero el calor entre mis piernas ya era insoportable. Lo besé, saboreando sus labios salados, su lengua invadiendo mi boca con hambre. Mis pezones se endurecieron contra su piel, rozando como chispas.
Caímos en la cama, riendo entre besos.
Mierda, este wey me va a volver loca. ¿Por qué su toque quema tanto?Le traduje frases sucias: tu panocha está chingona, chézcala adentro. Cada palabra la repetía lamiendo mi oreja, mordisqueando mi lóbulo. Sus manos expertas desabrocharon mi blusa, exponiendo mis tetas llenas. Las amasó, pellizcando los pezones hasta que gemí alto, el sonido rebotando en las paredes.
El aire se llenó del olor a nuestra excitación: almizcle dulce, sudor fresco. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga tiesa, gruesa, palpitando bajo la tela. —Está bien dura, cabrón —le traduje yo misma, mientras la liberaba. Era hermosa, venosa, con una gota perlada en la punta que lamí despacio, saboreando su sal marina. Alex gruñó, sus caderas empujando hacia mi boca.
Lo chupé profundo, mi lengua girando alrededor del glande, tragando hasta la garganta. Él jadeaba, —Sí, así, puta madre, mezclando inglés y mi español. La tensión subía: mis bragas empapadas, mi clítoris hinchado rogando atención. Me volteó, arrancándome la falda y las tangas. Su boca en mi concha fue éxtasis: lengua plana lamiendo lento, luego círculos rápidos en el clítoris. Olía a mi propia humedad, dulce y agria, mientras sus dedos entraban y salían, curvándose en mi punto G.
No aguanto, va a venir el primero...
Me corrí temblando, gritando su nombre, jugos chorreando en su barbilla. Pero no paró. Me puso a cuatro patas, su verga rozando mi entrada resbalosa. —Pide permiso —dijo juguetón.
—Chíngame ya, Alex, pruébame tú —supliqué.
Entró de un embiste suave, llenándome hasta el fondo. Sentí cada centímetro estirándome, su pubis chocando mi culo redondo. Empezó lento, saliendo casi todo para volver profundo, el sonido de piel contra piel como un tambor primitivo. Aceleró, sus bolas golpeando mi clítoris, manos en mis caderas marcando moretones de placer. Sudábamos, el cuarto olía a sexo crudo, gemidos mezclados con ¡más, cabrón! y you're so tight.
Cambié de posición: yo encima, cabalgándolo como amazona. Sus manos en mis tetas rebotando, yo girando caderas para frotar mi clítoris contra él. El orgasmo nos pilló juntos: él hinchándose dentro, corriéndose caliente en chorros que sentía salpicar mis paredes. Yo exploté de nuevo, uñas clavadas en su pecho, visión borrosa de placer.
La intensidad peak, el nudo se deshace.
Colapsamos enredados, piel pegajosa, respiraciones agitadas calmándose. Su mano acariciaba mi espalda, trazando círculos perezosos. El aroma a vainilla de las velas se mezclaba con nuestro sudor, creando un perfume íntimo. Lo miré a los ojos, azules ahora suaves.
—Try me traducir fue lo mejor que me pediste —murmuré, besando su tatuaje.
—Y tú me probaste de verdad, Valeria. Neta, México es chido, pero tú... eres fuego.
Nos quedamos así, platicando bajito de nada y todo.
¿Será solo una noche? O ¿repite la clase? Sea lo que sea, esta conexión latió hondo, como un secreto tatuado en mi piel.Afuera, la ciudad bullía, pero aquí, en el afterglow, solo existíamos nosotros, satisfechos, listos para lo que viniera. O no. Pero qué chingón fue.