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Chase Atlántico No Intentes Esto

7179 palabras

Chase Atlántico No Intentes Esto

La noche en la playa de Cancún estaba caliente como el infierno, con el Golfo de México lamiendo la arena como una lengua ansiosa. El aire olía a sal, coco y sudor fresco, y la música retumbaba desde los altavoces de la fiesta privada. Chase Atlantic tronaba en los oídos de todos, esa rola de Dont Try This que te ponía la piel chinita, con su beat oscuro y seductor que te hacía mover las caderas sin control. Tú estabas ahí, wey, con una chela fría en la mano, sintiendo el ritmo subirte por las piernas hasta el pecho.

Entonces la viste. Una morra de esas que te dejan con la verga parada en segundos: piel morena brillando bajo las luces neón, curvas que gritaban ven por mí, pelo negro largo ondeando como olas salvajes. Vestía un bikini diminuto que apenas contenía sus chichis firmes y su culazo redondo. Bailaba sola, pero sus ojos te cazaron de inmediato. Te sonrió con picardía, moviendo las nalgas al ritmo de la rola, y tú sentiste ese cosquilleo en el estómago, esa hambre que te recorre la espina dorsal.

¿Qué chingados estoy haciendo? Esto parece sacado de un sueño mojado, pero neta que quiero correr tras ella ya mismo.

Se acercó contoneándose, el olor de su perfume mezclado con el mar invadiéndote las fosas nasales. "¿Qué onda, guapo? ¿Te late la rola?" te dijo con voz ronca, mexicana de pura cepa, de esas que suenan como un ronroneo. Tú asentiste, el corazón latiéndote como tambor. "Chase Atlántico siempre pone el ambiente perfecto para no portarse bien", respondiste, y ella rio, una carcajada que te erizó los vellos de los brazos.

Se llamaba Ana, 28 años, de la CDMX pero radicada en Playa del Carmen por trabajo. Hablaban de todo y nada: del pinche calor, de cómo la canción les hacía sentir invencibles. La tensión crecía con cada sorbo de chela, cada roce accidental de sus dedos en tu brazo. Su piel era suave como seda caliente, y cuando te miró a los ojos, supiste que la noche iba a explotar.

De repente, ella se paró de un brinco. "¡Atrápame si puedes, cabrón!" gritó juguetona, y salió corriendo por la arena, su risa mezclándose con las olas rompiendo. Tú no lo pensaste dos veces: tiraste la chela y la perseguiste, el corazón en la garganta, el aire fresco azotándote la cara. La playa estaba casi vacía al fondo, solo la luna testigo y el eco de Chase Atlantic desvaneciéndose.

Acto uno cerrado, la caza apenas empezaba.

Corriste tras ella, tus pies hundiéndose en la arena tibia, el sudor comenzando a perlar tu frente. Ana era rápida, wey, zigzagueaba como gata en celo, volteando de vez en cuando con esa sonrisa que te volvía loco. Esto es una locura, pero qué chido se siente esa adrenalina bombeando, pensabas mientras acortabas distancia. El olor del mar se intensificaba, salado y vivo, y de pronto la alcanzaste: tus brazos la rodearon por la cintura, fuerte pero suave, tirándola contra ti en la arena húmeda.

Se volteó riendo, jadeante, sus chichis presionándose contra tu pecho. "Me atrapaste, pendejo", murmuró, y te besó. Fue un beso que sabía a ron y sal, sus labios carnosos devorándote la boca, lengua danzando con la tuya en un ritmo feroz. Tus manos bajaron a su culo, apretándolo con ganas, sintiendo la carne firme ceder bajo tus dedos. Ella gimió bajito, un sonido que te endureció al instante.

La tensión subía como la marea. La acostaste en la arena, besando su cuello que olía a vainilla y deseo. Su piel quema, carajo, como si estuviera ardiendo por dentro. Le quitaste el top del bikini, liberando esos pechos perfectos, pezones duros como piedras preciosas. Los chupaste, succionando con hambre, oyendo sus jadeos mezclados con el romper de las olas. "Sí, así, no pares, wey", suplicaba ella, arqueando la espalda.

Pero no era solo físico; había algo más. Entre besos, confesó: "Desde que oí esa rola de Chase Atlantic Dont Try This, quise hacer algo prohibido, algo que me haga sentir viva". Tú sentiste lo mismo, esa conexión eléctrica. Tus manos exploraban su cuerpo, bajando al bikini inferior, rozando su monte de Venus húmedo. Ella te desabrochó el short, liberando tu verga tiesa, palpitante. La tocó, masturbándote lento, el tacto de su mano suave y experta enviando chispas por tu espina.

La noche avanzaba, la luna alta, y la intensidad crecía. La volteaste boca abajo, besando su espalda, lamiendo el sudor salado. Ella gemía más fuerte, empujando el culo contra ti. "Métemela ya, no aguanto", rogó con voz temblorosa. Pero esperaste, construyendo el fuego: dedos en su chocha empapada, sintiendo los labios hinchados, el clítoris erecto pulsando. La penetrabas con dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar "¡Ay, vergas!".

El medio acto ardía, el clímax acechando.

Al fin, no aguantaron más. La pusiste de rodillas en la arena, ella mirándote con ojos de fuego. Te montó despacio, su chocha caliente envolviendo tu verga centímetro a centímetro, apretada y resbalosa como miel caliente. Qué delicia, wey, se siente como si el mundo entero se redujera a esto, pensabas mientras ella cabalgaba, sus chichis rebotando al ritmo de sus embestidas. El sonido de carne contra carne, chapoteante y obsceno, se mezclaba con sus gemidos roncos y el viento marino.

Cambiaron posiciones: tú encima, misionero salvaje, penetrándola profundo, sintiendo su interior contraerse alrededor de ti. Sudor goteaba de tu frente a su piel, salado en su lengua cuando lo lamió. "Más fuerte, cabrón, rómpeme", exigía ella, uñas clavándose en tu espalda, dejando marcas rojas de placer. Aceleraste, el placer subiendo como ola gigante, sus paredes vaginales apretándote en espasmos.

El olor a sexo impregnaba el aire: almizcle, sudor, mar. Tocaste su clítoris mientras la follabas, círculos rápidos, y ella explotó primero: "¡Me vengo, chingado!" gritó, cuerpo convulsionando, chocha ordeñándote en oleadas. Tú la seguiste segundos después, corriéndote dentro con un rugido gutural, chorros calientes llenándola hasta rebosar.

Colapsaron juntos, jadeantes, el afterglow envolviéndolos como manta tibia. Ella se acurrucó en tu pecho, el corazón de ambos latiendo al unísono con el eco lejano de la fiesta. Besaste su frente, oliendo su pelo salado.

No fue solo un polvo; fue una pinche conexión del alma, inspirada en esa rola de Chase Atlantic Dont Try This que nos advirtió pero no pudimos resistir.

Se quedaron así un rato, hablando susurros: de volver a verse, de más noches locas. La arena pegada a sus cuerpos sudorosos era testigo de su entrega mutua, empoderadora, sin arrepentimientos. Cuando el sol empezó a asomarse, se levantaron, riendo, prometiendo discreción pero sabiendo que esto cambiaría todo.

Chase Atlántico había puesto la banda sonora perfecta para no intentarlo... pero lo hicieron, y valió cada segundo de riesgo delicioso.

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